La soledad obligada de las personas mayores
"Cuando se vive en la juventud, no reparas en la cantidad de problemas técnicos, administrativos y sociales a los que te enfrentarás cuando seas mayor"

Publicado el 23/02/2022 a las 06:00
La soledad es uno de los rasgos más preocupantes de una sociedad que envejece silenciosamente en pueblos y ciudades. La incomunicación de estas personas se desarrolla, en muchos casos, en el más despiadado olvido de sus seres queridos. Determinados sectores de la sociedad entienden erróneamente que los mayores son válidos mientras les vienen bien y, cuando no pueden sacarles un provecho, los abandonan o los ignoran. La cercanía emocional y la posibilidad de tener apoyo son requisitos para la calidad de las relaciones sociales... En España hay 5 millones de personas que viven solas, siendo el 40% mayores de 65 años. Suele decirse que el más fiel acomañante de los mayores es la soledad. Es necesario no pensar tanto en los demás, sino pensar en uno mismo, permitiendo que nadie trate de desvalorizarte o anularte. Posiblemente, la soledad sea la enfermedad más devastadora para las personas mayores, siendo la pobreza y la exclusión social factores clave en el aislamiento social.
La jubilación, como la viudedad, constituyen las dos situaciones más potencialmente proclives para el surgimiento y padecimiento de dicho sentimiento. La salida del mercado de trabajo, la pérdida de roles, caída de estatus, la disminución de la capacidad adquisitiva o la desvinculación social, a veces, adquieren carácter transitorio y, otras veces, incluso, permanentes o crónicas. Por otro lado, la viudedad lleva consigo la no asimilación de la pérdida, dificultades de adaptación, unidas a la lejanía de los familiares, la despoblación de muchos pueblos y el riesgo de desvinculación social. Hacerse mayor puede convertirse en una pesada carga burocrática y casi ninguna sociedad está preparada para facilitar la tarea a los millones de ciudadanos que deben enfrentarse a ella, siendo muchos de ellos “analfabetos digitales”. Cuando se vive en la flor de la juventud o disfrutas de las mieles de una adultez serena y madura, no reparas en la cantidad de problemas técnicos, administrativos y sociales a los que te enfrentarás cuando seas persona mayor, y máxime, si te toca vivir una pandemia.
Hay otras soledades, según Isabel Serrano, que se podrían dividir en tres grupos. Una soledad de los que se quedan cuando los demás se van; pérdida de un ser querido, las ausencias cuando los hijos de van de casa o el abandono de un compañero que hacíamos a nuestro lado para siempre.
Otra soledad emocional, no deseada: la del que está rodeado de gente pero los demás ya no cuentan con él; la vida ya no le tiene en cuenta. Este fenómeno se observa en las grandes ciudades, donde se difuminan los entornos sociales y familiares por las grandes distancias, quedando las personas mayores desconectadas.
La última es la soledad tecnológica, que sustituye el contacto personal de los que están cerca, por la compañía virtual de los que viven a kilómetros de distancia. Paradójicamente, internet ha aumentado la comunicación, pero no reduce el aislamiento (los hay que tienen miles de amigos en Facebook, pero nadie con quien salir a tomarse un café).
Cuando se es mayor, hay decisiones que resultan muy engorrosas, y van ligadas a la brecha digital como: el ingreso voluntario o involuntario en una residencia geriátrica, la realización de un testamento vital, la organización de las directrices anticipadas sobre el patrimonio o la familia, la designación de un tutor legal -en caso de incapacidad-, la subrogación de decisiones, el uso del sistema sanitario, la pensión, el acceso a las instituciones.
Acceder a muchas instituciones públicas y privadas, representa moverse ante unos iconos, artilugios automáticos y fuentes informatizadas que, para las personas mayores, representan serias y angustiosas barreras, y nadie ofrece soluciones, en sus agendas políticas, para facilitar a los mayores los pasos necesarios para no quedarse marginados o no encerrarse en su impotencia. Es muy duro sentir la tristeza al percibir la realidad personal de estar solo y, encima, sumergirte en un aluvión de recuerdos. Hay hombres y mujeres que se resignan a vivir en soledad y permanecen pasivos en el centro de ese hogar llamado vida, mientras que otros se dan contra las paredes, buscan salir, luchan denodadamente y algunos, al final, aprenden a crear puentes, que en Psicología llamamos estrategias de afrontamiento. Piensa que: “Nacemos solos y morimos solos, y en el paréntesis es tan grande la soledad, que necesitamos compartir la vida para olvidarla” (Erich Fromm).
Antonio Sánchez Asín. Psicólogo y Pedagogo