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Sumar víctimas

Opinión de Joseba Eceolaza

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Joseba Eceolaza.
DN
  • Joseba Eceolaza
Actualizada 21/11/2020 a las 06:00

Desde muchos ámbitos la violencia nos la venden como algo épico, llena de héroes y gestas, gente entregada y causas fabulosas, pero la violencia es sobre todo un trauma. Dice Thomas Mann que solo los detalles son interesantes. Tal vez eso sea exagerado, pero conocer las vivencias concretas que han padecido las víctimas del terrorismo es un ejercicio necesario que conmueve hasta rompernos. En el terremoto de la violencia la réplica dura tanto como la vida de la gente que la padeció.

Por eso, profundizar de verdad en el daño que la violencia de ETA nos causó no permite atajos, porque si lo planteamos como una carrera para salvar nuestro pasado particular y político, volveremos a dejar otra vez causas abiertas, y es lo que menos necesitamos. Este es un ejercicio más humano que político, hasta que las personas que ejercieron la violencia o la defendieron no entiendan esto, habrá más pugna que ética y eso aplaza las tareas que necesitamos abordar.

El proceso de reparación de heridas, obviamente, nunca es lineal. Roberto Lertxundi decía que “el resultado de ETA es tan pobre que lo único que ha conseguido es llenar cárceles y cementerios”. Reconocer esto es tan duro para quienes estuvieron en el mismo tren de ETA que las resistencias a mirarse en el espejo, en realidad, son parte del proceso.

Sin duda, el olvido puede aparecer de muchas formas. Pero una de las formas más peligrosas es la que pone en marcha distintos relatos para que unos neutralicen a otros. Encarar la memoria con una calculadora para sumar víctimas no es hacer memoria, es tratar de consolidar el paradigma del empate.

La superación del trauma de la violencia no se basa en la imagen de un marcador que suma víctimas en nuestra contra o a nuestro favor, es sobre todo la necesidad de desmontar las ideas que hicieron posible esa barbaridad que es pegarle un tiro en la nuca a alguien por sus ideas o su profesión. El deber de reparar, proteger y apoyar a las víctimas del terrorismo de Estado no puede convertirse en un pretexto para no afrontar una autocrítica sanadora por quienes apoyaron de forma convencida, continua y decidida el asesinato político. Decir esto no supone tratar a estas víctimas de forma secundaria, ni establecer categorías de reparación distintas, ni negarles el derecho a la reparación y al esclarecimiento.

De hecho, contar las cosas con un sesgo subjetivo que no aguanta un mínimo contraste también es un modo de olvido. Romper el marco conceptual que define a la víctima, ensancharlo de forma ilimitada y caprichosa no es recordar, es cuadrar la visión del pasado al momento en el que hay que hacer balance de lo provocado. Hay listados que, por ejemplo, contabilizan como víctima a una persona que murió de un infarto en la cárcel o a otro hombre que murió de un derrame meses después de que su hijo fuera detenido. Y sin duda hay muertes que nunca deberían haber sucedido, hay ausencias que duelen, pero eso no les convierte en víctimas.

Por eso nos tenemos que rebelar ante quienes en la aritmética de este relato nos proponen un empate ruinoso: 1936, más ETA, más violencia policial igual a cero. Como si la violencia fuera algo inevitable y la consecuencia de una respuesta legítima, necesaria y obligada. Como si las víctimas se compensaran, como si nos consolara saber que hubo crueldad en los otros, como si una muerte justificara otra, como si esto hubiera sido una guerra permanente en la que todo el mundo mató, como si todos y todas tuviéramos algo que ver en la violencia.

Porque aquí, sencillamente, no han existido violencias cruzadas, ni dos ejércitos legítimos que se han enfrentado, ni mucho menos un enfrentamiento entre dos pueblos, ni tampoco una responsabilidad diluida en que “todos sufrimos”. Las responsabilidades no son iguales y no todos elegimos ejercer o defender la violencia.

El filosofo Alemán Rüdiger Safranski, pensando sobre la verdad que estamos dispuestos a soportar dice que “hay que estar preparados para toparse con determinados abismos”, Mercedes Monmany en “Ya sabes que volveré” tira de este hilo y plantea con audacia que tenemos que abordar esos abismos sin filtros “abismos no suavizados de antemano con tranquilizadoras y ocultas premisas preestablecidas, con estratagemas ideológicas o incluso con coartadas de tipo sentimental”, y Josu Elespe concluye que “la convivencia plena requiere enfrentarse a la realidad de lo que hicieron”.

El deber de memoria, la necesidad de convivir, implica necesariamente la honestidad de reconocer los hechos tal y como fueron. Habrá diferentes formas de ver nuestro pasado, pero al menos tengamos la decencia de contarnos la verdad. La memoria exige rigor, no inflación, hasta entonces es como si algo de ese tacticismo que nos persiguió estuviera presente: la vida y la muerte usadas para evitar asumir responsabilidades.


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