A mi manera

Los adultos huérfanos no lloran delante de los hijos

 Mírese usted mismo. ¿Cuántas veces disimuló el dolor por la pérdida de sus padres delante de los chavales?

Una niña ucraniana refugiada descansa sobre el equipaje después de llegar a la estación principal de autobuses de Cracovia,
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Una niña ucraniana refugiada descansa sobre el equipaje después de llegar a la estación principal de autobuses de Cracovia,
Una niña ucraniana refugiada descansa sobre el equipaje después de llegar a la estación principal de autobuses de Cracovia,

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Jose Murugarren

Publicado el 21/03/2022 a las 06:00

El refugiado es un huérfano de país. Tan desamparado como quien ha perdido a sus padres. Se nota la orfandad a estas gentes que salen de Ucrania en la primera furgoneta que les recoge camino de cualquier parte. Míreles un momento a la cara. Hay algo frágil en el ademán. Es el desamparo del huido. Los hombres se quedan obligados a combatir. Viajan los mayores y las mujeres con los niños. ¡Niños, tantos niños! “Pero para qué preocupar a estas criaturas” parecen decirse ellas a sí mismas reprimiendo hablar de horrores y fatigas mientras el ronroneo de la furgoneta atraviesa pueblos y países camino de cualquier parte. ¿Para qué todo esto, madre mía?, se preguntan de vez en cuando en voz baja estas mujeres. Invocan a sus madres igual que el adulto huérfano que echa de menos a los padres perdidos y suspira con el espejismo de la intervención de sus muertos. Si los difuntos pudieran atenderían sin dudar la súplica. También la de esta gente refugiada, huérfana de país. Pero los muertos viven en otra dimensión, están a lo suyo, que es otra cosa. La vida eterna no es asunto menor y no deja tiempo para intervenir en resolver asuntos terrenales por mucho que quieran a quienes dejaron aquí abajo. En la camioneta cuando los niños duermen, ellas, las refugiadas-huérfanas, lloran en silencio.

Un huérfano acostumbra a esconder su condición desvalida delante de los hijos. Mírese usted mismo. ¿Cuántas veces disimuló el dolor por la pérdida de sus padres delante de los chavales? Aquellos días terribles. Por no preocuparles, por compasión, por evitarles el sufrimiento. Por hilar una especie de tela, una coraza de afecto que proteja a los pequeños. Igual que estas mujeres, madres y refugiadas que sonríen y juegan al parchís en la furgoneta con sus niños y cuando el dado cae sobre el asiento les asalta el recuerdo de las bombas, el humo tras la explosión, el miedo de las sirenas que llamaban al toque de queda, el horror de los heridos, los desaparecidos... Los adultos ocultan las lágrimas si hay niños delante. En la camioneta siguen jugando al parchís. Como si nada. Como si todo. ¡Dios mío! ¡Madre mía! ¡Papá ayúdame!, podría escucharse si alguien pusiera altavoz a los silencios de estas huérfanas refugiadas que dejaron a su gente en Kiev, en Jarkov, en Leópolis... Y en ese jugar al parchís despistado el niño lanza el dado y anuncia que se come una ficha. ¡Ay madre mía que me comes todas! se escucha que exclama la mujer simulando que disfruta del juego e invocando de nuevo a la madre como pidiendo ayuda por todo, por Ucrania, por los desaparecidos, el marido a quien dejó en las barricadas, el viaje a un lugar desconocido y por ella misma que en estas noches tiene la sensación dolorosa de no haber obrado bien huyendo del país. Y el niño que se le abraza en silencio pero fuerte y le pide en voz bajita por lo que más quiera que no se muera nunca.

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