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Opinión
MUJERES REALES II

Los besos de las tías

Actualizada 11/10/2017 a las 06:00

José Emilio tiene 10 años, el pelo engominado hacia atrás y una sonrisa de niño obediente y formal. De hermano mayor responsable y aplicado. Viste camisa blanca con cuello tipo babero, pantalón corto y calcetines también blancos enrollados en los tobillos. Los zapatos apenas se ven, pero intuyo que lucen lustrosos. Sonríe, digo, y no es para menos. Monta un caballo de madera, el que acompaña al fotógrafo ambulante; y está flanqueado por sus dos tías solteras, Tere y Mari Ángeles, y sus abuelos paternos, José y Elena. Corre el verano de 1958 y, como otros años, el padre de José Emilio lo ha 'puesto', de noche, en un tren al cuidado de la pareja de la Guardia Civil para que viaje 'solico' hasta Barcelona. Allí, en la Estación del Norte y muy temprano, lo recoge, siempre puntual, su abuelo. El niño deja el pueblo, a sus padres y a sus tres hermanos menores para convertirse durante dos meses en el rey del mambo, o sea de la casa. En el preferido de sus abuelos pero, sobre todo, de sus tías, que beben los vientos por él. Durante sesenta días se trasforma en el dueño y señor de ese piso antiguo y desvencijado de la Mediana de San Pedro, cerca del barrio Gótico, que comparten padres e hijas y a donde no tuvieron más remedio que emigrar porque el campo no daba para más. Y aunque el trabajo en la gran ciudad los absorbe, encuentran tiempo para pasear con 'el niño', para llevarlo al Arco del Triunfo, esa puerta creada con motivo de la Exposición Universal de la ciudad en 1888, e inmortalizar ese momento. Emilio (para ellos, siempre José Emilio) podría ser cualquiera de esos niños de posguerra con sabañones en la manos y heridas en las rodillas. Pero no es cualquiera. Es mi padre. Miro la instantánea en blanco y negro que he tomado prestada del álbum familiar y sonrío al pensar que hoy él tiene la misma edad, elegancia y porte de su abuelo. Y casi los mismos años que mi hijo mayor, a quien no imagino montado en un caballito de madera ('es de pringaos', diría). Para José Emilio, Tere y Mari Ángeles fueron sus segundas madres. Las que le mimaban, consentían, besaban y abrazaban cuando no estaba la suya. O incluso mucho más. Como en la mía, en todas las familias hay alguna Tere o Mari Ángeles. Esas tías solteras que se desviven por sus sobrinos y se convierten en sus mejores confidentes, paños de lágrimas y que les llevan al cine o a comer hamburguesas.

Tere, que en la imagen, tiene 29 años, lleva un vestido de estampado geométrico, abotonado por delante, como si fuera una bata de playa, y sandalias planas y blancas. Un corte de pelo a 'lo garçon', no sé si por seguir la moda o despachar más cómodamente los décimos en la administración de loterías en la que trabaja, y unos pendientes de perlas completan su atuendo juvenil. Mari Ángeles, de 33 años, es más seria y clásica. También luce un vestido veraniego, en su caso con un estampado de flores, pero recoge su melena en un moño bajo y no adorna sus orejas con pendientes. La vestimenta alegre de las hermanas, cuyas telas habrá comprado Mari Ángeles en el puesto en el que trabaja en el mercado de Sant Pere, contrasta con la indumentaria negra y sobria de su madre, que no llega a los 70 pero que es una abuela en toda regla, con sus medias zurcidas, zapatos oscuros sin tacón y pelo blanco anudado en un moño en la nuca.

Los veranos de Barcelona no son la primera etapa larga de convivencia de José Emilio con su tías y abuelos. Desde que cumplió 2 años, los malos embarazos de su madre y los problemas de salud de sus hermanos pequeños, le trasladaron a la casa familiar del pueblo. "Llegué cuando aún me hacía pis", recordaba el otro día. Allí iba a la escuela, hacía las delicias de todos sus tíos solteros (dos hombres y dos mujeres) y se maravillaba al ver los destellos del fuego en la fragua de su abuelo. Donde, entre el crepitar de las brasas y el golpeteo metálico en el yunque, veía salir herraduras para los caballos y forjas para los balcones de las casas. Pero en Barcelona, las cosas son diferentes. Su abuelo ya está jubilado y, mientras las tías trabajan, le lleva a pasear de la mano por las Ramblas y le enseña, por primera vez, el mar en el puerto. A media tarde, Tere y Mari Ángeles corren a la casa para ver al niño. Algunos días, si no hay mucho qué hacer, lo llevan al parque de la Ciudadela, donde le compran un cucurucho de cacahuetes o manzanas de caramelo. "Pero luego cena todo, que si no, la abuelita se enfadará", le advierten. También suelen pasear hasta la plaza de la Catedral para ver cómo bailan la Sardana. Pero la mayoría de los días entre semana, van al mercado del Borne a hacer la compra o a misa, a la iglesia de San Pedro.

Las décadas pasaron. Los abuelos murieron, las tías no quisieron regresar al pueblo y se instalaron en la portería de una casa señorial en la ciudad de provincias. Tere, tan moderna, aprendió a conducir un R5 blanco y trabajó de administrativa en una empresa textil. Mari Ángeles fregaba la escalera, el ascensor con puertas de cristal y asiento de terciopelo y distribuía la correspondencia por los pisos. Siempre con una bata azul. Siempre en una portería sin calefacción, escuchando las noticias en el transistor, al calor de una estufa eléctrica. Así la recuerdo yo de niña cuando mi padre me llevaba a verlas. "Vamos a casa de las tías", me animaba. Como si fueran las únicas. Para él lo eran. Y yo me quedaba absorta contemplando cómo burbujeaba el café en una cocina económica y cómo tiraban las mondas de las manzanas o las cáscaras de las nueces un hornillo, que abrían con un palo metálico que terminaba en un gancho.

En noviembre hará un año que murió Mari Ángeles y Tere solo le sobrevivió unos meses. Aunque el diagnóstico era claro, no fue la falta de oxígeno lo que la mató sino la ausencia de su hermana. Eran una pareja en toda regla, como un viejo matrimonio bienavenido (o no, según los días). Una, la fuerte; la otra, la débil. Unas mujeres valientes que vivieron en una época difícil y que no exprimieron la suya propia por vivir la de los demás: la de sus padres, sus sobrinos y, más tarde, sus hermanos mayores, a los que cuidaron cuando su vida se iba apagando. Pero tanto sacrificio ha tenido su recompensa. Y si no que se lo digan a José Emilio que vuelve a tener 10 años y a montarse en un caballito de madera, con el Arco del Triunfo al extraer esa foto del álbum familiar. Que sonríe como un niño obediente y formal. Pero, sobre todo, vuelve a sentir los besos de las tías.


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