¿Un año de mierda?
Opinión de José Murugarren

Actualizado el 27/12/2020 a las 06:00
La frase acuñada en la calle para este tiempo difícil es que ha sido un año de mierda. Los memes que se difunden por whastapp y redes sociales extienden la tesis. El año de la Covid ha arruinado nuestra forma de vivir, sostienen. Ha sido trágico para muchas familias. Innegable. Casi mil personas han muerto en Navarra, 70.000 en España, un millón en el mundo y el sensor de estrés de los sanitarios en los hospitales ha estado a punto de saltar por los aires en muchos momentos. Todavía registra altibajos relevantes. Cuando nos interrogamos, ¿cuál es el balance?, necesitamos saber porqué se produjeron las restricciones, el confinamiento, los problemas de salud pero también cómo lo hemos vivido.
Si creo como dicen, que ha sido un año de mierda significa que incardino mi experiencia en la sensación colectiva de decepción . Hacerlo puede ser objetivable. Razones para justificarlo no faltan a muchísimas personas. Respondo que el año ha sido malo porque he enfermado, he perdido el trabajo o los ingresos, porque sufrí un ERTE durante meses, porque lo he vivido en soledad sin encuentros ni abrazos con los míos. Esta es la interpretación que explica la contundencia de la frase. Sin embargo, ha habido personas que han aprovechado el confinamiento para crear, para escribir, ganar premios de teatro al amparo de un tiempo especial que garantizaba como nunca el aislamiento. Por primera vez en la historia se nos instaba colectivamente a quedarnos en casa y la socialización, con tan buena prensa en nuestra manera de entender la vida, se veía con malos ojos. A lo largo de estos meses ha habido expertos que han sostenido que se ha recuperado el valor del encuentro interpersonal. No el de cuadrilla amplio y masificado, sino el vis a vis. La cita cercana entre dos personas. Hemos descubierto el placer de lentificar las rutinas; nosotros que tan acostumbrados estamos a funcionar a mil por hora de lunes a viernes y a llegar al sábado a la velocidad de un Fórmula Uno , hemos decidido frenar por las circunstancias. Hemos restaurado la importancia de lo pequeño: reuniones cortas, grupo reducido, salidas breves, una Navidad más íntima en la que de verdad echamos de menos en lugar de echar de más. En una sociedad tan volcada en el encuentro en la calle, encantada de vivir siempre fuera, hemos redescubierto la casa, la lectura, la posibilidad de que los hijos lleguen antes, siquiera porque el toque de queda les deja sin otras opciones. O la solidaridad con los vulnerables. La ‘nueva normalidad’ nos ha revelado que ordenar el armario o el trastero es una alternativa de ocio y ha permitido equilibrar el trabajo doméstico entre hombres y mujeres ahora que todos pasamos tanto tiempo en el hogar. Ha sido un año distinto. Vivido con muchas incertidumbres porque la inquietud se estimula siempre que se tambalea lo que conocemos. Se ha producido una tragedia en los hospitales, en las residencias. En otra escala, también en sectores de la economía golpeados por la pandemia. Pero mientras esto ocurría arrancaba una revolución en nuestra manera de relacionarnos, de entender a los mayores, de asumir el trabajo, el tiempo, el ocio. Es la otra cara. Como si ambas formaran parte de una moneda y al unísono tuvieran que salir a la escena de un teatro. Ha sido un año duro pero ha habido experiencias renovadoras que solo se producen cuando las circunstancias aprietan.