“Según advierte la OMS, el movimiento negacionista se ha erigido en una de las principales amenazas para las salud en el mundo”
Artículo de opinión de Javier Blázquez

Publicado el 08/07/2021 a las 06:00
Sin investigación no hay progreso en el conocimiento. Tampoco en el ámbito de la salud. La experiencia nos permite comprobar que solo a través de la investigación es posible crear nuevos fármacos y descubrir vacunas capaces de erradicar enfermedades.
Por ese motivo, la Fundación Príncipe de Asturias ha concedido el premio de investigación científica a siete especialistas que han contribuido a desarrollar tres vacunas contra la COVID-19. Este descubrimiento, que permite afrontar enfermedades autoinmunes, se suma al esfuerzo de cientos de investigadores de diversas nacionalidades, que en los últimos meses han concurrido en la producción de vacunas destinadas a generar inmunidad por estimulación de la producción de anticuerpos.
Ningún medicamento ha salvado a lo largo de la historia tantos millones de vidas como las vacunas. Una sucinta mirada retrospectiva nos permite recordar que el inglés Edward Jenner puso en práctica un método innovador para luchar contra la viruela. Este médico rural, padre de la inmunología, realizó su primera vacunación a un niño de ocho años en 1796, a partir de materia proveniente de vacas, y de ahí el término “vacunas”. Llegó a inocular a su propio hijo con un fluido infectado de viruela para erradicar los prejuicios de otros galenos. Estaba plenamente convencido de que el tratamiento aplicado era correcto.
Después, a lo largo del siglo XIX, Luis Pasteur consiguió desarrollar la vacuna contra el cólera de las aves y demostró que, al administrar una forma atenuada del microorganismo que produce la infección, se generan defensas más resistentes que si se introduce un germen productor de otra enfermedad similar a la que se quiere prevenir, como había realizado en su momento Edward Jenner.
Posteriormente, se crearon las vacunas contra el tétanos, la difteria y la tuberculosis. Más tarde, surgió la vacuna de la poliomielitis y se desarrollaron vacunas para afrontar el sarampión y la rubéola. La vacuna contra la varicela fue creada en Japón en la década de los setenta. A su vez, el uso de la ingeniería genética permitió desarrollar la vacuna de la hepatitis B. Todo ello contribuyó a evitar millones de muertes en todo el mundo.
Sin embargo, determinados grupos anti vacunas se muestran actualmente contrarios a que se suministre la vacuna contra la COVID-19. Desconfían de las instituciones, así como de las empresas farmacéuticas, mientras alimentan teorías conspiranoicas e invocan con vehemencia, una y otra vez, el principio de libertad. De hecho, el rechazo a las vacunas en EE UU., como secuela de las tesis negacionistas del anterior presidente Donald Trump, está provocando que el ritmo de vacunación haya decrecido; sobre todo en los estados gobernados por el partido republicano. Afortunadamente, no sucede lo mismo en Europa ni tampoco en España, a pesar de que en nuestro país un 12% de personas, aproximadamente, consideran que las vacunas no son eficaces y que se ocultan los riesgos que conllevan.
Según advierte la OMS, este movimiento negacionista, presente desde hace años en varios países, se ha erigido en una de las diez principales amenazas para la salud en el mundo. Y es que, tal y como insistía el poeta alemán Friedrich Rückert, tras componer cientos de poemas dedicados a sus hijos fallecidos por las fiebres escarlatinas, “algunos se imaginan ser libres y no ven las ataduras que los aprisionan”.
Cuando la salud pública está en juego, carece de sentido apelar únicamente a la libertad individual como un derecho, sin tener en cuenta a su vez el principio de responsabilidad. Una y otra actúan como dos caras de una misma moneda. En situaciones críticas hay que actuar pensando también en los demás ya que el comportamiento -consciente y responsable- constituye un signo de madurez ética, tanto individual como social.
Hace dos mil quinientos años, el filósofo y matemático griego Pitágoras de Samos contaba que un día la libertad, irritada, se dirigió a la ley con desdén para reprocharle: “Tú me estorbas”. Ante lo cual, la ley, sin inmutarse, le respondió: “Yo te guardo”. O lo que es lo mismo: te protejo y además soy tu garante.
En realidad, las personas que deciden no vacunarse están beneficiándose de la inmunidad alcanzada por quienes sí se vacunan. Se comportan de forma insolidaria -en cierto modo parasitaria- porque deciden mantenerse al margen mientras disfrutan, como advierte Victoria Camps, tanto del esfuerzo como del riesgo que corre el resto de la población al inyectarse. Por eso, adquiere tanta importancia alcanzar la inmunidad de grupo.
En definitiva, ante una crisis pandémica tan grave como la presente, la vacunación resulta un deber cívico. Si todos nos comportásemos como los negacionistas, la pandemia no remitiría y por tanto no alcanzaríamos nunca la inmunidad. Tampoco descenderían los contagios ni las muertes. Así pues, tal vez deberían pensar en las lúcidas palabras de San Agustín cuando afirmaba: “Nadie puede ser perfectamente libre hasta que todos lo sean”.