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Opinión
ANÁLISIS

Lo que Cataluña oculta

Lo que Cataluña oculta
Celebración de la Diada, la fiesta de Cataluña, el pasado lunes. El acto se ha convertido en patrimonio de los independentistas.
AFP
Actualizada 22/09/2017 a las 10:33

El país de los atentados en Barcelona y Cambrils, el de los 3,5 millones de parados, el mismo de los innumerables casos de corrupción política..., lleva gastada tanta energía en el 'procès' catalán que si pudiera medirse en kilos el resultado serían millones de toneladas. Hay cientos de cerebros dedicando tiempo, pensamiento, empeño y dinero público a acompañar la mayor esquizofrenia política de las últimas décadas. Es alucinante que tantos partidos, la antigua Convergencia, Esquerra Republicana, la CUP, estén seducidos por la idea de crear un nuevo Estado supuestamente moderno gestado a partir de una declaración de nula calidad democrática, que pone en la picota el respeto a la ley que nos vincula a todos. Un experimento que abre una enorme fractura social, que enfrenta catalanes con catalanes y a una parte de éstos, los independentistas, con el resto de los españoles. El 'procès' es una bomba que revienta el prestigio con el que muchos miramos durante años el 'seny' catalán, ese destilado de cordura con denominación de origen.

Realidad virtual

Sus responsables políticos han metido a Cataluña en una realidad paralela. El Parlamento aprueba leyes de desconexión para desenchufarse de España sin querer reparar que la energía que alimenta esa red eléctrica está en manos del Tribunal Constitucional y del Gobierno central. Los independentistas convocan mítines para enardercer a los suyos y animarles a que voten en un referéndum que nadie sabe si se va a celebrar. La Generalitat prepara papeletas en algún local oculto para que millones de ciudadanos, a quienes se les exige que paguen sus impuestos de acuerdo a la ley y que cumplan las normas, puedan ejercer un derecho a voto declarado ilegal, a hurtadillas, en urnas que nadie sabe ni quién fabrica, ni dónde van a instalarse. Convocar un referéndum en estas condiciones es una temeridad, una osadía de consecuencias difícilmente reparables. Pero hay algo peor; ¿En manos de quién queda ese supuesto nuevo país al que aspiran?
¡Cuánta energía desperdiciada! En esta realidad paralela por la que transita esta gente, no se han enterado que son el paro, la corrupción, los problemas económicos y los partidos políticos los principales problemas para los españoles. Lo dicen las encuestas.

Pero la bola que se ha formado dispara el tamaño de los titulares y de las informaciones de Cataluña y reduce hueco a otras noticias importantes. En estas dos semanas de desconexión he visto pasar de rondón crónicas preocupantes. Siempre ocurre que unas noticias fagocitan a otras. He leído que 40.000 de los 60.000 millones que el Estado entregó para el rescate bancario no van a recuperarse. Que en este país en el que producimos como embutidos graduados en administración de empresas, ingenieros de telecomunicaciones o arquitectos, nuestros políticos sólo son capaces de crear condiciones para que la mayor parte de la oferta laboral sea para contratar camareros. He visto que, aquí en Navarra, el Servicio Navarro de Salud-Osasunbidea busca médicos colocando carteles como si se tratara de contratar reponedores para un supermercado maltratando a los buenos profesionales que ya ejercen con contratos casi precarios. Y leo por último que el alcalde Asiron acata la exigencia judicial de colocar en lugar preferente del Ayuntamiento de Pamplona, el retrato del rey Felipe. Pero lo hace de una peculiar manera. Ha decidido meter al monarca más alto de la historia, mide 1.97 metros, en un retrato minúsculo con el objetivo de dejar constancia de su interpretación de la sentencia. Demasiados políticos pasan por nuestras vidas enseñándonos a no ser como ellos.

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