"Detrás de cada jubilado hay un adolescente disfrazado"

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User Admin

Actualizado el 20/06/2021 a las 23:40

Mientras escribo estas líneas una compañera estrena la jubilación. O la prejubilación, que a efecto de situación laboral no es exactamente lo mismo, pero si hablamos de lo otro, es igual. ¿Lo otro? Lo otro es la puerta que ella ha abierto. Es tirar de la manilla y descubrir de repente que el centro de la vida no es el que fue hasta ayer. En la historia de una vida normal uno se ocupa en asuntos como llegar a la oficina, resolver papeles, llevar a los niños al médico, al cole, recogerlos, conciliar actividad laboral y personal y la cabeza y la vida asimilan una inercia que hace que todo se organice alrededor del trabajo y sus horarios. Como si solo eso tuviera sentido. Y son tantas las horas que uno mete dedicado a estos asuntos que mientras ocurre podría ser que uno pierda foco sobre otras cuestiones relevantes.

Imagina el haz de luz que proyecta una linterna al encenderse en medio de la noche. A eso me refiero. Sólo se ve lo que se ilumina pero hay otras realidades que escapan a la bombilla. Es como si la luz hubiera puesto en el centro de la vida un montón de asuntos prácticos y hubiéramos descuidado otras sensibilidades importantes para las que solo hace falta un movimiento de muñeca y desplazar la linterna.


Decía un experto hace unos días que el mundo reparte etiquetas. Y no podemos escapar de ellas. Nos las colocan a todos. A los 15, adolescente. A los 20, joven y estudiante. A los 30, en edad de procrear. A los 40, éxito profesional y a los 50 estabilización y descenso. Después, la puerta de la vejez. Es igual que uno a los 60 no se vea viejo. Hay una mente colectiva que piensa que sí. Es más sencillo ajustar lo que ocurra a la etiqueta. Obvian a esta gente que se prejubila y abre la puerta a una realidad que antes ni imaginaba. Personas que cogen la linterna y hacen un movimiento de muñeca. Descubren entonces que tenían demasiadas cosas en la cabeza, horarios rígidos, órdenes del día, trabajo pendiente, la compra y la comida…

Hoy una compañera estrena jubilación. O prejubilación. Tengo un vecino como ella. Con algunos años más. Camina todos los días 10 kilómetros. Ha recuperado las reuniones semanales con amigos, participa en clubes de lectura y se ve a sí mismo dicharachero y atlético. No le importa cómo le vean los demás. Me cuenta que ha expermenta percepciones de la realidad que le recuerdan a un tiempo vivido hace mucho y le acercan a su nieta casi adolescente. “Será por eso que ahora la entiendo” . “A veces me veo más niño que ella”, bromea y “mi hija me dice que no tengo fundamento”. Puede que venga de ahí esa complicidad de la que tantos hablan entre abuelos y nietos. Una sintonía de la que quedan fuera los padres, siempre centrados en realidades prácticas.


Tiene mala prensa esto de prejubilarse joven y los gobiernos buscan restringir posibilidades. Se rasgan las vestiduras, dicen “qué pena que salgan del mercado laboral personas en su momento de más experiencia”. No saben que lo hacen precisamente por eso. Porque han aprendido y por un espíritu contestatario recuperado. Detrás de cada prejubilado hay un adolescente disfrazado, encantado de entender a los otros adolescentes.


-¿Te jubilas?, suele ser la pregunta del escéptico.

-Solo del trabajo. He decidido mover lalinterna.

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