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Opinión
Con el mando en la mano

Peppa Pig

Distopía
José Enrique Cabrero.
  • José Enrique Cabrero
Actualizada 14/10/2018 a las 06:00

El otro día me preguntó un compañero qué estaba viendo ahora. Pues, le respondí, anoche acabamos la cuarta temporada de Peppa Pig. Otra vez, añadí. Y ya he perdido la cuenta. Mi relación con Peppa Pig es tan intensa que a veces me sorprendo roncando después de hablar o cantando temazos tipo 'el tren del abuelo hace chu-chu-chu'. Peppa está tan presente en mi vida que, de vez en cuando, tengo que apretar el mando de la tele, como si fuera la peonza de 'Origen', para recordar que no es real, que no existe. Porque, si existiera, me gustaría hacer chorizo. Y morcilla. Y jamón. Y todo lo que se pudiera. Así, bien trituradita.

Cuando mi hijo quiere ver dibujos animados pide que apaguemos la tele. Él, como todos, sabe de sobra que la tele es una cosa y que el sitio donde él ve los dibujos, otra muy distinta. Las plataformas de 'video on demand' como Movistar, Netflix, Prime o la mismísima Youtube, han eliminado por completo las esperas. Un sábado por la mañana es exactamente igual que un jueves por la noche. A los niños les da igual. Saben que Peppa -y el resto- está siempre disponible. Esta situación nos obliga a los padres a crear normas para que exista un cierto control sobre los momentos y las formas de ver dibujos animados. El problema es la insistencia. La omnipresencia. La invasión absoluta de una serie que es un bucle infinito porque, cuando acaba, se puede volver a poner. Ya, ya sé: "Pues tú ponías la cinta de 'Spiderman y sus increíbles amigos' en el BETA una y otra vez". Pero que no es lo mismo. La cinta la tenía yo en mi casa. Peppa es un virus que se expande por todas las casas, por todas las pantallas, por todos los bares... Sí, bares. Esa es una barrera que no pienso cruzar: padres y madres del mundo, por favor, no pongáis los móviles a vuestros hijos en la calle. Por favor. Por vosotros y por la humanidad. Hagámoslo entre todos. Matemos a Peppa Pig un rato. Sin que se den cuenta. Disfrutemos de una cerveza con un pincho de morcilla. Sin ronquidos. Saboreando la victoria.


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