"No es extraño que miremos de nuevo a Tolstoi"

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Pedro Charro

Publicado el 28/03/2022 a las 06:00

Hace poco escribí aquí de la Odisea y luego de Guerra y paz, los libros que se leen en tiempos oscuros, y aunque el mundo no deja de moverse, de ir de aquí para allá, en realidad todo está ya en estos libros que insisten en salirme al encuentro, ayer mismo abrí una página de Monterroso, una de mis debilidades, y vi que se quejaba de no encontrar una buena traducción española de Guerra y paz. Era otra época, a veces las traducciones eran penosas, pero hoy contamos con la reciente edición de esta obra en Alba, en dos tomos, que ha costado 4 años de trabajo al traductor. Parece que Tolstoi, por su parte, tardó 7 años en escribirla, y que reescribió pasajes una y otra vez, lo que nos hace admirar más este empeño literario que todavía leemos con veneración. Nada parecido es posible hoy, en que la realidad, o lo que sea, se nos cuenta en imágenes a todas horas, tenemos la guerra al detalle, agobiante, insoportable, pero ni de lejos con la hondura y la ambición de un Tolstoi. A Monterroso le recomendaron leer Guerra y paz en francés, no en vano es el idioma en que hablan muchos personajes en la novela, lo que rechazó, pero cuenta que Flaubert, que era contemporáneo de Tolstoi, la leyó en cuanto se tradujo y dijo que a su lado cualquier otra novela era un juego de niños, lo que viniendo del autor de Mme. Bovary es mucho. El tiempo de estas grandes novelas ya ha pasado, nadie pretende hoy comprender y reflejar el mundo en un libro, es imposible, sea el mundo de ahí fuera, como Tolstoi, o el de puertas adentro, como Flaubert. Ya no tenemos esas ambiciones y esta guerra cruel y anticuada, además, nos ha traído un gran desánimo, una inquietud que casi habíamos olvidado ante la amenaza nuclear, como en la guerra fría: la misma sensación de falta de sentido, de que todo puede acabar, y de que estamos jugando con fuego. Cada época tiene su género, y el que hoy vuelve es el del absurdo. No es extraño que miremos de nuevo a Tolstoi o a la vieja Odisea, en la que Penélope teje y desteje su manto, en busca de un poco de consuelo.

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