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Turismo y respeto

Juan Ramón Corpas Mauleón.

Juan Ramón Corpas Mauleón.

DN
22/05/2020 a las 06:00
  • Juan Ramón Corpas Mauleón
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Corrían los últimos años de la primera década de este siglo y España se engolfaba en una larga y dolorosa crisis económica que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero intentaba enmascarar con éxito decreciente. En una reunión ordinaria del Consejo Español de Turismo, el entonces ministro -si la memoria no me engaña, Miguel Sebastián Gascón- aventuró una crítica al sector turístico al que reprochó no haber aprovechado los años de bonanza para hacer mayores inversiones en modernizar la planta hotelera y transformar ciertos destinos maduros (que, en jerga ministerial, venía a significar decadentes, o decaídos) en un conjunto más selecto y atractivo, es decir, más caro y con mayor valor añadido.
Pidió la palabra uno de los asistentes, veterano empresario, que, de forma cortés pero firme, expuso la evolución, modernización, inversiones y transformaciones del área turística en nuestro país desde la fecha de nacimiento del ministro -1957- hasta el momento. Habló de la España depauperada de los años 50 del siglo pasado, de la desocupación, la falta de especialistas, los salarios mezquinos, la emigración, la pobreza… Informó a los presentes de los esfuerzos para atraer visitantes a unas tierras con estructuras deficientes, cuando no calamitosas, faltas de prestigio ante buena parte de la opinión internacional, y con notables inconvenientes para divulgar sus atractivos en el exterior.
Sin duda el ministro sabe -indicó al titular del ramo- que en tanto el resto de sus compañeros de gobierno ocupan un lugar secundario en las reuniones internacionales, usted se sienta hoy entre los tres primeros del turismo mundial. Y le recordó cómo todo esto se había conseguido durante la vida del entonces titular del ministerio de Industria Comercio y Turismo con el empuje de los arriesgados emprendedores que, en un tiempo de enormes dificultades para conseguir créditos y atraer inversiones, y teniendo como punto de partida poco más que algunos humildes botijos, modestos sombrajos, y dóciles borriquillos habían comenzado con decisión, paciencia y esperanza a levantar el pujante sector del turismo español. Sin colaboración institucional, sin apoyos, sin subvenciones.
El respetuoso silencio que siguió a su intervención fue testimonio evidente del efecto de sus palabras.
El turismo es, ha sido y debe seguir siendo un don. Nos abre los ojos a otros mundos, y abre los ojos de otras gentes al nuestro. Nos hace libres, observadores, perspicaces, comprensivos, tolerantes, curiosos. Nos enriquece y nos mejora. Que ya dejó escrito don Miguel de Cervantes que “el andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”.
Quien observe el extraordinario servicio que el sector turístico navarro aporta a nuestra sociedad puede dar fe de ello. Desde el establecimiento de lujo al hotelito lugareño, camping, apartamento o casa rural; del restaurante más distinguido hasta el pequeño bar de pueblo, de barrio, de carretera; de las agencias de viaje a los gestores del patrimonio cultural o natural, empresas, guías; lo mismo los que reciben que los que informan y enseñan, los que cocinan, sirven o limpian, y tantos más. Ahí está la riqueza con la que contribuyen al erario público, la creación de puestos de trabajo directos e indirectos, el sostenimiento del transporte, la artesanía, el comercio…, el consumo, en definitiva. Un ministro de consumo debiera de saber algo de esto.
Y no puedo ni quiero detenerme solo en lo material. Porque no puede tasarse el deleite y la ventura que nos regalan a todos sus clientes, usuarios, amigos. No sin razón, alguien llamó al turismo el negocio de la felicidad.
En estos días en los que este área tan importante para nuestra economía y nuestro bienestar vive sus perores momentos, bien merece la ayuda de los gobiernos y las instituciones públicas. Y, por supuesto, ahora y siempre, el respeto de todos. Incluidos los ministros .


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