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Xenofobia y política

Jesús María Osés.

Jesús María Osés.

07/03/2020 a las 06:00
  • Jesús María Osés
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La xenofobia se ha extendido a la vez que la población se mueve como nunca antes, y posiblemente es una de las consecuencias de la globalización. Las migraciones no son nuevas: siempre se han producido como una necesidad de los humanos. No parece cierto, por tanto, que seamos sedentarios por naturaleza, sino que hay factores ambientales y de orden social que nos han llevado a huir del lugar donde nacimos para buscar otros en los que vivir mejor. Pero es como si se hubiera pactado entre los países “avanzados y democráticos” la consigna de mantener alejados a los que huyen del hambre, de las guerras y de las persecuciones.

Los movimientos migratorios causan miedo a los habitantes de los países de acogida. Las personas que llegan ni son como “nosotros” -los nacidos aquí y que gozamos de una identidad, sea esto lo que sea-, ni hablan como nosotros, ni tienen los mismos valores. Y, además, reciben muchas ayudas estatales, colapsan los servicios sanitarios, inundan las escuelas y nos quitan los puestos de trabajo. O sea que son un problema para los nativos que se sienten saturados por “los extranjeros, los extraños, los diferentes”. De nada sirve que haya estudios que desmienten todos estos bulos.

Los terrores demográficos son seculares. El descenso de la natalidad y la amplitud de los años de vida han cambiado las pirámides de edad de muchos países de Occidente. Si además tenemos en cuenta la revolución tecnológica que afecta directamente a nuestras vidas, podemos entender algo de lo que está sucediendo. Pero parece que no estamos para análisis rigurosos -que los hay- sino que nos ha sorprendido un activismo desenfrenado que acude a los sentimientos y ha sido aceptado en la política con el objetivo de llegar al poder y mantenerse en él por cualquier medio, incluido el de las falsedades y mentiras.

Hoy proliferan los partidos antiinmigración en Europa y sus planteamientos en este ámbito desbordan los efectos de la crisis económica de 2008, para fijar su interés en factores ideológicos como el tradicional de que los emigrantes suponen un claro disolvente de la identidad nacional de cada país de acogida. Así lo dejó escrito Sabino Arana respecto a “lo vasco”; así lo propone hoy Santiago Abascal en su discurso de expulsión inmediata de los que llegan en pateras a nuestras costas para mantener intacto “lo español”; y así lo desea el Sr. Torra ante tanto español que ha llegado a Cataluña y pretende acabar con “lo catalán”. No deja de ser un tema viejo: los griegos y los romanos llamaban “bárbaros” a quienes vivían más allá de sus fronteras y sostenían que eran un peligro para la supervivencia de sus valores y modo de vida.

Y aunque en la Unión Europea hay voces serenas al respecto, aumentan los países que se oponen a la inmigración. En Alemania, el socialdemócrata Sarrazin ha mostrado por escrito su hostilidad a los inmigrantes. Por otro lado se creía que este país podía liderar Europa porque su pasado había vacunado suficientemente a las siguientes generaciones respecto a las variedades de populismo moderno (Schömberger y Münkler). Por lo que se ve actualmente pecaron de optimismo. En Italia los ejemplos de Berlusconi, Calderoli y Salvini, entre otros, son conocidos por su rechazo frontal al emigrante. Y en Francia está muy claro que Marine Le Pen está al frente de un partido cuyo principal atractivo es la xenofobia (y, sobre todo, la islamofobia).

Es bastante evidente para los estudiosos que la “ciencia” racial no se sostiene. Los avances de la ciencia han destruido todos los mitos y falsas verdades sobre los que la “racialidad” (o sea el supremacismo de unos sobre otros) se levantó en el S. XIX. El ADN es el mismo y compartido no sólo entre los humanos, sino también con otras especies animales. Pero también es evidente -y hoy muy visible- que el miedo racial existe, revestido o al desnudo. Desde luego no es lo mismo xenofobia que racismo, pero a estas alturas parece mentira que no tengamos claro estos aspectos cuando hemos sido -y somos- emigrantes durante los últimos dos siglos.

Pero los migrantes nunca han sido plato de buen gusto -salvo si son ricos y sobreviven sin demasiados contactos con los nativos-. Si no les va bien y no encuentran un trabajo con el que sustentarse y vivir dignamente los llamamos “parásitos” y “chupadores de bienes y servicios”, cuando no “ladrones, violadores y hasta criminales” si la ocasión lo permite. Y si salen adelante por su valía personal o por cualquier otro factor les tenemos envidia y …siempre sospechamos como de los judíos, los chinos, los pakistaníes, etc.

Es preocupante que existan partidos políticos cuyos fundamentos se anclen en el odio y la inquina contra los emigrantes, los extranjeros, en suma: los otros. Y si antes era el asunto racial, ahora es el supremacismo cultural el que prevalece. Y el asunto se vuelve muy problemático por el hecho de que estos partidos están en el poder mediante elecciones democráticas: Polonia, Letonia, Eslovaquia, Lituania, Macedonia… Israel es caso aparte: han fundido el concepto de “judío” (lo religioso) con el de “israelí” (político nacionalista). Como tantas veces ocurre, el nacionalismo prevalece sobre la racionalidad. Todos estos prejuicios xenófobos son lo suficientemente fuertes como para influir en mucha gente de izquierdas. Las vacunas, en este ámbito, no son eficaces. Debería trabajarse el compromiso y la alerta de una ciudadanía comprometida.

Jesús Mª Osés Gorraiz Profesor de Historia del Pensamiento Político en la UPNA


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