"Tuviste tres oportunidades para verla y ya no la verás nunca"

Actualizado el 28/11/2021 a las 10:13
La primera vez que debería haberme encontrado con Marta Fernández, yo acudía a una charla sobre toros a la que ella misma me había convocado en el Colegio Mayor Belagua, pero tuvo que irse a Gijón a tratarse de su enfermedad. La segunda vez, en la Feria de Otoño, falté yo. Y la tercera. Pasó el tiempo y no nos vimos. El domingo por la noche, pensé en ella y le escribí para vernos el martes en Madrid, “si te viene bien”. Ella no respondió. A la vuelta del whatsapp, me enteré por Alfonso de que se había ido. De alguna manera, tenía el presentimiento de que llegábamos tarde y digo tarde definitivamente, que es como llego ahora, al humo de las velas de su entierro.
El whatsapp colgando a la espera del doble check revela en ese momento una soledad casi perfecta. No hay nadie al otro lado, piensas, pero te resistes a creerlo e imaginas que está ella todavía allí de alguna manera, no sabía de cuál, y que en algún momento, el mensaje que has enviado aparecerá como leído y aún no será tarde para quedar mal. Para quedar tan mal como has quedado, pedazo de idiota, tuviste tres oportunidades para verla y ya no la verás nunca. Así que aquí estás, mirando la pantalla del teléfono sentado en el absoluto precipicio de la esquina de la cama del domingo por la noche en una habitación tan oscura. Te das cuenta de que en ese momento hubieras salido a la calle lloviendo para coger un taxi a donde fuera que hubiera que ir a decir “Hola, Marta” a tiempo y hablar de toros cinco minutos. Pero la vida es una sucesión de definitivos como este. Poco después, Marta se aparece en un vídeo en redes, ya enferma con un mensaje: “En mi estado es muy evidente, pero sirve para cualquier persona: no tienes un control absoluto sobre las situaciones. Se trata de saberte querida, de saberte respaldada y saber que lo demás son historias. Entonces bailas y de tejas llevar y ya está. Baila y déjate de todas esas tonterías que no son importantes”. Sonríes y comprendes que sigue ahí, al otro lado del teléfono y tecleas un mensaje porque sabes que te va a leer: “Que Dios te cuide”.