"Menudean los sujetos revestidos de superioridad moral que dictan condenas y reparten credenciales de decencia"

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José María Romera

Publicado el 26/12/2021 a las 06:00

Salvando las vacunas, esa bendición de la ciencia, no ha sido un año como para tirar cohetes. Pero lo hemos superado con la cabeza bien alta. Podría decirse que hasta con arrogancia. Se dijo en su día que la pandemia nos haría más conscientes de nuestras limitaciones, que saldríamos de ella con el rabo entre las piernas y mejor preparados para convivir con nuestra baja estatura. Es probable que así ocurra en el ámbito privado, donde cada cual ha aprendido a ir tirando como buenamente puede sin dar voces ni creerse más que nadie. Pero la vida pública se nos ha llenado de gallitos de pecho hinchado que pasean su soberbia alegremente como si fueran enviados de los dioses. Basta encender el televisor para asistir al desfile incesante de diputados faltones, ministros envalentonados, alcaldes encantados de conocerse y consejeros autonómicos de colmillo retorcido que sobrevuelan la pandemia y los problemas económicos con el mismo desdén con el que tratan al adversario. En las redes sociales menudean los sujetos revestidos de superioridad moral que dictan condenas y reparten credenciales de decencia. Las páginas de opinión de los periódicos acogen las firmas airadas de plumillas con pujos de caudillo, y los participantes en tertulias se cruzan miradas por encima del hombro que despiden rayos de desprecio. Lo más seguro es que acabada la representación todos estos hombres y mujeres tan fanfarrones se vayan desinflando al contacto con la realidad y al regresar a casa se sientan insignificantes y vulnerables, pero no parece que eso los vaya a volver tan humildes como para firmar pactos con sus diferentes en pro del bien común. El instinto de autoprotección lleva a huir de la sensación de fragilidad recurriendo al orgullo. Por eso mismo un viejo monarca caído en desgracia trata de cubrir sus vergüenzas con el barniz de la indignación, una presidenta inepta se niega a mirar a la cara a sus opositores y un asesino en serie excarcelado es recibido por los suyos entre vítores y aplausos que le hacen creerse alguien. Antes odiados que rendidos a la evidencia de ser más bien poca cosa.

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