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Opinión
OPINIÓN

Despoblación, cuestión de Estado

Foto de Miguel Bujanda.
DN
  • Miguel Bujanda
Actualizada 05/03/2020 a las 06:00

El envejecimiento de nuestros valles y pueblos está directamente relacionado con la despoblación. Ahora bien, debemos distinguir entre “despoblación” y “abandono”. Puede haber pueblos con problemas demográficos, despoblados, pero en los que sus fincas están bien cultivadas, los montes cuidados y las calles arregladas y limpias. Son, pues, pueblos atendidos aunque despoblados, pero no abandonados.

En Navarra llevamos décadas destinando recursos a través de los diferentes planes de inversiones locales para dotar al medio rural de los servicios básicos necesarios. Además, debemos tener en cuenta las inversiones que se han realizado en infraestructuras y equipamientos en el medio rural desde la entrada de España en la Unión Europea gracias a los fondos de desarrollo FEDER y otros programas. Pero es un hecho que, a pesar de esas inversiones, muchas áreas rurales siguen perdiendo población.

La creación de empleo para atender los servicios públicos en el medio rural tampoco es el único remedio contra la despoblación, porque bien sabemos que muchos de esos empleos no han supuesto necesariamente “hacer la vida en el pueblo”. Se vuelve a descansar y dormir a la capital. Lo mismo sucede con propietarios de explotaciones agrícolas o ganaderas: que regresan a la capital a descansar.
¿Entonces qué? Un aspecto clave es apostar por la mejora de la educación y la formación profesional. Toca analizar los recursos y necesidades de cada valle y pueblo para orientar e impartir, por ejemplo, cursos dirigidos a personas adultas que les doten de la cualificación laboral demandada: pastoreo, turismo, mecánica, bodegas, queserías, etc.

Las mujeres también tienen mucho que decir en todo esto porque, a menudo, sienten la doble brecha, la de género y la de la ruralidad, y no consiguen alcanzar la igualdad de oportunidades. La lucha por su visibilidad y por el reconocimiento de las tareas que vienen desarrollando a lo largo de los años es absolutamente necesaria; es evidente que la igualdad entre hombres y mujeres no se ha alcanzado en el sector agrario. Tampoco se ha conseguido la igualdad de oportunidades de las mujeres en el medio rural con respecto de las de las zonas urbanas; esa limitación para nuestro desarrollo ni es justa ni nos la podemos permitir. Por ello, desde Navarra Suma hemos propuesto desarrollar el Estatuto de las Mujeres Rurales de Navarra, en cuya tramitación parlamentaria nos quedamos solos. Hablamos de derechos para la mujer rural. No vale con planes.

Aun reconociendo la incidencia de programas europeos como LEADER en la dinamización de ciertas zonas y sectores de la población rural, la realidad es que apenas tienen una influencia real en el desarrollo de los pueblos y valles, unas veces por su pobre dotación económica y otras, por las rigideces administrativas. O se les da un giro para pasar a la política europea de cohesión y así responder mejor al problema demográfico o su futuro será incierto en un contexto cada vez más restrictivo de recursos para la PAC y de nuevas prioridades medioambientales.

En mi opinión, son más eficaces las políticas públicas destinadas directamente a mejorar la renta de los hogares rurales. Por ejemplo, las ayudas directas de la PAC y las indemnizaciones compensatorias de montaña han contribuido más que las inversiones de los fondos europeos de desarrollo regional a fijar población en el medio rural. Aunque sigamos ahondando en un reparto más justo y en que lleguen siempre al productor real. Las ayudas de la PAC tienen efectos inmediatos en el poder adquisitivo de amplios grupos de la población rural, y eso los induce a permanecer en los pueblos.

El problema de fondo es un cambio de modelo social y radica en el atractivo que sigue teniendo la vida urbana. No es casualidad que sean más las personas que a nivel mundial viven ya en el medio urbano. Más del 80% de la población navarra vive ya en municipios de más de 5.000 habitantes. Invertir esa tendencia es una tarea harto complicada, ya que el problema del declive rural es un proceso de cambios sociales, culturales y económicos que difícilmente los gobiernos pueden detener, aunque sí pueden empezar a mitigar con medidas que eviten el abandono y el deterioro de la calidad de vida de las personas que quieren vivir en el mundo rural.

Por todo ello, la estrategia para afrontar el reto tiene que ir más allá del problema de la despoblación rural y afrontarlo como una cuestión de Estado, ya que tiene implicaciones en el envejecimiento y en la sostenibilidad del sistema de bienestar. Debe ser una estrategia integral y transversal de medio y largo plazo en la que se impliquen todos los agentes sociales, económicos y políticos.

Miguel Bujanda Cirauqui, parlamentario de Navarra Suma y miembro de UPN


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