Padres, padrazos y superhéroes

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User Admin

Actualizado el 20/03/2021 a las 06:00

Tengo suerte de poder felicitar a mi padre por su día. Por el, a veces comercial; y otras, tierno en exceso y empalagoso ‘Día del padre’. La verdad es que hasta ahora no lo había valorado mucho. Y me parecía lo más normal regalarle una colonia, una camisa o un libro y pedir a mi hermana que me pagara la mitad del importe. Llamarle por teléfono e ir a comer en familia a su casa o a un restaurante. Así, un año tras otro. Pero lo que parecía mera rutina, y a veces, lo confieso, se convertía en un compromiso, ha pasado a ser algo extraordinario. Ya suman dos las ocasiones en que no podemos celebrarlo juntos y que nos limitamos a dar un paseo por la calle o un abrazo de lado y sin mirarnos a la cara. Como con miedo. Ese miedo que sigue ahí y que nos pellizca la boca del estómago en cuanto nos acercamos más de lo permitido. Por eso ahora, daríamos el dinero que no tenemos por recuperar lo cotidiano. Por sentarnos todos a la mesa a celebrar el día del padre o lo que sea. Una comida seguida por una sobremesa larga y unas penas breves. Aunque, como digo, tengo suerte, porque ya le he felicitado. Y mis hijos pueden hacer lo propio con el suyo, o sea, mi marido. Porque para muchos este será el primer día del padre sin padre. Por culpa de la pandemia, de cualquier otra de las enfermedades que ahí siguen aunque muchos no se den cuenta o por un maldito accidente. El primero, el segundo, el tercero o el décimo 19 de marzo que se tornará triste por no poder comprar a última hora esa colonia que te traía de cráneo o aquella corbata, más por obligación que por otra cosa. Y para no escuchar esa pregunta de tu madre de: “¿Ya le has comprado algo a papá?” Sea cuál sea tu caso, ¡feliz día del padre! A los padres. A los padres y abuelos. A las madres que son padres al mismo tiempo. A los hijos que tienen padre o lo tuvieron. O a las mujeres que preparan un bizcocho a última hora porque sus retoños, no sé por qué motivo, este año no han traído ninguna manualidad del colegio. ¡Felicidades!

Justo sobre todas esas realidades me puse a pensar el jueves por la noche. Después de ver una película de esas que te hacen reflexionar mucho y, en mi caso, llorar otro tanto. Me la recomendó una gran amiga. Por lo que no tuve ninguna duda en buscarla y obligarles a mis hijos mayores a sentarse conmigo. Sí, sí, has leído bien. ¡Obligarles! ¡Cualquiera diría que es un gran esfuerzo sentarse en el sofá un día a la semana para ver una película en familia! ¡Que no les estoy mandando a picar en una mina! Pero bueno, así están ahora las cosas. Nada que ver con aquellos viernes de mi infancia, en los que todos nos sentábamos, con un bocadillo, una servilleta sobre las piernas y un vaso de agua en un tapete sobre la mesita del salón, a ver el ‘1, 2, 3’. ¡Qué va! Ahora cada uno quiere ver lo suyo en su pantalla y en su cuarto. Pero, ¡ni hablar! Un día a la semana, hay película conjunta. El caso es que, después de muchas protestas, nos acomodamos para disfrutar de Un amigo extraordinario (A beautiful day in the neigborhood, su título original), protagonizada por Tom Hanks. Yo intentaba darles cháchara pero solo protestaban por ver quién le había dado una patada a quién. Pero no me desanimé y, al final, debatí con mi hijo mayor (14 años) sobre esa delicia terapéutica. Sobre ese drama de la vida diaria. La cinta narra una historia real. La del periodista Tom Junod (Lloyd Vogel en la ficción) que, en 1998, escribió un reportaje para la revista estadounidenses Esquire, sobre los héroes. Redactor agresivo, cuyos entrevistados nunca se quedan contentos con lo que cuenta de ellos, con una historia familiar complicada y que se acaba de estrenar como padre, recibe un encargo de su editora para entrevistar a Fred Rogers. También un personaje real, un presentador de televisión infantil durante tres décadas en Estados Unidos. Y en ese cruce de vidas se torna la conversión. Rogers, un hombre bueno que exaspera a Vogel, le hace reflexionar sobre su vida. En especial, sobre la mala relación con su padre y el tipo de progenitor que él quiere ser ahora con ese bebé llorón. No, no, no voy a hacer ‘spoiler’. Solo quería resaltar, como se aprecia en el film, lo compleja que puede llegar a ser, a veces, la relación padre-hijo, padre-hija o madre-hijo, madre-hija. Aunque alguna de estas combinaciones son más explosivas que otras. Y, en ocasiones, hasta que no nos convertimos en madres o padres no somos conscientes de lo que hicieron los nuestros por nosotros. A mí me pasó.

