Conversiones

Actualizado el 17/03/2017 a las 11:18
Esta semana, al mismo tiempo que David Arratibel presentaba en el Festival Punto de Vista su película Converso, la Universidad de Navarra celebraba un pequeño ciclo de conferencias con el título Conversos con dos personas que cambiaron de religión, del cristianismo al islam y viceversa, como protagonistas. Una pequeña casualidad.
Estamos más o menos acostumbrados a la presencia pública de la religión, incluso a debatir sobre ella. Aunque vaya disminuyendo (el dato de que menos del 20% de las bodas en Navarra sean por la Iglesia es revelador), decenas de miles de navarros irán hoy a Misa, han participado estos dos fines de semana en las Javieradas o asistirán en los próximos días a los cultos de Semana Santa.
Lo más íntimo de la religión suele quedar oculto. Lo llamativo de la película en la que Arratibel cuenta con cariño y humor la conversión religiosa de su cuñado, sus hermanas y su madre, es que ofrece, posiblemente más a los no creyentes que a quienes lo son, un atisbo de un fenómeno tan personal como el de la fe. La película también habla de conflictos familiares (“No vamos a ser como los Panero”, advierte la madre, en referencia a la familia de poetas que desgranó sus problemas en El desencanto), pero lo más importante es la sencillez con la que sus protagonistas hablan de la experiencia religiosa y la profundidad teológica que asoma de vez en cuando.
Arratibel camina por un sendero poco transitado por los creadores españoles, que parece que no saben muy bien qué hacer con el fenómeno religioso. Por ejemplo, en la televisión. En las series españolas nadie reza, o va a misa; si aparece un cura será, con mucha suerte, un joven que será seducido, como en La señora o El barco. Incluso en una serie como El final del Camino, que acaba de emitir Televisión Española que tiene como trasfondo la construcción de la Catedral de Santiago de Compostela la fe aparece como algo secundario, cuando no sospechoso. Es curioso, en un país en el que el 72% de sus adultos se confiesan ante el CIS creyentes (en su inmensa mayoría, católicos, aunque más de la mitad no van nunca a la iglesia) que no haya personajes que lo sean.
Para encontrarlos, hay que mirar hacia las series americanas. La imagen del presidente Bartlett (El ala oeste de la Casa Blanca) pidiendo auxilio espiritual para suspender o no una ejecución o la de la conversión de la hija de Alicia en The Good Wife serían impensables en España. Pero quizás el ejemplo más claro sean Los Simpson. La religión, la iglesia y Dios tiene una presencia constante en la serie. Homer, aunque se duerma en los sermones del reverendo Lovejoy, tiene una relación personal con Dios, y le presenta en ocasiones cuestiones de calado teológico, como si se puede disfrutar del Cielo sabiendo que tus seres queridos están en el infierno (“El cielo no es el cielo si no está mi familia”, le dice) o el sentido del culto organizado (“No soy un mal tipo, trabajo duro, quiero a mis hijos, ¿Por qué debería pasarme medio domingo oyendo cómo voy a ir al infierno?”, se queja en una de sus conversaciones con Dios).
“Lo divino, aquello que el hombre ha sentido como irreductible a su vida, sufre eclipses”, escribió María Zambrano. A su manera, Arratibel y Los Simpson lo sacan de la zona de sombra.