Amaia y los políticos

Actualizado el 18/02/2018 a las 20:55
En tiempos de atención dispersa atrapar el interés es un objetivo estratégico para tener proyección social. Captar la atención es conquistar el pensamiento aunque sea por un rato y lograrlo, un éxito poco frecuente en una sociedad de concentración tan difusa como la nuestra. Da lo mismo que hablemos del terreno privado o del público. Nos las ingeniamos para ir por la vida buscando atención..., de la familia, de los amigos o de los compañeros de trabajo como si fuera un juego de seducción. ¿Y qué hacemos con la atención que nos dan? Habrá quien la convierta en ingresos, ¡Seguro! Otros, en emociones, si el enganche es afectivo, y en plena revolución de las redes, muchos buscan transformarla en seguidores por Twitter, Facebook o Instagram… Luego están los políticos que siempre persiguen votantes.
Hoy la atención vive de alquiler porque la renovación de contrato no está garantizada. El interés por las cosas es abierto, plural, heterogéneo, muy fragmentado y cada vez más atomizado. Probablemente por eso y con la enorme oferta mediática que existe quien logra despertar atención acredita una de las habilidades sociales más reconocida.
CONQUISTAR LAS EMOCIONES
Alguien dijo que atrapar la atención es apropiarse siquiera un instante de la emoción del prójimo, algo fugaz en una sociedad de consumo en la que se sustituyen tan velozmente los pañuelos de papel como los cantantes. Apropiarse de la atención es lograr que el observador acepte un ‘secuestro’ intelectual pasajero. Si leo una novela con gancho se genera un vínculo para la siguiente del mismo autor. Si asisto a una interpretación brillante, la adhesión será al actor o al director para la próxima película. El mismo efecto se provoca cuando alguien conmueve cantando. Amaia Romero ha despertado el entusiasmo y ahora lo tiene capturado. Hay miles de seguidores que voluntariamente han aceptado dejar que ella les ‘rapte’ la atención. Y en ese ‘secuestro’ intelectual o de las emociones se atisba en algunas ‘víctimas’ casi un síndrome de Estocolmo. Su forma de meterse en las canciones, de interiorizarlas o de desenvolverse se ha apoderado del público que espera cualquier novedad para repetir la experiencia de contemplarla y emocionarse en cada ocasión que la escuchan en un escenario.
Amaia es un imán que atrae. Está en el centro del interés colectivo y a su alrededor hay miles de devotos que la miran con fascinación. Hay líderes de partidos que quieren cobijarse bajo la luz que proyecta. En tiempos de descrédito de la política, sus dirigentes buscan el destello de los ciudadanos que brillan. Es su manera de decir ‘somos sensibles’ ‘somos unos seguidores más’ de un fenómeno compartido…, es decir, de los votantes potenciales. El riesgo es maniobrar de manera que Amaia Romero pase de ser flecha que dirige el interés a convertirse en la diana de las discrepancias políticas. Algo de eso ha ocurrido esta semana en Pamplona. UPN y PSN propusieron a la triunfadora de OT para el chupinazo, pero lo hicieron forzando el reglamento que aprobó el gobierno municipal. Y el equipo de Bildu, Geroa, Aranzadi e I-E se dio prisa en rechazar la iniciativa por razones diversas; una parte del ejecutivo municipal, sencillamente porque sueña con dejar este año la mecha en otras manos.
Veo dos fotos. Una, la del éxito de Amaia, indudable, incontestable, popular, abrumador. Y otra, la que recoge las trifulcas de unos políticos pequeños empeñados en utilizar su nombre para fines estridentes. La primera es armónica. Y la segunda, desentona. No utilicen a esta criatura de 19 años que canta como los ángeles para objetivos tan fuera de partitura. Que alguien proponga su candidatura por el procedimiento establecido. Y que después decidan los ciudadanos votando. Pero sobre todo trátenla con el respeto que merece. Y pórtense, por una vez, como una orquesta coordinada. A quien interpreta con tanta delicadeza la melodía si algo molesta, seguro, es asistir a un espectáculo político tan desafinado.