La maternidad que agota

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User Admin

Actualizado el 06/03/2021 a las 06:00

Hace días que no hablo con mi hermana por teléfono. Y no porque no me acuerde de ella. ¡Qué va! Lo que pasa es que cuando la voy a llamar, por la noche, en ese momento en el que por fin me embarga el sonido del silencio, estoy tan cansada, que me duermo. Lo mismo le ocurre a ella. A veces, intento entablar una conversación pero, como ya se sabe aquello de que ‘dónde hay confianza...’, me termina diciendo que ya hablaremos en otro momento, que aún tiene que recoger la cocina, corregir exámenes de sus alumnos y que está tan cansada, “agotada”, aclara, que no le sale ni la voz. Así que nos mandamos audios de ‘wasap’ poniéndonos al día de nuestras vidas, trabajos, maridos, hijos, y amigos, que lo mismo da, y que podemos escuchar en cualquier momento con auriculares. Y así, me entero, mientras me lavo los dientes, de que mi sobrino ha vuelto derramar el aceite por el suelo de la cocina; o de que la compañera de trabajo de mi hermana se acaba de divorciar, mientras hago la cola en la panadería... El otro día me contaba una amiga soltera que cada vez que habla con su hermana, madre de familia numerosa, le insiste en el agotamiento. “¿Por qué siempre me dice que está agotada? ¿Por qué no me cuenta otra cosa?” Pues porque está claro que con las hermanas, las madres y las mejores amigas nos desahogamos. Y les lloramos, en sentido literal o figurado, sobre nuestras cuitas y sus consecuencias, que no son otras que ese agotamiento que nos acompaña desde el momento en el que el test de embarazo nos muestra, sentadas en el borde de la bañera, dos rayas bien marcadas. Ya no hay vuelta atrás. ¡Prepárate! El agotamiento ha llegado a tu vida para no abandonarte en años. O, quizá, nunca. Mucho se habla sobre los logros y avances de las mujeres en el último siglo y medio. Pero poco sobre cómo todas estas maravillosas conquistas nos roban la salud. Física y mental. Seas hombre o mujer, tengas hijos o no, te deseo mañana un feliz día. ¿O aún hay pocos logros que celebrar los 8 de marzo? ¿Y más que manifestaciones necesitaríamos que el jacuzzi y los masajes entraran en la Seguridad Social por prescripción médica?

Mi hermana se pasa a los ‘wasaps’ de texto y enumera las travesuras de su chiquitín de ese día. Y juro por mis hijos que lo voy a contar ahora es verdad. Aunque no lo parezca. Porque, ya se sabe, la realidad supera siempre a la ficción. Copio textualmente. “Estoy a punto del ataque de ira incontrolada. Así que me he escondido con el móvil, haciéndome la loca, mientras todos saltan en el sofá. Antes de soltar algún azote en un culo que me haga sentir como el ídem, voy a recapitular las trastadas del pequeño, a ver si así me hacen hasta gracia porque ahora solo quiero matarlo”. Leo perpleja y al mismo tiempo curiosa por saber qué ha pasado. “1. Ha tirado el paquete de galletas y las ha pisoteado todas. Mientras yo ponía el lavavajillas, ha pintado con rotulador permanente rojo el sofá”, sonrío aunque doy gracias de que no me haya pasado a mí. “2. En la biblioteca, mientras devolvía unos libros, se ha escapado y lo he encontrado dos pisos más arriba saltando de aquí para allí”, mi sonrisa ya se torna carcajada imaginando al pequeño diablillo como un saltimbanqui entre cuentos infantiles. “3. Por la calle, mientras él montaba en patinete, he tenido varios microinfartos, porque parece que juega a atropellar abuelitas”, me río tan alto que mis hijos vienen a averiguar qué me pasa. “4. Llenando la bañera, he salido un momento para ayudar a los otros a recoger la habitación y, al volver, había rollos de papel higiénico, mi cepillo de dientes y varios botes de champú flotando en el agua”, no puedo más de la risa y ya lloro con lágrimas y todo, al leerle a mi hijo pequeño el mensaje con las andanzas de su primo. Mi chiquitín se parte de risa y me pide que se lo lea de nuevo. “¡Otra vez, mami!”, suplica.

El ‘wasap’ es largo y la enumeración alcanza hasta el diez. Pero este botón sirve para la muestra. A ver, entiendo que hace gracia leerlo, ¿verdad? Y que son historias que luego siempre se cuentan en la familia, como cuando mi hijo mediano, que entonces era el pequeño, acababa de cumplir 4 años y entró, orgulloso, en el salón de casa de mis padres para enseñarnos cómo se había cortado el flequillo de su pelo a lo cazo. Ahora sonrío al recordarlo. Pero entonces lo hubiera matado. Y los abuelos y los tíos aún recuerdan los gritos que le regalé.

Pienso ahora en cómo hemos evolucionando las mujeres, en general, y las madres, en particular, en el último siglo. Es más, en las últimas décadas. En cómo antes no se podía trabajar ni retirar dinero de la cuenta del banco sin el permiso del padre, de solteras, o del marido, después. En cómo muchas mujeres, que ocultaban un rosario de moratones debajo del maquillaje como si tal cosa y cuya vida era un auténtico infierno, no podía divorciarse. Es más, si osaban marcharse de casa porque no querían morir después de una paliza o de un estrangulamiento, su marido les quitaba a los hijos. Y ellas se quedaban solas, sin dinero, sin casa, sin futuro. La dignidad, quizá pensaban, ya era lo de menos.

Estos días estoy simultaneando dos series de Netflix, ‘Anne with an ‘E’ (una nueva versión de ‘Ana de las tejas verdes’) y ‘Las chicas del cable’. A este paso me van a tener que pagar comisión por la publicidad que les hago... Pero, al margen de las tramas, los amoríos y los amantes, que no pueden faltar, los temas que abordan me resultan interesantes para ver cómo hemos evolucionando. En ‘Anne with en ‘E’ se habla del sufragio femenino, del derecho de las mujeres a estudiar en la universidad y de decidir por sí mismas al margen del matrimonio y los convencionalismos sociales. ‘Las chicas del cable’, esas telefonista con sus melenas cortas años veinte y su fumar sofisticado con boquillas de nácar, sufren los malos tratos de sus maridos adúlteros y alcohólicos que no les permiten trabajar y que las obligan a quedarse en casa para cuidar de los hijos que es, aseguran, “donde deben estar”. Pero de todos estos asuntos me quedo con uno que, quizá en la trama sea menor, pero que me encanta: el ‘Club de las madres progresistas’ en Avonlea, esa comunidad de granjeros en la isla canadiense del Príncipe Eduardo. En esas reuniones, alrededor de una taza de té y un bizcocho con mermelada de frambuesa, las madres de niñas bordan mientras debaten sobre el futuro de sus mujercitas. No sé qué habremos hecho mal en estos últimos 121 años pero, desde luego, no se las ve ni la mitad de agotadas que a nosotras. Corriendo por la biblioteca en busca de un bebé escapista o rescatando el cepillo de dientes de la bañera. ¡Qué va! Aquellas madres progresistas debatían tan tranquilas sobre el sufragio femenino o su último embarazo, aguja en mano. Sin que nada les perturbase. Sin que nadie les agotara. Voy a coger ahora mismo el móvil y a compartir con mi hermana esta reflexión. Quizá ella tenga alguna respuesta.

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