“Con el rostro pegado a la calzada pienso que mi atropello no se parece al último que leí en Twitter”

Actualizado el 07/02/2021 a las 22:38
Con el rostro pegado a la calzada pienso que este atropello no se parece al último que leí en Twitter. Una víctima a quien nadie atendió tras un accidente lamentaba la insolidaridad colectiva. Acabo de ser arrollado con la bici al atravesar un paso de cebra en Fuente del Hierro y un instante después un hombre de unos 30 años se presenta como sanitario y se apresura a atenderme. Pregunta si me he golpeado la cabeza. Estoy aturdido. Todavía no lo sé. Circulaba por el campus de la Universidad de Navarra camino del trabajo cuando un coche blanco se me ha precipitado encima. Necesito unos segundos para chequear mi estado. Me noto magullado pero nada en la cabeza.
-“No se mueva”, ordena el sanitario que trata de averiguar la gravedad del impacto encajado. “¿Dónde le duele? ¿Recuerda su nombre? ¿Apellido? ¿Qué día de la semana es hoy? ¿De qué mes?” Respondo al test que me propone. Mientras cuento que me he golpeado en la cadera y en uno de los hombros, una chica, -no tendrá 20 años-, se ofrece a ayudar. Es estudiante y le ha pillado camino de la facultad. Con la cara apoyada en el paso de cebra mi paisaje nunca fue tan a ras de suelo: fondo rojo para destacar el paso de peatones que el conductor no vio, rayas gruesas blancas y un mar de pies. Todos quieren ayudar. Entre ellos se asoma el rostro de quien se confiesa conductor del coche que me ha atropellado.
-“Perdón, perdón, perdón”, repite afectado. Se le nota agitado. “Toda la culpa ha sido mía. No le he visto cruzar, perdón, estoy a tu disposición...” Mientras esto ocurre el sanitario samaritano ha llamado al 112. Me dice que la operadora quiere hablar conmigo. Lo hace amablemente y decide enviar una ambulancia que llega en menos de diez minutos. No lo hubiera imaginado tan rápido. Menos, en los tiempos en los que el Covid parece absorber los esfuerzos de la asistencia médica. Al mismo tiempo llega también una patrulla de la Policía Municipal. Creo que no había sido tan protagonista de nada desde mi primera comunión. Un enfermero me explora en el interior de la ambulancia y sugiere que sería bueno hacer radiografías en el hospital. Un agente completa mis datos y me dice que por la bicicleta no me preocupe, que la deje en sus manos. Ellos pueden trasladarla al depósito. La estudiante y el sanitario que me atendieron en los primeros momentos se despiden. Lo mismo hace el conductor del coche que me arrolló y me anuncia que me llamará entrada la tarde para saber de mi evolución.
La ambulancia se encamina calle arriba rumbo a las Urgencias del Complejo Hospitalario. Me ayudan a descender en silla de ruedas y me introducen en una sala de espera. Llegar con la etiqueta de atropellado abre puertas, incluso las de Urgencias. Me atiende una doctora que pregunta por las circunstancias del accidente y me examina concienzudamente la cadera, el hombro, la clavícula…, Había leído que en tiempos de coronavirus los médicos rehuían a los pacientes. Que la asistencia por teléfono se había disparado y había escuchado a enfermos quejosos porque la pandemia les impide visitar con regularidad a su médico como antes. Tranquiliza que cuando un atropello te sobresalta hay equipos de emergencias que convierten en rutina profesional un percance que puede ser relevante. Compruebo que, en medio de la crisis y la precaución colectiva que vivimos, hay gente que te asiste con buena disposición. Voluntarios improvisados que retrasan su entrada al trabajo si la ocasión lo exige, estudiantes que se preocupan sin conocerte. ¡Ah y conductores que atropellan que se detienen a atender al herido y le llaman para hacer seguimiento de su evolución! Ocurre que en la prensa y en las redes solo salen los que se fugan. Que la insolidaridad y el mal funcionamiento son muchas veces el hilo para tejer las noticias. No lo es un conductor que arrolla a un ciclista y se preocupa por él. O un servicio de emergencia que acude en unos pocos minutos al lugar del siniestro. Informativamente son hechos triviales. Simplezas de humanidad que no interesan pero nos salvan.