Dos lecciones que sacar de este confinamiento
Estaríamos actuando como necios si no intentáramos sacar lecciones acerca de lo vivido y no nos preparáramos para nuevas oleadas de la pandemia

Actualizado el 25/04/2020 a las 06:00
Sin duda, es debatible y, seguramente, imposible de solventar la cuestión de si otro gobierno lo habría hecho igual, mejor o peor. Al fin y al cabo, tanto la ineptitud como el talento no son patrimonio de ninguna sigla ni ideología. Pero solo quienes estén empeñados en mirar a la realidad a través del color de su cristal político podrán negar la torpísima gestión del gobierno de España ante la situación generada por la pandemia. Por fortuna, por muchos nombres que todavía haya que incluir en los listados de fallecidos, por mucha crisis económica que nos quede por delante y muchas incomodidades a las que vayamos a tener que acostumbrarnos, todo indica que, por fin, estamos viendo la luz al final del túnel.
Pero aunque no le venga mal a nuestro estado de ánimo alegrarse al anticipar el “día después”, estaríamos actuando, no ya como ilusos, sino como necios, si no intentáramos sacar lecciones acerca de lo vivido y no nos preparáramos para nuevas oleadas de la pandemia. Hacerlo puede parecer pesimista. Pero recordemos que un incauto optimismo tiene parte de culpa de lo que nos está pasando. Si gracias a Dios, el destino o quien prefieran, resulta que los planes que elaboremos se quedan para siempre en un cajón, porque nunca más tenemos que pasar por una situación análoga, tanto mejor.
El covid-19 ha provocado una crisis en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida. El sanitario, el económico, el educativo, el cultural… Es cierto que en comparación con los dos primeros, los demás aspectos son secundarios. Pero entre ellos hay uno en el que nos jugamos algo muy importante: el ámbito de las libertades. Desde que empezó el confinamiento, derechos fundamentales, respetados habitualmente incluso en las peores dictaduras, tan cotidianos que ni se nos venía a la cabeza que pudiesen ser restringidos, como el derecho a salir a pasear o a jugar con nuestros hijos, despedirnos de nuestros familiares o comprar donde se nos antoje, se han visto draconianamente cercenados. Entiéndase, no pretendo cuestionar la necesidad de habernos confinado. Las medidas que el gobierno chino había decretado a finales de enero mostraron, a todo aquel que no se negara a ver lo evidente, que la epidemia iba muy en serio y que inevitablemente, nos asustasen más o menos las consecuencias que se derivarían de ello, tendríamos que adoptar medidas similares en Europa.
Ahora bien, el que, a partir del momento en que la epidemia se hallaba desbocada en nuestro país, un estricto confinamiento se hiciese inevitable, es una cosa. Y otra muy distinta el que, de no se haberse insistido en hacer burlas sobre la epidemia que se nos venía encima y haberse actuado con más diligencia, las medidas que por fuerza hubo que tomar luego no hubiesen podido ser más flexibles. Porque, sí, si se hubiese reaccionado a tiempo, habría existido la posibilidad de hilar más fino (permitiendo, por ejemplo, de forma controlada, con las debidas garantías y dependiendo de la localidad, el ocio con niños, la práctica individual de deporte o el acompañamiento a enfermos terminales). Las libertades básicas de las personas, en otras palabras, podrían haberse visto algo menos menoscabadas sin perjuicio de la salud pública. Hay medios tecnológicos de sobra para hacerlo. Asimismo, una cosa muy distinta de dudar de la necesidad del confinamiento es criticar el que hasta la fecha no se haya explicado con claridad a los ciudadanos qué pueden y qué no pueden hacer. ¿Pueden, por ejemplo, ir al comercio al que habitualmente van o tienen que ir forzosamente al más cercano a sus domicilios? Si no encuentran allí los productos que necesitan, ¿pueden trasladarse a otros lugares? ¿Qué compras justifican una salida y cuáles le exponen a recibir una multa? ¿Se puede llevar al perro a pasear a cualquier lugar y por el tiempo que se quiera? ¿Dónde lavar la ropa si se estropea la lavadora?
En la era de la información, después de habérsenos repetido mil milongas sobre la transparencia, en la práctica, una ciudadanía increíblemente madura, comprometida y responsable se ha encontrado perpleja y desorientada acerca del modo en que cumplir con su deber y ayudar a luchar contra la pandemia. Nadie puede decir que se le han explicado bien las medidas ni las razones que las justifican. De hecho, las diversas policías han tenido que interpretar el Estado de alarma y la denostada Ley de Seguridad ciudadana, como dice la vieja expresión, “como Dios les dio a entender”. Hasta tal punto la información ha sido poco clara que nada menos que la directora de la Agencia Española del Medicamento fue multada por regresar a su residencia habitual desde Madrid, donde estaba prestando sus servicios. Personalmente, no creo que mediara la mala fe por ninguna de las partes.
En conclusión, dos sencillas lecciones para prepararnos, en lo que se refiere a las libertades ciudadanas, ante situaciones similares que puedan darse en el futuro: primero, legislar al detalle, con la precisión de un cirujano, para no restringir los derechos de las personas más de lo estrictamente necesario; segundo, comunicar adecuadamente esas restricciones, explicando pormenorizadamente su sentido y asumiendo abiertamente los errores que se hayan podido cometer en el período actual.
Iñaki Iriarte López. Profesor de la EHU/UPV y parlamentario foral de Navarra Suma