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Opinión
opinión

¿Qué busca la gente que lo tiene todo?

José Murugarren
José Murugarren
Actualizada 27/10/2017 a las 10:01

¿Qué busca la gente que lo tiene todo? Era la pregunta que formulaba en medio del páramo helado de Groenlandia una joven esquimal a la actriz Juliete Binoche en la película “Nadie quiere la noche” de Isabel Coixet. Dos mujeres, una americana y una esquimal. A solas, en medio de un largo invierno polar en el que Josephine Peary (Binoche en la película) atraviesa el Ártico allá por 1908 en busca de su marido, el explorador Robert Peary. Binoche y su compañera vienen de mundos opuestos. Una es la esposa del aventurero. Sofisticada, con medios, blanca, occidental..., en un momento en el que estos rasgos otorgaban etiqueta de superioridad. La joven esquimal es una especie de antagonista; natural, sobria, sin recursos y de una etnia infravalorada en tiempos de supremacía blanca. Pero las circunstancias del viaje les pondrán frente a frente y descubrirán una sencilla y mágica manera de entender la vida en la nativa; una humanidad tan grande que no cabe en la pantalla resumida en una pregunta. ¿Qué busca la gente que lo tiene todo?


¿Qué tiranía les oprime?


La pregunta sirve para abrir un interrogante al tiempo en el que estamos. Una parte de una sociedad como la catalana, europea, desarrollada, rica, con sanidad universal, educación, que se gestiona de forma autónoma, con policía y lengua propias y Parlamento autónomo, reivindica la independencia y se salta la ley para lograrlo. ¿Independencia de qué? ¿De qué tiranía plantean librarse? El relato que el independentismo construye de Cataluña es presentarla convertida en víctima de una situación injusta, explotada en lo económico y oprimida por policías que maltratan a manifestantes. Como si estos elementos exagerados autorizaran moralmente a sus responsables políticos a saltarse el paraguas de la ley, el único marco que a todos obliga. A todos. La respuesta llegó ayer del Gobierno central. Rajoy aplicó el artículo 155 en su versión más dura. La decisión suspende a Puigdemont y a los consejeros de su gobierno; les sustituye en sus funciones por los ministros del Estado y compromete la convocatoria de nuevas elecciones en seis meses El quebrantamiento de la ley es flagrante. La respuesta, la reacción a un desafío sostenido por los incumplimientos. Pero se abre una época que alimenta la incertidumbre. Porque la cuestión es cómo lo recibirá la ciudadanía. El debate de la racionalidad es solo uno de ellos. Aplicar el peso de las consecuencias legales a quien vulnera esa ley es obligado. Para los ciudadanos y para las comunidades autónomas. Pero cuando hablamos de banderas y territorios un factor relevante son las emociones. ¿Cuál va a ser el efecto? El independentismo siempre ha jugado mejor que el Estado los relatos de héroes y mártires . Se alimenta de situaciones límite y de ultimátum. El terreno ahora está abonado para reclamar la calle en nombre de la épica, para abrazarse en la estelada y colgarla en la estatua de Colón, para sublimar las supuestas vejaciones que sufre el pueblo de Cataluña, para interpretar como la suprema ofensa el 155 y llegado el caso inmolarse por esa causa sentimental. Las revoluciones se nutren de mártires que hoy son víctimas y mañana héroes. La aplicación del 155 es la respuesta obligada de un estado de derecho a una larga suma de despropósitos e ilegalidades cometidas que sus responsables subestiman porque cuando colocan ley y sentimientos en los dos platos de la balanza siempre consideran que el exceso de peso de las emociones está justificado. Al Gobierno del PP con el apoyo de PSOE y Ciudadanos toca llevar adelante las medidas. La única duda es si este dificilísimo panorama que tenemos delante no era precisamente la meta a la que quería llegar el independentismo para dar un nuevo salto.

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