Análisis
Vidas que se esconden detrás de una esquela


Publicado el 31/10/2021 a las 06:00
Hay gente grande a quien ponen esquelas pequeñas. Sencillamente, son caras. Usted abre el periódico por las páginas de esquelas y las descubre ahí. Son como portadas de un libro que reclaman atención. Invitan a descubrir una vida. Los datos son tan escasos como sugerentes. El nombre, la edad, sus apenados familiares, el tanatorio donde reciben, la iglesia en la que celebran el funeral y el cementerio del adiós. Lo que se ve es un relato breve pero la vida que se intuye detrás da para una novela. Leyendo esquelas imagino vidas. La última, hace unos días. Una esquela daba cuenta de que Khalid Salih, de 88 años, había fallecido en abril en Jartum. Exótico. Bajo unas líneas se recogía la muerte de su esposa Ana María Lecea, de 81 años. Habían muerto con unos pocos meses de diferenncia. “Khalid y Ana Mari”, me dije. Una historia de Romeo africano y Julieta navarra. Un ‘montesco’ y una ‘capuleto’ apasionados que habrían sufrido más de una resistencia para sacar adelante una relación entre dos seres diferentes. Pegado a la necrológica, imaginé a Khalid atravesando Sudán, luego Libia..., después el Mediterráneo y finalmente su llegada a Pamplona tras recalar en Italia.
La esquela precisaba poco. Invitaba al funeral y pedía una oración. Curioseé en Google. Khalid es un nombre habitual en Sudán. El cuarto más utilizado. Hay 592.359 personas que se llaman así en un país de 43 millones de habitantes. Salih también es apellido frecuente: 296.031 sudaneses lo llevan. Una especie de Gómez en España. Sería seguramente un hombre con escasos recursos que conoció a Ana Mari, una chica llegada de Elizondo que en los años 50 se puso a servir en Pamplona en casa de un médico especialista del corazón. Fantaseé que se encontraron una tarde en la consulta del doctor. Ana Mari llevaba la casa y recibía a los pacientes. Khalid había encontrado trabajo como fresador en un taller de la Rochapea y una tarde se sintió mal. En la consulta fue Ana Mari quien le abrió. Se miraron un momento. El médico le dedicó más tiempo pero fue distinto el impacto. A Ana Mari le dejó a la intemperie la caja de los sentimientos. El doctor simplemente le diagnosticó una arritmia. A Khalid el corazón le latía muy rápido. No acertaba a saber porqué aquel día el músculo le iba a mil. Los dos se enamoraron pero los padres de ella no entendieron aquella pasión. Se opusieron a la relación. Un clásico. Montesco y Capuleto, sin Verona. En versión de la Rochapea. Huyeron y Khalid se la llevó al país de Sudán o de nunca jamás porque la distancia abrió una brecha que poquito a poco el tiempo y los hijos que tuvieron fue cerrando. Primero nació Amaya. Un guiño a Pamplona. Después llegó Ali. Otro a Sudán. Los padres ya abuelos aflojaron. El tiempo cura las resistencias, seguro. La esquela que hoy leo confirma que las heridas están restañadas. ¿Cómo lo sé? El texto cita a los hermanos de Ana Mari. Eran 6. Solo dos la han sobrevivido. Ellos habrán pagado la esquela. También se menciona a la familia de Khalid. A unos y a otros les he visto a la salida del funeral. No he podido evitar acercarme. Sonreían y se abrazaban. La esquela tiene un tamaño medio... Hay gente grande a quien ponen esquelas pequeñas. Son caras, me digo. Y paso página camino de otra sección.