Amabilidad

Actualizado el 01/05/2020 a las 19:08
No es cuestionable que cada ser humano, desde su concepción hasta la muerte, lleve consigo una mochila genética cargada, no sólo de un sin fin de detalles físicos y bioquímicos que determinarán, con una cuota participativa, los estados de salud a lo largo de la vida, sino también una carga emocional que incluye diferentes aspectos del carácter, la inteligencia y virtudes como la voluntad, la generosidad, la bondad y, por supuesto, la amabilidad. Pero todo este regalo de la vida, impreso en el espectro genético recibido de nuestros antepasados, es el que es, y poco o nada podemos hacer para cambiarlo. Sin embargo, sí es verdad, que algunos de estos factores emocionales son susceptibles de potenciarlos y enriquecerlos, para integrarlos o adaptarlos a la sociedad en que vivimos y a las reglas de convivencia que nos hemos dado, según las distintas culturas. Y esto se consigue fomentando desde la infancia, la educación en esfuerzos y valores, algo muy demandado por la sociedad, dada la importante trascendencia que tendrán en nuestro devenir. Asistimos a una queja generalizada de que todavía estamos lejos de alcanzar esta óptima situación educativa, pero estoy seguro, que seguirá siendo una de las grandes preocupaciones de nuestro sistema educacional.
La amabilidad, o cualidad de ser amado, por adaptarnos más a su etimología, no es una excepción. Nacemos con una dosis de amabilidad, sin duda, pero es en el seno familiar y en el colegio, donde se forja esta importante virtud. Una mayoría de la población, entre la que me incluía, entiende la amabilidad como algo relacionado, sobre todo, con los gestos y las maneras. Cuando demandamos información de cualquier tipo, o cuando nos la demandan; cuando cedemos el paso a los mayores, o en las relaciones comerciales, o en la consulta médica, siempre nos retiramos dando las gracias, con la coletilla de qué “persona tan amable”; nos vamos felices, sonrientes y agradecidos por el buen trato, pero también se queda muy feliz la persona que nos ha ayudado en el trance. Siempre es un binomio contagioso, tanto para el que da como el que recibe, y entre más se practican estos modos amables, más se arraigan en nuestra diaria convivencia.
Pero la amabilidad es algo más que estas acciones gestuales. Desde hace muchos años, dedico gran parte de mi tiempo a labores de cooperación internacional en países africanos y suramericanos. Y es en estos lugares donde he vivido tremendas experiencias que me han hecho tener una visión diferente sobre la amabilidad que la que tenía hasta entonces. Esto viene a corroborar el hecho de que nunca es tarde para cambiar algunas cosas de tu forma de vivir y arrepentirte de otras, siempre y cuando, todo vaya encaminado a la búsqueda de un espíritu tranquilo y sereno, en definitiva, hacia una mayor cota de felicidad. Durante estas estancias, he conocido y tratado a muchas personas rebosantes de solidaridad, generosidad y altruismo, trabajando durante toda una vida en unas condiciones de carencia de medios infinita y sin pedir nada a cambio; sobre todo, religiosas y misioneros. Y me ha llamado mucho la atención, el alto grado de felicidad que expresan; siempre sonrientes, alegres y contentas, a pesar de toda la pobreza, las calamidades y la desesperanza que les rodea. Nuestra relación es ya de franca amistad, y ante la pregunta de como es posible mantener este tipo de vida durante tantos años, la respuesta fue contundente: buena convivencia y mucha amabilidad. Pues bien, siguiendo el principio de que siempre es más fácil practicar lo que se conoce bien, leí algunos textos sobre la amabilidad, una virtud totalmente inmersa en el humanismo cristiano, como se puede comprobar en los muchos pasajes bíblicos en los que se mencionan acciones amables pero que, por supuesto, es trasladable a la vida en general, independientemente de los credos religiosos; fue así, como empecé a entender el verdadero significado de esta virtud. Por tanto, la amabilidad es también, aparte de los gestos, darse a los demás, compartir, controlar el egoísmo, la envidia, los juicios negativos y, todo ello, llevado a cabo con buen carácter, humor y espontaneidad. Esto es lo que se conoce como la amabilidad genuina, la que nace sin esfuerzo, muy diferente de la impostura, la hipocresía y las actitudes calculadas que, en ocasiones, observamos en el comportamiento de algunas personas. Decía Mark Twain : “ La amabilidad es un lenguaje que el sordo puede oír y el ciego puede ver”; es decir, un lenguaje absolutamente universal, sin distinción de sexo, raza, cultura o condición social.
Es una evidencia que la amabilidad debería estar más presente en la familia, en los grupos sociales, en el trabajo, en las relaciones de amistad, en el amor; de aquí surgen siempre sentimientos positivos de paz, progreso y felicidad, en beneficio de los desvalidos, de la equidad y la justicia social. La práctica de la amabilidad es barata y sus beneficios son inconmensurables para hacer un mundo mejor y más convivencial.
Vivimos un periodo difícil e impactante con esta epidemia que nos asola. Las consecuencias que pueden derivarse de la misma son, ahora mismo, impredecibles y el tsunami social y económico que se avecina, según las previsiones de los expertos, puede tener consecuencias catastróficas. Durante todo este largo periodo, hemos asistido a un comportamiento poblacional muy responsable y donde la amabilidad ha desempeñado un papel importante. Será difícil una buena salida de la crisis, si aparte de las grandes medidas socioeconómicas, no se pone en valor el sentido del reparto, el compromiso, el apoyo moral y el perdón, también como gesto de amabilidad; todo en conjunto, mitigará mejor los efectos de la misma y minimizará sus secuelas. Y termino, con algo de esperanza y poesía: Ser amable hace el camino recto, sin orillas torcidas, sin precipicios. Ser amable es transmitir cordura, bondad infinita, amor sincero. Ser amable es mirar a los ojos y mantener la mirada con ternura. Ser amable es sonreír, conversar, compartir la magia de las palabras, colmando de felicidad y dulzura, los rincones recónditos del alma.
Leoncio Bento Bravo Gerontolescente médico en activo