"Un impostor que se había inventado todo y ni siquiera se llamaba Manel Monteagudo"

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Jose María Romera

Actualizado el 14/11/2021 a las 20:05

Por la mañana del jueves Manel Monteagudo era un electricista naval que había pasado 35 años en coma y escribía versos. Al mediodía era un sospechoso de adornar su historia con detalles de difícil encaje, como el de haber tenido dos hijas durante su ausencia de este mundo. Y a media tarde era decididamente un impostor que se había inventado todo y ni siquiera se llamaba Manel Monteagudo, sino José Manuel Blanco Castro. En el trayecto entre el ascenso y la caída de nuestro hombre los medios informativos dieron lo mejor de sí: grandes titulares de asombro al principio y feroces anatemas al final, amplio despliegue para hacerse eco del milagro y derroche de energía para condenarlo. Por unas horas la historia del comatoso a tiempo parcial eclipsó en el ciberespacio y en los informativos de la tele al Covid, el Tribunal Constitucional, el drama fronterizo en Bielorrusia y la COP26. Eso, para los medios, porque para el lector normal saltaba a la vista desde el primer momento que todo era una trola como una catedral. La primera conclusión es que resulta sencillo colar cualquier patraña. La segunda, que matiza la anterior, es que las patrañas venden. Para un sector creciente del mercado informativo, la realidad es de plastilina. Lo que importa de ella es su capacidad de ser moldeada como mercancía para el entretenimiento, que lleva aparejado el potencial de atraer consumidores. Conforme el endeble montaje de Monteagudo se iba revelando falso a fuerza de fisuras y contradicciones varias, aumentaba su potencia viral. Esta vez el periodista no necesitaba buscar la verdad porque la tenía delante de sus narices, pero crecían las visitas y con ellas el dinero, así que convenía mantener el embuste hasta que no diera más de sí. Cuando esto ocurrió, todo era cuestión de cambiar de papel y ganar más visitas con la baza del desenmascaramiento. Primero se consiente el montaje, luego se procede a desmontarlo con idéntica solvencia. Si este revuelo lo provocó un infeliz con afán de notoriedad, ¿qué no podrán hacer los grupos de poder y las grandes corporaciones armadas de robustos equipos de comunicación?

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