Cuidados paliativos: el arte de cuidar

Cada paciente es único, la misma enfermedad, el mismo síntoma, el mismo efecto secundario es distinto en cada persona y en cada momento de su vida

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Rocío Rojí

Actualizado el 10/10/2020 a las 06:00

Un cambio social está en camino, se siente el renacer de la sabiduría popular de acompañar y cuidar al que sufre. En un futuro no muy lejano aceptaremos mejor que nos ayuden cuando no podemos más, sin sentimiento de culpa ni de carga. Ayudaremos a los que hacen este camino de entrega y reconoceremos sus necesidades. Les dotaremos de los recursos necesarios, de tiempo, de apoyo y de comprensión.

Esta visión que puede parecer clásica, es en realidad moderna y novedosa, porque ahora tenemos más avances médicos y sociales para paliar el sufrimiento, pero no siempre fue así: Érase una vez un médico joven que después de mucho estudiar empezó a atender pacientes. Cuando se fue acercando al sufrimiento los libros se le quedaron cortos. Intentó recordar si en algún momento le habían enseñado algún algoritmo o fórmula mágica durante la carrera. Algo encontró, pero no era suficiente para callar esa vocecita que le susurraba en su interior “algo más se puede hacer”. Decidió acercarse al paciente y ver si entendía mejor qué le pasaba.

Las personas enfermas se enfrentan a problemas físicos muy variados para los que el médico intenta sacar todas sus armas. Pero esto no es una batalla, es un arte. Lo primero que sorprende es que cada paciente es único, la misma enfermedad, el mismo síntoma, el mismo efecto secundario es distinto en cada persona y en cada momento de su vida. Cuando nos acercamos al paciente intentamos contemplar toda su persona, nos hace falta conocer un poco de su biografía, y descubrimos que suele abrir agradecida una ventanita y nos muestra más de lo que dicen los informes. Además, a su alrededor hay otras personas, que también sufren. Se dio cuenta de que, si no estaba atento, podían pasarle desapercibidas y procuró prestarles atención, y así es, hizo de las familias un aliado en su misión.

El joven médico se dio cuenta de que esta manera de cuidar le hacía mejor, era capaz de captar las necesidades de cada paciente de forma integral y única. Los conocimientos técnicos le ayudaron a ser más efectivo en el manejo de lo físico, y adquirió otras habilidades que aliviaban al enfermo de forma decisiva, no solo como algo complementario. Con su presencia podía aportar al paciente confianza, seguridad y a veces amistad. Algunas dolencias se curaban sin fármacos y muchas conversaciones resultaron ser terapéuticas. Las miradas se convirtieron en canal de comunicación y se llenaban de significado y matices.

Pero pronto se dio cuenta de que esta implicación le llevaba a abrirse con la misma generosidad en dirección al doliente. Que sus herramientas eran con frecuencia lecciones que había aprendido de otros pacientes. Y que cerca del sufrimiento sufría él también. Es aquí donde hubo que tomar decisiones trascendentales, acompañar al que sufre no era tarea fácil. Se dio cuenta entonces de que sólo no podía, le faltaban emociones, antenas y manos. Necesitaba más como él que compartieran esta visión de la medicina. Encontró otros médicos, pero sobre todo enfermeras, que llevaban tiempo entrenándose para cuidar al que sufre de esta manera especial. Poco a poco fueron compartiendo conocimientos y poniendo en marcha nuevos estudios para responder a las preguntas que aún no tenían respuesta, siempre con el paciente en el centro. Al equipo se unieron trabajadores sociales, auxiliares, psicólogos, fisioterapeutas y voluntarios. Y vieron que el efecto único que tenía en los pacientes se potenciaba y se volvía imprescindible.

Cada paciente atendido era una fuente de inspiración, cada forma de enfrentarse a las dificultades, cada síntoma rebelde, cada enfermedad progresiva implicaban más terreno que sembrar. Gracias a los pacientes aprendían qué hacía falta y qué caminos eran correctos. Decidieron que los estudiantes y los colegas de otras especialidades tenían que saber lo que habían descubierto, los avances científicos en el control de síntomas y el poder de este tipo de atención personalizada, holística, científica, rehabilitadora, cercana y auténtica. Y enseñaron por todo el mundo lo que habían aprendido.

Este médico joven, que se fue haciendo mayor, pensó que aun podía ir más allá. La sociedad entera podría participar de esta nueva visión. Hablar del sufrimiento acogiendo al enfermo, apoyar a las familias y cuidadores, dotar a los centros asistenciales del personal y recursos necesarios, muchas ideas retumbaban en su día a día.

Esta podría ser la historia de cualquier profesional de cuidados paliativos, fueron brotando entre los profesionales sanitarios de distintos ámbitos y se extienden por los rincones donde hay personas que sufren. La vocación y decisión de muchos han permitido que hoy se enseñe en las universidades. La atención más apropiada y avanzada es un derecho de los pacientes y un deber de los profesionales. La implicación de la sociedad está en marcha, todos podemos participar.


Rocío Rojí. Médico de Cuidados Paliativos PALIAN, Sociedad Navarra de Cuidados Paliativos

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