Envido
Allá mueren y aquí freímos


Publicado el 14/03/2022 a las 06:00
Al mismo tiempo que Josep Borrell nos pedía a los europeos que bajemos la calefacción para perjudicar a Rusia, Rusia seguía bombardeando la pequeña Mariúpol del sureste ucraniano. “Tenemos que cortar el cordón umbilical que une a nuestra economía con la rusa y cortar el flujo que le permite acumular reservas con las cuales financiar la guerra”, decía el encargado de los Asuntos Exteriores de la Unión Europea. Pronunciaba ‘cortar el cordón umbilical’ y precisamente, al mismo tiempo, madres y recién nacidos quedaban atrapados bajo los escombros de una maternidad arrasada por los aviones de Putin.
Los dos planos representan bien lo que está pasando: arrasadores frente a arrasados. Un duelo desigual en el que, desde fuera, uno se queda atrapado en la incomprensión desprendida por los ojos de una niña refugiada en la polaca Medyka, que mira a la cámara preguntando qué hago aquí. Y uno recibe el golpe de las imágenes inmisericordes, como las de los cadáveres arrojados a fosas comunes o los de la madre y sus dos hijos cubiertos por sábanas en una calle de Irpín, asomándose sus manos y piernas ensangrentadas junto a una maleta ya huérfana con la que pretendían mudar sus vidas hacia la salvación. Por alguna razón extraña, la primera reacción de no poca gente aquí fuera está siendo correr a los supermercados para aprovisionarse de botellas de aceite de girasol, por miedo a que el conflicto entre invasora e invadida provoque un desabastecimiento. Se entiende que la incertidumbre la sientan empresas dependientes de dicho líquido para sostener una producción que sostiene a su vez puestos de trabajo, pero descoloca esa súbita conversión en imprescindible para nuestra existencia doméstica de la freidura de huevos o croquetas. O la elaboración de bizcochos. No obstante, nunca hay que perder la fe en el género humano. El aluvión de solidaridad con Ucrania que se ha generado entre la ciudadanía navarra es tan grande, no hay prácticamente rincón sin campaña de donaciones y los refugiados llegan en furgonetas o autobuses que acuden a rescatarles, que incluso el Gobierno foral y oenegés parecen incapaces de poner orden pese a sus reiteradas llamadas a la canalización y la prudencia. “Si yo quiero ayudar, ¿por qué no voy a poder hacerlo?”, se preguntaba hace unos días un pamplonés antes de emprender viaje al volante de una furgoneta alquilada. En la pandemia, para cuando los gestores se pusieron en marcha la gente ya fabricaba en sus casas u oficinas mascarillas de nariz y boca y máscaras de rostro entero para que los sanitarios tuvieran algo con lo que protegerse. Ahora, de nuevo, el despertador de la iniciativa popular ha sonado antes.