Desde otro punto de vista

Actualizado el 12/06/2021 a las 06:00
Mi hijo pequeño camina con las manos. Durante diez, treinta y hasta 57 segundos. Lo sé porque él se cronometra y quiere batir su propio “récord personal”. Y anda así, tan tranquilo, como quien se lava los dientes o pasa las páginas del periódico sobre la mesa de la cocina cualquier día en el desayuno. Lo mismo le da hacer sus piruetas en el pasillo de casa (¡pobres paredes blancas que acabamos de pintar!), que en el patio del colegio o en un parque, rodeado de niños que lo jalean. El otro día, yo estaba con él en una tienda de ropa comprando el regalo de cumpleaños para una amiga cuando empezó a hacer sus monerías junto a los probadores. Justo, en ese momento, entró un chico que nos contó (¡vete a saber si era verdad o se lo inventó!) que había trabajado en el ’Circo del sol’ y que necesitaban a niños como él. Y desde entonces, cada vez que llega del colegio, los 7 años de mi hijo me preguntan si han llamado los del circo o han venido a buscarle a casa porque él, como el que no quiere la cosa, ofreció nuestra dirección exacta. ¡Espero que aquel chico no fuera un amigo de lo ajeno y no venga a desvalijarnos! Me sorprende mucho esta habilidad de mi hijo y no sé de dónde habrá sacado esos genes porque yo siempre aprobaba la Educación Física por los pelos y solo sacaba buena nota si había examen teórico. El niño, sin embargo, no se sienta a leer ni loco y no le gusta nada hacer la tarea de Lengua. Así que, como lo tenía muy a mano, me puse a reflexionar sobre las conocidas como ‘inteligencias múltiples’. O lo que, toda la vida se ha conocido diferentes destrezas o habilidades, aunque “no cuenten para nota” ni sirvan para entrar en la universidad ¡Porque no hace falta sacar sobresaliente en Matemáticas o ser un portento con las conjugaciones verbales en modo indicativo o subjuntivo para ser alguien en la vida! ¿No crees!
A mí así me lo parece pero intuyo que la sociedad no está muy de acuerdo. El jueves me tocó cubrir los resultados de la EvAU, la prueba de acceso a la universidad, y observé que, como siempre ocurre, los colegio e institutos compiten por qué alumnnos sacan mejores notas. Como si tener un 100% de aprobados en Selectividad o contar con los estudiantes que más brillan les diera un ‘caché’. Claro está que para los centros y, sobre todo, los profesores, es una satisfacción enorme ver que sus alumnos han aprendido lo que les han enseñado y han sabido defenderse con soltura en un examen externo. ¡’Chapau’ para todos ellos! Para los docentes que los preparan y comparten su conocimiento. Para los alumnos que se esfuerzan en sacar lo mejor de sí. Y para las sacrificadas familias, que sufren lo indecible con sus retoños y lo pasan peor que si tuvieran que volver a examinarse. Pero, ¿qué ocurre con los alumnos que suspenden? ¿O los que no alcanzan la nota de que se exige para matricularse en sus estudios soñados? ¿O los que no quieren seguir estudiando?¿Fracasarán en la vida? ¿O triunfarán más que un ‘cerebrito’ sin habilidades sociales ni empatía para alegrarse o llorar con éxitos o fracasos ajenos?
El otro día entrevisté al profesor Jesús Hernández Aristu, con motivo de su último libro ‘Convivencia, rendimiento y bienestar en la escuela’. Siempre es un placer conversar con él porque este hombre sí que puede vestirse sin duda alguna, con el adjetivo de ‘erudito’. Pero, sobre todo, de ‘amable’ o, mejor aún, ‘entrañable’, porque llega a la entraña. Me decía que aún son habituales las olimpiadas de Física, Matemáticas, Biología y, más recientemente, Historia o Filosofía. Unas pruebas externas en las que compiten los bachilleres de diferentes centros para ver quién es el mejor. “¿Y por qué no organizan concursos para ver quién es el más simpático, el que más ayuda a los demás o el que mejor trabaja en equipo”, se preguntaba. Y me quedé pensativa. Cierto. Esas habilidades, que, sin ninguna duda, son las más importantes para la vida y las que marcan la diferencia entre ser feliz o infeliz (ahí es nada) no se califican nunca. Parece que solo se valoran las décimas o centésimas de una nota. Una cifra que, en la edad adulta, nadie recuerda ni te la piden en una entrevista de trabajo.
Así que, consejos vendo y para mí no tengo, pero, ¿por qué no valoramos a nuestros hijos por lo que son capaces de hacer y no por sus dificultades? Porque, quizá, un niño hiperactivo o con déficit de atención no sea capaz de estar sentado y concentrado en clase pero se erija como el mejor portero de su equipo de futbito. O un zoquete para los idiomas, que no es capaz de recordar el vocabulario de inglés, es un prodigioso pianista, capaz de tocar cualquier pieza a primera vista o de improvisar una composición en modo menor.
Intentaré aplicarme el cuento y no reñir tanto a mi hijo cuando me manche las paredes blancas del pasillo con sus pies sucios de andar descalzo y que observo a la altura de mi cabeza y a punto de darme un patadón, si me descuido. Bien es cierto que me gustaría que disfrutara, como yo, leyendo un libro de aventuras sentado en el sofá y sin moverse. Coloreando un cuadernillo con personajes infantiles o haciendo anualidades. Pero no. Él no es así. Y mal que me pese, quizá estas habilidades acrobáticas nos saquen de pobres. O por lo menos, nos enseñen a ver la vida desde otro uno punto de vista.