"Estamos en la sociedad del espectáculo, y hasta los desastres naturales deben dar la talla"

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Jose María Romera

Actualizado el 26/09/2021 a las 23:06

Con cada nueva calamidad reaparece la moraleja en forma de cantinela de predicador acabado: representa, nos dicen, la venganza de una naturaleza que responde a las incesantes agresiones de la especie humana. Hoy es el volcán canario como ayer fue la pandemia y otras veces son las gotas frías, las olas de calor, los seísmos o los incendios forestales. Con esta manía que nos ha entrado de moralizarlo todo creyendo que así parecemos más comprometidos con los problemas del universo mundo, atribuimos intenciones justicieras a entes físicos cuyo comportamiento no obedece a otro motivo que a su propio ser. A menudo -sorpresa- la lluvia moja, el fuego quema, los vientos soplan y los volcanes, en fin, entran en erupción. Bien es verdad que de cuando en cuando los elementos se toman su papel demasiado en serio y actúan tan hiperventilados como los reporteros televisivos que acuden a cubrir la noticia. Pero estamos en la sociedad del espectáculo, no lo olviden, y hasta los desastres naturales deben dar la talla si no quieren pasar inadvertidos en medio de la vorágine. Como hay una especie de pudor para admitir que esas escenas nos gustan, preferimos aparentar consternación y acogernos al animismo de una naturaleza encolerizada que ajusta cuentas con los pecadores. Desde luego, no se debe banalizar el sufrimiento ajeno. Es de justicia que indemnicen debidamente a esos cientos de isleños que han perdido sus propiedades. Pero, una vez reparado el daño, nada impide que en lugar de soltar lamentos nos maravillemos con el prodigio servido en sesión continua. La lava que hoy devasta el suelo de La Palma será mañana fuente de prosperidad, como lo ha sido siempre para todo un archipiélago que los geólogos describen como volcánico. Aumentarán los turistas. Los viejos contarán a sus nietos que vieron ascender el fuego y llover cenizas sobre sus cabezas. Ahora dejémonos llevar por el asombro e incluso, si los drones siguen ofreciendo buenas tomas, la fascinación estética. Es lo que tiene la madre naturaleza, que puede mostrar al mismo tiempo una cara destructiva y otra formidable, majestuosa, imponente.

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