Cuando llevo (o llevaba, en la época prepandemia) a mis hijos a las extraescolares, recordaba siempre las horas muertas que mi padre se pasaba en el coche, en pleno invierno y escuchando la radio, cuando me iba a recoger al conservatorio. O cuando transporto, de la ‘Ceca a la Meca’ a los amigos de mis hijos, le veo a él repartiendo a mis amigas por sus casas después de mis cumpleaños. De hecho, a aquellas niñas del colegio no las recuerda por su nombre sino por su dirección. Y si le hablo de Fulanita o Menganita dice: “Ah, sí, la que vivía en tal calle o tal otra”. “Bueno, sus padres- aclaro yo- que ella ahora vive en Barcelona o en Sebastopol”. Todos atesoramos recuerdos más o menos buenos de nuestros padres, de cuando nosotros éramos niños. De ese cenicero con palillos que le hicimos en el colegio (un regalo hoy impensable y políticamente incorrecto), de aquella vez que lloramos tanto y que nos tuvo que venir a recoger a un campamento de verano antes de tiempo o de ese bofetón que nos arreó cuando le mentimos o llegamos tan tarde a casa que apunto estaba de llamar a la Policía. Hoy, nosotros somos los padres o las madres. O, incluso los abuelos. ¿Y qué recuerdo guardarán nuestros retoños de nosotros dentro de unas décadas?

Ojalá los míos se acuerden con cariño de las películas que les obligaba a ver. Sobre cualquier tema para debatir. Pero sobre todo, las que iban sobre padres, padrazos o superhéroes. Que esa es otra. ¿Te has parado a pensar por qué un hombre que lleva a su hijo al pediatra o lo recoge a diario del colegio es un padrazo y, en una mujer que hace lo mismo, se considera ‘normal? No es mi caso. Mi marido es quien siempre lleva a los niños al médico, el que se prodiga ahora por el patio del colegio y se convierte en monitor particular de natación, tenis o ciclismo. ¡Ojo! Que yo también hago mi parte. Así que, ¡nada de madrazas ni padrazos! Solo madres y padres. Solo personas que cumplimos con el compromiso de la paternidad y el normal cuidado de los hijos. Nada de superhéroes o superheroínas. La pregunta que espetó Lloyd Vogel a Fred Rogers para escribir ese reportaje que tanto sarpullido le ocasionaba pero al que no se pudo negarse si quería mantener su puesto de trabajo. “¿Se considera usted un héroe?”, le inquirió. A lo que el presentador no supo qué responder. Vogel tituló así su reportaje, que se convirtió en tema de portada: “¿Puede decir... héroe?” Probablemente, nadie lo somos. ¿Y qué? Pero tenemos la suerte de poder seguir celebrando este día. Como hijos. Como padres. O como madres. Es igual. ¡Lo importante es celebrar! Y ojalá que dentro de poco, podamos sentarnos a la mesa a saborear la vida. En una sobremesa larga. Con penas breves.

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