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Opinión
FAMILIA

La generación 'sandwich'

Sonsoles Echavarren

Sonsoles Echavarren.

Actualizada 29/09/2017 a las 12:12
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"¿Qué vas a hacer esta tarde? Me gustaría ver a los niños. En media hora, salgo de la clínica". Son las cuatro y cuarto, estoy a punto de terminar de trabajar y el 'whatsapp' de mi madre silba puntual en mi móvil, que vibra junto al teclado del ordenador. "Iré al parque y luego, a comprar. Vente cuando quieras", le contesto mientras voy apagando la pantalla. Al tiempo que bajo por las escaleras, me imagino a mi madre, con sus casi 70 años, sentada en un sillón de escay, a los pies de la cama de mi abuela. Cansada, porque no se ha movido de esa habitación de hospital desde las siete y media de la mañana, cuando se marcha la cuidadora que hace las noches. Y triste, porque es muy duro ver a tu madre tan mayor, indefensa y pidiéndote ayuda, con la mirada y entre balbuceos, aunque no sepa quién eres. Por eso, al salir de allí, a mi madre le gusta estar con sus nietos. Que la adoran, se le tiran a los brazos en cuando la ven aparecer a lo lejos y no tienen que hacer un gran esfuerzo para que les compre 'chuches' un día entre semana. Algo que, saben, no les dejo. En fin. Como mi madre, miles de mujeres pertenecen a la 'generación sandwich'. Las que son hijas, esposas, madres y abuelas al mismo tiempo y con buena cara. Las que, ya jubiladas o en sus últimos años de vida laboral, tienen que organizar su tiempo para llegar a todo. Porque en ellas recae el peso de la familia. Para lo bueno y para lo malo.

"¿Te podrás quedar un rato con los niños el sábado? Nos solapamos en horarios y la cuidadora no puede venir", la tanteo, cuando estamos ya sentadas en un banco del parque, compartiendo una bolsa de maíces, y sin perder de vista al pequeño, que escala como un monito. "A ver si no tengo que ir con la yaya. Lo intento". Entonces le respondo que no se preocupe, que ya que me organizaré de otra manera y que bastante tiene. Pero, como digo, no es la única. Mi tía ha tenido que cuidar en alguna ocasión de mi abuela y de uno de sus nietos al mismo tiempo. Casi les tenía que dar de merendar a la vez: a uno, su potito de frutas; y a la otra, su leche con galletas. Nuestra vecina, que también ronda los 70 y tiene tres nietos, cuida todos los fines de semana de su madre, que vive en otra ciudad cercana. Allí se traslada en autobús, monta su campamento base y organiza los turnos de las cuidadoras (cada una en un horario y unos días), los suyos propios y los de sus tres hermanos. ¡Una auténtica gestión de personal!

Aunque hombres y mujeres cooperan en el cuidado de sus padres, suelen ser ellas las que hacen todo el trabajo invisible. El de lo papeleos para solicitar una ayuda para una silla de ruedas o un grúa, las que se encargan de ir a recoger las recetas de los innumerables medicamentos al centro de salud o las que gestionan cuánto se paga a una persona por perder una noche en el hospital. Y, a veces, no pueden más. Por eso, hay charlas y cursos para apoyarlas y que se sientan comprendidas. Como el que ha puesto en marcha el Voluntariado geriátrico francisco en Pamplona y en el que explican a los asistentes (casi todas mujeres), cómo deben atender a los mayores y al mismo tiempo, cuidarse ellas.

"¿No te quieres ir ya a casa? Por mí, no te preocupes, que me los llevo a comprar. Aunque seguro que no hacen más que pedirme galletas de dinosaurios y natillas de chocolate", le digo a mi madre, mientras nos levantamos del banco y vamos hacia el supermercado. "Pues sí, me voy a ir, que mañana también me toca madrugar", confiesa. "Aunque si me necesitas, me quedo", añade solícita. Pero, intuyo, reza para que le diga que no. Así que le aseguro que no me hace ninguna falta, que me voy encantada a hacer la compra con las fieras y que sea lo que Dios quiera.

"Abu, no te vayas", le ruega el mediano. "¿Mañana vuelves? ¿Me comprarás piruleta de corazón?", aprovecha el pequeño. Y ante la promesa de que sí, de que volverá, y bien provista de chucherías y algún que otro artilugio de los 'chinos' que, seguro, le ha encargado al oído mi mediano, la veo marcharse cargada de bolsas, con las zapatillas que lleva al hospital, varios libros y revistas y un chaquetón, que por la mañana hacía fresco.

Como ella, camina una generación de mujeres ante las que tenemos que descubrirnos. Las primeras que estudiaron (o no) y empezaron a trabajar fuera de casa. Las primeras profesoras, médicos, enfermeras, farmacéuticas, secretarias, operarias de fábrica o limpiadoras. Un empleo que, muchas veces, no era comprendido por sus propias madres (que nunca habían trabajado fuera del hogar y les recriminaban que no cocinaban para sus hijos) u otras mujeres de su misma edad, que seguían atendiendo la casa y la familia. Ellas nos abrieron el camino a todas las de mi generación, que hemos estudiado y ejercemos nuestra profesión. Si ella pudieron; nosotras, también.

Las de la 'generación sandwich' están en el medio, como el jamón de york. Entre los padres, los hijos, los nietos y , casi, el espíritu santo. Así que, en eso pensaré la próxima vez que silbe el 'whatsapp' de mi madre en mi móvil cuando esté a punto de salir de trabajar. Quizá le diga que esa tarde, aunque tenga ganas de ver a sus nietos; y yo, de un poco de ayuda, se la tome libre y se vaya a tomar un café con alguna amiga. Aunque, le recordaré, que no se olvide de la piruleta de corazón cuando venga a vernos.

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