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OPINIÓN

El 'carpe diem' en los tiempos de virus

Efectos en los niños de la epidemia de coronavirus

Avatar del undefined Sonsoles Echavarren12/03/2020
"¿Podremos ir a la 'English Week'?", me pregunta mi hijo mediano, con sus 11 años de ilusión por pasar cinco días en un albergue con sus amigos de clase. "¿Y a las convivencias del curso?", sigue la pregunta el mayor, de 13, que iba a pasar tres jornadas viviendo "como los refugiados". "Entonces, ¿cuándo empezamos la 'cuarentena'? ¡Qué morro los primos de Madrid, que no van al 'cole' ni a la 'guarde'?", continúa el pequeño mientras sigue saltando por el sofá (no sé para qué compré uno bueno, la verdad, ¡qué pena de mueble!) ¿Y yo qué sé? No sé nada. Nadie sabemos nada. Aunque seamos periodistas y nos enteremos de todo rápidamente. Vivimos en un escenario tan cambiante que todo es volátil. Y lo que ahora es blanco, blanquísimo; dentro de dos horas puede ser negro, o más oscuro que la boca del lobo. No habíamos vivido nunca nada igual y en la última semana ya no se habla de otra cosa. Pero no del virus en sí ni de cómo nos afectaría la enfermedad, en el caso, bastante probable, de contagiarnos. Sino de si podremos hacer ese viaje soñado, si vamos a seguir adelante con el congreso que empezamos a organizar hace meses o si, finalmente, tendremos que 'teletrabajar' con los niños pululando por la casa. Y escribir mientras escuchamos cómo centrifuga la lavadora en la cocina. O dejar el párrafo a medias para preparar a los pequeños su comida. Porque, ¡ay! ¡Esa es otra! ¿Quién cree que el trabajo va a ser de la misma calidad en casa roedados de hijos que en la oficina, solo interrumpidos por las conversaciones de los compañeros o la reunión de turno, con café y todo? La vida se ha detenido y resulta extraño. Mientras dejamos que pasen los días y vemos cómo organizarnos, creo que, a pesar de la 'apoteosis zombi' que se cierne sobre nuestros hogares, se abre ante nosotros una gran oporunidad. Y no es ninguna broma. Tenemos la posiblidad de vivir el aquí y el ahora. Como pregonan las tan de moda prácticas de 'mindfulness'. O ya, en la antigüedad, el poeta Horacio al referirse al 'Carpe diem'. A ese exprimir el momento porque la vida es breve y el futuro, incierto. Ya no es una filosofía de la clase de meditación budista o una de esas frases 'inspiradoras' que lees en Facebook por la noche, tirada en el sofá. Qué va. Así que, ¡no te amargues pensando en lo que vas a dejar de hacer y que habías planeado con tanta ilusión! Quizá sea el momento de vivir cada minuto sin hacer planes.
Aunque, filosofías al margen, lo cierto es que nos resulta muy difícil. Casi imposible. Viajes del Imserso anulados, escapadas de fin de semana que se han ido 'al garate' (suerte que, en la mayoría de los casos, se devuelve el dinero), conciertos suspendidos, museos en los que se controla el aforo de público, ciclos de cine con sus coloquios aplazados... Por no hablar de la desazón que produce entrar a un supermercado y ver todos los frigoríficos de las carnes vacíos; y las estanterías de arroz y legumbres, como si hubieran entrado a robar. Que si. Que ya sabemos que por la mañana, se volverán a reponer y no nos vamos a quedar sin comida. Pero impresiona. Por mucho que nos envíemos chistes por 'wasap' de gente comprando con bolsas de plástico en la cabeza y el estante con del brócoli lleno porque nadie lo compra. Al salir la otra tarde del supermercado, me trasaladé con la imaginación a Venezuela y me imaginé cómo sería vivir, en ese caso de verdad, sin papel higiénico, ni compresas, ni jabón de manos... Sin nada de nada.
Pero lo más complejo, sin ninguna duda, son los niños sin colegio ni guarderías, en Madrid, Vitoria y La Rioja. Una orden que no tardará de extenderse a otras comunidades. Mi hermana y mi cuñado, que viven en la capital, andas locos con sus tres retoños, de 6, 3 y 1 año. Los dos pueden teletrabajar. Aunque bueno, de aquellas maneras... "Envíame una foto de cómo estáis ahora mismo en tu casa para ilustrar el artículo", le pido en el gurpo de 'wasap' de la familia. "Pero, favor, que los niños se vistan. Porque en la última que mandaste, que era muy graciosa, la nena iba con el culete al aire", le advierto. "Pues no sé por qué tiene de malo ir en 'culos'. ¡Es la vida misma!" Por suerte, la convenzo y me envía la foto que acompaña este texto. Mi cuñado, con auriculares (no sé si porque necesita escuchar algún audio muy importante que le han enviado en su empresa desde Singapur o porque se evade con los Rolling Stones para no oir a sus hijos); y los tres niños, bastante tranquilos. No me creo yo que ese juego de cartas de los dos mayores dure mucho rato. En mi casa, al menos, se aburren en poco más de cinco minutos. Y comienzan las carreras por el pasillo o los disparos con pistolas Nerf desde detrás de las puertas. Pero, claro, yo no tengo ninguna niña. Es la diferencia.
En el periódico me piden que prepare una serie de reportajes sobre cómo entretener a los niños en casa cuando ya no tengan clase. Pido ayuda en un grupo de 'wasap' de amigos y no me ofrecen mucha, la verdda. "¿No sirve estrangularles?", pregunta una amiga. "Yo propongo acolchar una habitación, como se hacía antes en los manicomios, y encerrarlos ahí a todos", propone mi marido. "¿Y qué te parece salto de altura y con pértiga para el pequeño?", se anima la conversación. En fin, que nadie me resuelve nada. Ya investigaré qué películas se pueden proponer, qué manualidades hacer o qué bizcochos hornear. Además de corregirles la tarde, ¿no? Buf. Eso siempre que no esté en la cama con el coronavirus. Porque en ese caso, solo querré dormir y que nadie me moleste.
Así que, de momento, no sé si mis hijos podrán ir a la 'English Week', a esa convivencias que parecían tan instructiva o si empezaremos pronto la cuarentena. O no. De lo que sí estoy segura es de los otros efectos del coronavirus. ¿Divorcios? ¿Ataques de ansiedad o de pánico? ¿Aumento de las consultas en salud mental? ¿Síndrome postavaciones o 'postviral'? En fin, lo mismo que sucede todos los septiembre después de una larga convivencia en familia durante un mes en verano. Pero, paseo lo que pase, insisto, 'carpe diem'. Aunque sea por 'contención forzosa'.
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