Historias familiares
Ni el día ni la hora


Publicado el 31/10/2021 a las 06:00
Una de mis bisabuelas maternas murió porque el tablón de una obra se le cayó sobre la cabeza. Así, sin más. Corría el año 1946 y la mujer, que se acababa de estrenar como abuela y aún no había alcanzado el medio siglo de vida, paseaba con su hija mayor por el centro de Zaragoza. Cuando, de repente, vio que de un andamio se desprendía un tablón y que iba a golpear a uno de los albañiles. No se lo pensó. Corrió para avisarle de que se retirara, con tan mala suerte, que el objeto volador impactó sobre ella. “Fractura de cráneo”, rezaba su partida de defunción, que leí y archivé para un trabajo de la universidad sobre documentación familiar. Una tragedia en toda regla que me viene ahora a la cabeza con motivo del día de Todos los Santos y del sarpullido emocional que nos provoca hablar sobre la muerte y el dolor y el sufrimiento que genera. Nos parece que, aferrándonos al comodín de la superstición, si no la mencionamos, nunca ocurrirá. Y miramos hacia otro lado. Por eso escribo estas líneas. Para animar a hablar sobre esta realidad que a todos nos asaltará. Porque, ¿qué harías si supieras que hoy, que mañana, que este mes o este año van a ser tus últimos en el mundo de los vivos?
La historia de mi bisabuela Ramona (pobre, así se llamaba) ya acumulaba retazos de tragedia, por lo menos, desde la década anterior a su muerte. A su hijo menor, lo mataron de un tiro en la nuca en la revolución de Asturias de 1934. Y su marido murió fusilado, como tantos, como demasiados, frente a la tapia de un cementerio en un pueblo de Lérida a comienzos del verano del 36. Así que a mi abuelo materno, su hijo, no le temblaba el pulso ni la voz al hablar de la muerte, de la suya propia. “Para entonces, yo ya estaré criando malvas”, se reía, cuando, alrededor de la mesa en una comida familiar, nos imaginábamos el futuro. “Mira, otro que ha dejado de fumar”, bromeaba siempre al leer las esquelas en el periódico. Mi abuela le reñía siempre. “No digas esas cosas delante de los niños”, sonaba el reproche. Como si nosotros, los nietos, fuéramos inmunes a la muerte y solo pudiéremos hablar de dibujos animados o de huevos Kinder.
Todas aquellas anécdotas me han venido a la cabeza estos días, en los que no me quito del pensamiento a Elena Legarra. La amazona que murió hace una semana cuando uno de sus caballos le propinó una coz en el tórax al volver de una competición. Una acción tan cotidiana para ella y que habría hecho en tantas ocasiones. De una edad similar a la mía y también con tres hijos, no me puedo ni imaginar el dolor de esa familia rota. De repente. Al recibir esa llamada de teléfono que puso su vida del revés y para siempre. Descanse en paz.
El viernes pasado entrevisté para mi podcast ‘Déjame que te cuente’ a la psicóloga Rakel Mateo, directora de la asociación ‘Goizargi’, de apoyo al duelo. Ella, que experimentó ese dolor a los 15 años con el fallecimiento de su hermana, ayuda ahora a otras personas que recorren el mismo camino. Y ofrece unos consejos muy inteligentes. “Hay que preguntar a la gente que ha perdido a un familiar si quiere o no que hablemos sobre el tema”, insiste. ¡Claro! ¡Porque apenas nadie lo hace! Conozco a una chica que perdió a su bebé poco antes de dar a luz. Y en su familia, nadie le habla nunca de su pequeño. Que tenía nombre y hasta cuna. “¿Por qué no lo mencionan? ¿Tú sabes lo que me duele?”, me preguntó un día. No. No lo sé. Y no creo que, ni de lejos, lo pueda imaginar. “Quizá tendrías que decirles que quieres que te hablen de él, de cómo sería, que ya iría al colegio. Lo harán para no causar dolor”, me atreví a sugerir. Ahí me quedé. Sin saber qué más añadir.
Porque, no nos engañemos, la muerte sigue siendo tabú. Para todos. Incluso para las personas enfermas que la ahuyentan a manotazos. Yo he fantaseado con la idea de morir a los 90 años rodeada de mi marido y mis hijos. Y pienso que si ahora supiera a ciencia cierta que mi final iba a ser ese, viviría más feliz. Porque me garantizaría una muerte a una edad longeva sin haber tenido que despedir a ninguno de los míos. ¿Egoísta? Puede. ¿Ridículo? También. ¿Mi conclusión? Exprimir la vida. Porque, como le ocurrió a mi bisabuela Ramona, y como habría escuchado tantas veces en misa, nadie sabemos “ni el día ni la hora”.