Tres mosqueteros y un “pajarico” en mitad de la nieve

Actualizado el 04/08/2017 a las 13:42
Tres mosqueteros y un “pajarico” en mitad de la nieve, a siete mil metros de altura en un monte perdido en Paquistán parecen los ingredientes de una historia sin posible final feliz. Pero sólo lo parece. Porque los montañeros Alberto Iñurrategi, Juan Vallejo y Mikel Zabalza lograron rescatar el lunes al alpinista italiano Valerio Annovazzi después de renunciar a su objetivo de cima y de darse una paliza de generosidad cuesta arriba de doce horas y dos mil metros de altura. Le suministraron fármacos, alimento y le ayudaron a descender. Ellos son los tres ‘mosqueteros’, los superhombres. El deportista italiano es el ‘pajarico’. Así lo describió Mikel Zabalza. Al italiano sus compañeros de expedición le habían dejado literalmente tirado, deshidratado y desamparado. A los ‘mosqueteros’ alguien les reveló que tras hacer cima en el Gasherbrum II se habían desprendido de él. Ahí empezó la épica. En el rechazo de imaginar que alguien puede zafarse de un ser humano que estuvo a punto de tocar las nubes como si fuera el lastre que se lanza de un globo.
LETRA GRANDE Y LETRA PEQUEÑA
En esta historia de emociones contrapuestas hay indicios que es mejor escribir en letra pequeña. El descubrimiento de que hay escaladores que abandonan a su suerte al compañero de fatigas. Eso que vaya en minúsculas. ¿No es omisión de socorro? ¿No está un montañero obligado a auxiliar a un tercero en aprietos? ¿No debería saber gestionar situaciones de riesgo? Hay otros gestos que merecen ser impresos en caracteres grandes, en letras mayúsculas: la revelación por ejemplo, de la categoría deportiva y personal de estos tres seres humanos capaces de meterse doce horas de ascensión por salvar a un congénere en apuros.
¿Se puede dejar abandonado a su suerte a un montañero? Si la respuesta es ‘sí’, las razones seguro que tienen que ver con la dificultad de echarse a la espalda el descenso de un cuerpo que resulta difícil manejar. O con el miedo de arriesgar doce horas de aventura desesperada a siete mil metros, entre el frío, el viento y la nieve jugándose la vida. Probablemente las limitaciones de unos hacen más grande el arrojo y la gesta de estos tres ‘mosqueteros’. Porque Iñurrategi, Vallejo y Zabalza reivindican con su audacia aquel alpinismo en el que los individuos se apoyaban en el equipo para subir y bajar todos juntos. Una forma de entender la montaña en la que el objetivo era doble: ascensión y descenso, con todo el grupo. Hacer cumbre exigía como condición imprescindible compartir objetivo y suerte. Y hacerlo, como ellos, con tanta naturalidad que salvar la vida a un compañero parezca un lance más de la experiencia montañera. Es cierto que para ayudar a un alpinista herido hace falta experiencia y cualificación. Pero entonces el monte era de un núcleo de ‘profesionales’ con el corazón tan grande como las piernas. En esa élite no cabían las legiones de hormigas que hoy pugnan por escalar los techos del mundo. ¡Un verdadero problema! Creen que hacer una cima de siete mil metros está tan al alcance de la mano como bañarse en Salou. No sé. Será que soy de una generación en la que sólo los mejores llegaban a tocar con el pulgar el cielo. Las grandes cumbres eran para los ‘mosqueteros’, los elegidos para la épica y la gloria. “Todos para uno y uno para todos”. Los demás formábamos parte de una legión de aficionados que disfrutábamos en el ascenso a San Donato. 1.500 metros. La altura suficiente para garantizar que todos subíamos y bajábamos juntos con capacidad para asumir los desfallecimientos de los compañeros.