A la felicidad por la transformación digital

Opinión de Guzmán M. Garmendia Pérez, exparlamentario foral

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Guzmán M. Garmendia Pérez

Actualizado el 01/09/2019 a las 18:34

En 1951 los maestros Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem estrenaban su ópera prima ‘Esa pareja feliz’. Una película imprescindible que criticaba de forma magistral el consumismo y los cambios tecnológicos (sic) que se estaban dando en la época. De forma irónica, y enfatizando en fondo y forma, su actor principal, Fernando Fernán Gómez, repetía de forma constante la frase ‘a la felicidad por la electrónica’, tratando de extender por el patio de butacas el menosprecio al avance digital que pudiera darse en aquella época, con una tele inexistente, la radio incrustada en un mueble de madera de considerable tamaño y con una energía eléctrica escasa y no al alcance de todos.

Casi 70 años después, y ahora sí, sumidos en un cambio de paradigma que lo abarca todo, la transformación digital sigue contando con sus fieles negacionistas, una especie cuyo único objetivo es mantener su estatus y confort en un mundo en el que, aunque no lo sepan, empiezan a estar aislados. La diferencia entre la genial crítica de nuestros referentes de la filmografía clásica española a mitad del siglo pasado, y quienes bien entrado el siglo XXI rechazan la realidad tecnológica, es la falta de compromiso. Los primeros entendían, y bien entendido, que estábamos ante un fenómeno consumista, y los segundos, completamente documentados, no terminan de comprender lo trascendente del momento, y no terminan de darse cuenta que su irresponsabilidad les llevará a la desaparición.

La transformación digital está presente en infinidad de ámbitos, por no decir en todos. Está cambiando completamente la forma de comunicarnos, de curarnos, de estudiar, de construir, de trasladarnos y, sobre todo, está modificando los equilibrios de poder. Aquellos que en su día se tomaron en serio la corriente que obligaba a adelantarse a la adaptación de empresas, administración y educación a las exigencias tecnológicas, hoy escalan posiciones en los principales de rankings de bienestar, riqueza y posibilidades de futuro. Esos mismos países y regiones, lo que realmente hicieron fue apostar de forma decidida por la inversión en Investigación y Desarrollo, y es que, no lo olvidemos, el resultado de no invertir en nuevos desarrollos transformacionales siempre es el mismo: obligatoriedad de salir al mercado a adquirir tecnología imprescindible que otros si supieron entender.

Lamentablemente, y dejando claro que la transformación digital y la inversión en I+D están estrechamente ligadas, España, y con ella sus regiones, parece que en llevan entonando con chufla la frase ‘a la felicidad por la transformación digital’, y es que de otra forma no se entiende la dejadez en la inversión en Innovación. En 2017, último año cerrado, y según anuncia el informe Cotec que se acaba de presentar, nuestro país invirtió el 1,20 por ciento del Producto Interior Bruto (PIB) en I+D, muy lejos del 4,3% de Corea, 3,3% de Suecia o 2,9% de Alemania, países que con toda legitimidad se lucran de nuestra dejadez cuando les compramos los coches, los móviles, los televisores o la tecnología que hace funcionar las fábricas y empresas que en nuestro territorio se asientan.

El empleo y la innovación son directamente proporcionales. A mayor inversión en I+D menor tasa de desempleo y mejor adaptación a los vaivenes de la economía, esto es, mayor resistencia a las crisis. Por lo tanto, es imprescindible que, de una forma decidida, y sabiendo separar el grano de la paja de lo que se llama I+D y de lo que no lo es, comencemos a dotar de peso a nuestro presente y a nuestro futuro, estrechemos la colaboración pública-privada y empecemos a visualizar nuestra tecnología como competitiva en el mercado internacional, y entonces sí, iremos hacia ‘la felicidad con la transformación digital’.


Guzmán M. Garmendia Pérez es exparlamentario foral

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