En casa del herrero...
Opinión de Sonsoles Echavarren

Actualizado el 14/03/2021 a las 16:37
Ya he contado alguna vez que uno de mis bisabuelos paternos fue herrero en el Valle de Arce. En una aldea a las puertas del Pirineo. Y que mi padre, al salir de la escuela, cuando tenía la edad de mi hijo pequeño (7 años), corría hasta esa fragua que le resultaba mágica. Y mientras merendaba una rebanada de pan con vino, que no sé cómo no se emborrachaban con aquella dieta, se obnubilaba disfrutando con el crepitar de la lumbre, arrullado por el sonido monótono del martillo contra el yunque para moldear las herraduras de los caballos. Y con aquella historia tan bucólica, vista por los ojos de mi padre, claro está, no por los del herrero que ya estaría harto de avivar el fuego con el fuelle, enamoró a mi madre. Así que tengo cariño a ese relato que ya dibuja una imagen propia en mi cabeza. Y que no es precisamente la de ‘La fragua de Vulcano’. Traigo a colación esta historia, no porque quiera hablar sobre los oficios antiguos, que podría ser el tema de otra columna, sino porque se cumple ahora un año desde que buena parte de los habitantes del mundo, de todo el planeta Tierra, como me gustaba decir de pequeña cuando algo me resultaba ya infinito, empezamos a teletrabajar. Una realidad, aplaudida por unos, denostada por otros, pero que nos sirvió para sacar adelante empresas enteras en los meses de confinamiento. Así que, aunque el teletrabajo nos parezca algo tan moderno, no lo es tanto. Y a lo largo de la historia, muchas han sido las personas que han trabajado en casa, con los niños más o menos alrededor. Quizá no tecleaban artículos o presupuestos en un ordenador pero sí cogían los bajos de los pantalones o golpeaban un yunque. Mientras sus hijos o sus nietos correteaban por allí con una rebanada de pan con vino.
Confieso que cuando mi jefe me propuso hace ahora exactamente un año trabajar con un ordenador desde mi casa, me asusté. ¿Cómo iba a ser capaz de entrevistar a un psicólogo, un pediatra o a la presidenta de la asociación de Síndrome de Down por teléfono mientras mis hijos corrían, gritaban o saltaban por el sofá? Realmente me pareció ciencia ficción. Además, a mí me gusta ir a la redacción para hablar con mis compañeros, saber qué temas se traen entre manos o tomarme un café con mis amigas mientras nos contamos lo que nos ha dicho tal o cual entrevistado o nos desesperamos con lo enganchados que están nuestros retoños a los videojuegos. Mal de muchos...
Pero de un día para otro llegó el estado de alarma y tuvimos que improvisar un rincón de trabajo sobre una mesilla en nuestro dormitorio o en la mesa del salón, rodeados de fichas de Lego. Ya han pasado 365 días y ahora nos parece ‘lo normal’. Ahora, procuro ir a la redacción pero, hay días u horas concretas, que escribo desde casa. Como ahora, que estoy martilleando el teclado con esta historia mientras veo unas zapatillas tiradas por el suelo, una taza de té frío a medio terminar a mi lado o un montón de ropa apilada sobre la cama y que guardaré en el cajón en cuanto ponga el punto y final. Por no hablar de que me he enfundado un chandal, una cinta para que el pelo no me cubra los ojos y ni me he maquillado ni engarzado unos pendientes a los lóbulos de mis orejas. Sin los que no salgo nunca de casa. Así que, claro, cuando me miro al espejo, me veo cara de enferma (de enferma sin pendientes).
Pero, como todo en la vida, el teletrabajo es una moneda de doble cara. Durante el confinamiento, pudimos sacar un periódico adelante haciendo entrevistas por teléfono; la mayoría, escribiendo desde casa, y demostrando que los periodistas sí que somos esenciales. Y más en una crisis sin precedentes. Así, que, ¡bravo! Sin embargo, la cruz también está pesando. Jornadas con horarios más flexibles, niños entrando y saliendo de la habitación (sobre todo los fines de semana) con la pregunta en los labios de: “Mami, ¿cuándo acabas?”, descansos de cinco minutos, no para compartir una infusión con las compañeras sino para poner la lavadora o tender la ropa; pausas mientras esperamos a que nos hagan la maqueta en la que escribir nuestro texto, en las que corremos al colegio a buscar a los niños y les ponemos la comida en la mesa. Y una sensación de, como ya decía el refrán, estar en misa y repicando. Es decir, en todos los sitios y en ninguno a la vez. Porque me siento a la mesa de la cocina pensando en las líneas que me faltan para terminar una entrevista y pregunto a mis hijo cómo le ha ido el examen de Matemáticas. Aunque, apenas escucho su respuesta porque no paro de darle vueltas a ese titular que no encaja en el hueco. Quizá tenga que pedir que me cambien la maqueta porque no puedo contar lo que quiero. “O sea, que las fracciones han sido fáciles. ¿Y qué nota crees que sacarás?”, finjo interés mientras corro al ordenador porque me ha venido, de súbito, como ocurre siempre, una idea que no puedo dejar escapar.
Una situación que antes yo no vivía. Porque el periódico era el periódico y mi vida familiar estaba al margen. En cuanto apagaba el ordenador, corría al parking, metía la primera y conducía hasta el colegio. Aunque muchos días, en algún semáforo, enviaba una nota de voz a alguna amiga para que me cogiera al pequeño porque iba justa de tiempo y no había manera de encontrar aparcamiento. Parece que hablo de la Prehistoria. Pero, no. Hace 365 era la vida nuestra de cada día. Me contaba el otro día el economista Carlos Medrano, a quien entrevisté para el congreso de ‘Familia y salud’ de Diario de Navarra, que él lleva diez años trabajando desde casa. Y que hay que saber poner límite entre vida familiar y laboral, aunque veces es un hilo tan fino, que la madeja se acaba enredando. “A mí ya me dio el alto mi familia. Nunca encontraba el momento de sentarme a cenar. Siempre seguía pensando en el trabajo”. Creo que yo ya he llegado a ese punto. En el que tengo que parar y se-parar.
No sé por qué no me imagino a mi bisabuelo, sentado a la mesa, con su mujer, sus hijas solteras, alguno de sus cuatro hijos casados, sus nueras y sus nietos, pensando en que no le da tiempo de herrar a los caballos que le traían de los pueblos cercanos y que aún tiene en la lista de espera. Eso en los buenos tiempos. Porque, en los malos, barruntaría la idea que finalmente se hizo real de emigrar a Barcelona, porque la industrialización que estaba llegando al campo eliminaba a los animales de las tareas más duras y los sustituían por tractores. ¿En eso pensaría mientras sentaba a mi padre sobre sus rodillas o recorrían los escasos metros que separaban la casa familiar de la fragua? Avanzo unos pocos años en el tiempo y veo a su nuera, mi abuela paterna, pedaleando sobre la máquina de coser en el cuarto de estar de su casa de Pamplona, mientras mi padre y mis tíos hacen la tarea del colegio o ven la tele, ese aparato novedoso que acaba de llegar a sus vidas a mediados de los sesenta. Estoy segura de que ningún niño le taladraría con un: “Mami, ¿cuándo acabas? ¡Vamos al parque!” Porque les hubiera fulminado con la mirada. “El trabajo es lo que nos da de comer”, seguro que les dijo. Entonces y ahora. En mi escritorio improvisado en un rincón y en casa del herrero. Aunque lo hicieran con cucharas de palo.