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Opinión
OPINIÓN

Eutanasia

Javier Marcotegui Ros es ex consejero de Educación y Cultura
Javier Marcotegui
  • Javier Marcotegui
Actualizada 19/02/2020 a las 06:00

Literalmente, buena muerte. Algunos prefieren hablar de muerte digna. Aplicado al ser humano, no son más que eufemismos para enmascarar el verdadero objeto de la acción: provocar la muerte. En unos casos, se trata de sacrificar a quien está afectado de una grave deficiencia intelectiva permanente e irreversible que impide tener conciencia suficiente para ordenar los propios asuntos. En otros, prestar auxilio al suicidio a quien ha perdido la esperanza.

La buena muerte recoge el deseo de alcanzar el trance fatal sin quedar afectado de perturbaciones materiales o espirituales insoportables. ¿Quién se puede oponer a tan amable deseo? La idea de muerte digna, por otra parte, quiere mostrar el rostro más amable del acto más trascendente al que se enfrenta la persona, la pérdida de la vida que le concede dignidad. La dignidad, valor inherente al ser humano, solo se puede predicar del hombre en cuanto ser racional, dotado de libertad y de responsabilidad, tal como dice Castilla de Cortázar. La muerte en modo alguno es digna, solo es el último acto irreversible de quien está vivo. En sí misma es una quimera, tal como dijo Epicuro de Samos: “mientras existo, no existe la muerte; y cuando existe, yo ya no existo”.

Por tanto, sería conveniente abordar el estudio y análisis de la propia muerte, o la de un ser querido, huyendo de todo disimulo, eufemismo, o edulcoramiento sobre la muerte, porque ésta no tiene otro valor que hacernos reflexionar sobre el valor de la vida, en palabras de A. Malraux. Para mejor decidir sobre la muerte conviene encararla sin subterfugios que oculten su verdadero rostro. Los humanos tenemos una gran capacidad de autoengaño. ¿Quién se rasga las vestiduras en estos momentos por los abortos de los fetos que no han cometido más delito que depender de su madre? En el intento de justificación, hemos llegado a negar su condición de persona humana. Sin embargo, nos repugna la muerte intencionada del recién nacido, porque se nos muestra en su radical realidad. No está muy lejano el día en el que con frialdad afirmemos, refiriéndonos a la madre: la semana entrante aplicaremos la eutanasia.

Esto nos conduce directamente a los cuidados paliativos que se proyectan sobre la vida. Previenen y alivian el sufrimiento para alcanzar la mejor calidad posible de vida a quienes padecen enfermedad grave que compromete la vida y facilitar su bienestar y el de sus familias. Antes que llamar a la muerte, es oportuno explorar los caminos que transitan por el valor y sentido de la vida, y obviar los que conducen a la muerte porque, recorridos éstos, no admiten un segundo diagnóstico, ni el recurso a una segunda instancia, ni permiten el arrepentimiento por decisiones coyunturales provocadas quizá por la soledad, el dolor y la desesperanza. El reto de los cuidados paliativos trasciende a los familiares, implican a la sociedad en su conjunto.

No obstante lo anterior, estamos abocados a plantear con rigor la regulación del final de la vida con normas eutanásicas. Somos testigos, cada vez con más frecuencia, de la desconexión radical entre la salud del intelecto de la persona y la de su soporte fisiológico. Ahora bien, la trascendencia de la decisión exige un debate social sosegado y amplio en el que los expertos ilustren al legislador y a la sociedad sobre lo más conveniente. Es preciso responder con fundamento ético y seguridad jurídica cuestiones fundamentales sobre el quién, bajo qué condiciones, cómo, cuándo y con qué garantías se decide sobre la vida.

El mundo clásico ya lo debatía. Hipócrates escribió «no prescribiré una droga mortal para complacer a alguien, ni dar consejos que puedan causar su muerte». Entre tanto, Sócrates tomaba la cicuta. La controversia ha continuado y así, en 1999, el Consejo de Europa ha señalado que “el ser humano está investido de dignidad a lo largo de su vida. El dolor, el sufrimiento o la debilidad no pueden privarlo de ella”. Por eso resulta escandaloso que el Congreso pretenda despenalizar la eutanasia con precipitación, sin debate, sin los informes de los organismos consultivos del Estado, entre ellos el Comité de Bioética.

Javier Marcotegui Ros Exconsejero del Gobierno de Navarra


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