La madre de Amaia

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User Admin

Actualizado el 11/04/2017 a las 06:00

“Loca de miedo, volvió el rostro hacia su madre a tiempo de ver venir el impacto del rodillo de acero con el que su padre amasaba el hojaldre. Levantó una mano en un vano intento para protegerse y aún pudo sentir cómo sus dedos se fracturaban antes de que el borde del cilindro impactase en su cabeza. Después todo fue oscuridad”. Amaia Salazar tenía 10 años y un pánico terrible a su madre, Rosario, que la pegaba e insultaba en cuanto tenía oportunidad. Y ese mismo día, el de la paliza, la mujer casi termina con la vida de la pequeña. Alertado por la enigmática sonrisa de su esposa, Juan corrió hacia el obrador y, aterrorizado, siguió la dirección del dedo de Rosario. Señalaba hacia la artesa, “lo más parecido a un abrevadero de mármol, con una capacidad para unos cuatrocientos kilos de harina, donde se vaciaban los sacos de materia prima” que después se usarían para elaborar mantecados y otros dulces. El hombre vio “una pequeña mano emergiendo de aquel mar níveo, convulsionada por un temblor violento”. Tiró de la manita y sacó el cuerpo de la niña, “que emergió de entre la harina como un ahogado de entre las aguas”. Todavía no me he repuesto tras ver esa escena de la película 'El guardián invisible' en pantalla grande. Tapándome la boca con una mano y aferrándome a la de mi marido con la otra. Ya me impactó cuando leí la novela homónima de Dolores Redondo, pero ver a la niña emerger, medio muerta, de entre la montaña de harina me pareció tremendo. Y salimos con un pregunta que generó el debate: ¿Cómo es posible que una madre, que ha dado la vida a su hijo, quiera quitársela? Pero no solo es un tema novelesco o de película de terror sino que, por desgracia, la realidad supera siempre a la ficción. El pasado jueves, nos desayunamos con la noticia de una mujer de 34 años que, tras discutir con su marido, había matado a sus hija de 18 meses y después se había ahorcado, en una localidad rural de Mallorca. ¿Qué puede pasar por la cabeza de una mujer, una madre, para actuar de ese modo? ¿Y qué secuelas puede traer en el futuro para un niño que, como Amaia, la inspectora de la Policía Foral de la trilogía del Baztán, haya sobrevivido a ese intento de asesinato? ¿Cómo se enfrenta después a la relación con su madre? Amaia vuelve a Elizondo, con 34 años pero atemorizada como una niña pequeña, y poco a poco, van aflorando los fantasmas de su pasado. Hasta que el lector-espectador descubre la terrible realidad.

La psiquiatra Clara Madoz Gúrpide explica que pueden darse dos situaciones, en ambos casos de enfermedad mental grave, en las que una madre llegue a agredir a sus hijos: la psicosis y la depresión profunda. El caso de la madre de Amaia, añade, es el de psicosis “con un delirio focalizado en su hija”. “Ella cree que la niña es mala, que la va a agredir, que se tiene que proteger de ella... Es un trastorno mental grave que, sin tratar (sin medicación, en ese caso), puede llevar a que las personas vivan realidades diferentes a la verdadera que se llegan a creer. Por lo que actúan en consecuencia”. La directora del Centro de Salud Mental Infanto Juvenil Natividad Zubieta (Sarriguren) se refiere también a la depresión profunda (matar a los hijos y luego suicidarse, lo que le pudo suceder a la mujer de Mallorca). “Esa situación les lleva a ver la vida tan oscura y tienen tal nivel de desesperanza que creen que es lo mejor para sus hijos y para ellas. Es una manera de salvarlos y salvarse”, aclara Madoz.

¿Y qué ocurre con los niños que han sobrevivido a esas situaciones? Mi experta de cabecera considera que para ellos es algo “muy traumático”. Y habla de una “herida profunda” y una “inseguridad que genera que quien te ha dado la vida y te tiene que proteger te la arrebate”. “¿En quién confiar si no podemos hacerlo en quien nos nace instintivamente, que es la madre? Se vive la vida con hostilidad y se sienten todas las relaciones personales como amenazantes”. Aunque tampoco olvida lo “durísimo” que puede ser un episodio de esas características para esa mujer. “¿Cómo reponerte tras haber intentado o conseguido matar a tu propio hijo? Surge un sentimiento de culpabilidad, de inseguridad personal, de miedo a perder el control...”

La realidad es tozuda y sigue superando a la ficción. El otro día me contó un amigo una historia sobre un conocido común cuya mujer se había intentado suicidar y matar a sus dos hijos de 8 y 5 años. “¿Pero qué me estás contando?”, le respondí. “Lo que oyes. La internaron en un psiquiátrico. Ahora ha salido pero no mejora. El marido ha tenido que dejar el trabajo porque no está tranquilo si no se queda en casa”. Tremendo. Y entre la película y esta historia que tiene nombre y apellidos no me quito esta situación de la cabeza. Basta echar la vista atrás en la hemeroteca para encontrarnos con más casos similares aunque, afortunadamente, son una minoría dentro del grueso de familias con más o menos problemas.

Al margen de las enfermedades mentales graves, Clara Madoz cita otro caso; el de la madre maltratadora, que no está enferma pero ha sufrido abusos, malos tratos, falta de afecto... en su infancia. “Cree que la única forma de educar es a través del castigo y la violencia”. Se trata, añade, de madres inmaduras, con poca tolerancia a la frustración y que sienten que sus hijos buscan hacerles daño. “Por ejemplo, piensan que el bebé llora para no dejarlas dormir”. También pueden sentir a los hijos, continúa el relato, como una “carga” que les genera “un elevadísimo nivel de estrés”. Y cita también la agresión a los hijos como una manera de herir a la expareja, en casos de separación o divorcio.

Así que la inspectora Salazar, con el fin de terminar con los fantasmas de su infancia, acude al hospital psiquiátrico para visitar a su madre. Y en una escena aterradora, la enferma mental, con una larga melena blanca y amarrada de pies y manos a la cama, intenta de nuevo agredir a su hija. “La amá quiere matarme. Me odia”, confiesa Amaia a sus hermanas. Y, ante la insistencia de Flora y Rosaura de que lo que ocurrió en su infancia fue un accidente, lo deja muy claro: “No lo fue. Intentó matarme, solo paró porque creyó que ya lo había conseguido, y cuando pensó que estaba muerta me enterró en la artesa de harina”. En su recuerdo, Amaia volvía a tener 10 años y un pánico terrible a su madre que la amenazaba con el rodillo de acero con el que su padre amasaba el hojaldre.

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