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Opinión
OPINIÓN

El paso del tiempo

La historia es testigo de que los periodos de crisis son también oportunidades para detenerse a pensar sobre nuestra actitud ante la vida

Javier Blázquez.
Javier Blázquez.
  • F. Javier Blázquez
Actualizada 10/04/2020 a las 06:00

Desde que nacemos, nuestra vida transcurre entre dos coordenadas inexorables: espacio y tiempo. Necesitamos ambas para desplazarnos, crecer y desarrollarnos. Si el espacio en el que nos movemos es muy amplio, como sucede en el desierto o en alta mar, nos sentimos desorientados al carecer de referencias próximas. Por su parte, la falta de tiempo puede provocarnos la sensación de estrés ante la imposibilidad de llevar a cabo todas las actividades que nos proponemos.

Sin embargo, las situaciones cambian de forma inesperada, y a veces se tornan críticas. Es, entonces, cuando tenemos que convivir en un espacio limitado, además de compartido, y el tiempo se hace eterno. En esas circunstancias, los días parecen no tener fin. Habitualmente, en nuestra vida cotidiana, estamos acostumbrados a llevar un ritmo muy distinto, con frecuencia acelerado, frenético y, día a día, nos sentirnos sobrepasados. De ahí que intentemos justificarnos afirmando: “estoy desbordado” o “el tiempo no me da para más”.

Sin embargo, es preciso reconocer que momentos de crisis ha habido siempre. La historia es testigo de que los periodos de crisis son también oportunidades para detenerse a pensar sobre nuestra actitud ante la vida. Nos permiten reflexionar sobre los principios y valores que presiden nuestros actos, porque “una vida sin examen -afirmaba Kierkegaard- no merece ser vivida”. De ese modo, podremos adoptar medidas diferentes para cambiar de dirección y evitar cometer los mismos errores. También seremos conscientes igualmente de que, además de individuos, somos personas interdependientes y de que la convivencia, tanto familiar como social, requiere pautas y normas de conducta que no podemos obviar.

Además, es precisamente durante las épocas de crisis, “cuando nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Sin crisis no hay desafíos… no hay méritos… La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Y es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno”, defendía convencido Albert Einstein.
No cabe duda de que, mientras vivimos inmersos en medio de una situación crítica como la actual, nuestra mirada permanece centrada en el tiempo presente debido a su intensidad. Nos cuesta mirar más allá y perdemos de vista el horizonte próximo. Mientras tanto, sentimos que el tiempo transcurre más despacio y que no podemos zafarnos de él.

A este respecto, San Agustín afirmaba: “Si nadie me pregunta qué es el tiempo, yo lo sé. No me cabe duda de qué se trata. Pero si me piden que lo explique ya no lo sé”. Algo parecido podríamos afirmar nosotros ahora. Nos sentimos desconcertados y de ahí nuestra perplejidad, mientras permanecemos confinados en nuestras casas.

En este sentido, ante la expresión habitual “nos sobra tiempo” o la mencionada antes “no hay tiempo para más”, la filósofa María Zambrano diría: ¡Qué osados somos al pensar así! El tiempo no nos pertenece. No es nuestro. La naturaleza del tiempo es ajena por completo a nuestra voluntad. El tiempo pasa a su ritmo porque tiene sus propios pasos.

En realidad, cada día tiene su afán y la vida es un quehacer diario. Lo más que podemos hacer es establecer objetivos concretos, ordenar prioridades y dejar de pensar en aquello a lo que no podemos aspirar. Estas son las máximas que seguía el estoicismo a la hora de promover una vida orientada hacia la plenitud.
De hecho, L. A. Séneca, en las Cartas a Lucilio, enseñaba a su discípulo a diferenciar entre lo que es esencial y lo que deviene innecesario para nuestra existencia. Le instaba igualmente a verter su mirada hacia el interior de sí mismo, en lugar de actuar todo el tiempo volcado hacia al exterior, arrastrado por el trajín de las prisas. Ante el dominio ejercido por las pasiones irracionales que nos perturban y arrastran, lo que cuenta -insistía- es dejar de actuar como esclavos y ser dueño de nosotros mismos. El pensador estoico, de origen hispano, reiteraba la importancia de valorar lo que tenemos en lugar de desear aquello que no podemos alcanzar, con el riesgo de perder lo que ya hemos adquirido. Esa es la principal fuente de desdicha y por tanto de infelicidad humana.

Tal vez, cuando termine la crisis del coronavirus, nos esperen tiempos de contención y de menor desbordamiento. Es posible que hayamos aprendido la importancia de vivir de otra forma. De mirar de otro modo. Con menos prisa y superficialidad. Con más autenticidad. A partir de entonces quizá puede servirnos de guía, esa manera, equilibrada, de afrontar la vida que defendían pensadores como Cicerón y la escuela estoica, cuyos principios éticos estuvieron vigentes durante cinco siglos, o como Marco Aurelio cuando advertía: “Recto, no que otros te pongan recto”. Es decir, compórtate con rectitud, de forma autónoma. Con criterio y responsabilidad, sin necesidad de depender de nadie que tenga que llamarte al orden.

F. Javier Blázquez Ruiz. Catedrático de Filosofía del Derecho, UPNA


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