Pareja, ¿qué pareja?

Todos los psicólogos y terapeutas familiares coinciden en que "hay que dedicar un tiempo a la pareja"

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User Admin

Actualizado el 17/03/2017 a las 10:36

"Este mes aún no habéis salido como novios. ¿Cuándo os vais?". Mi hijo mediano, que acaba de cumplir 8 años, nos mira a su padre y a mí mientras ojeamos la cartelera de cine del periódico. "Pero, mami. ¡Yo quiero que os vayáis los dos solitos!". Le miré sorprendida de que estuviera tan preocupado por la salud de nuestra vida de pareja. Pero entonces caí en que no, que lo él y sus hermanos querían realmente era que viniera a casa la canguro, su particular Mary Poppins con 23 años de acento venezolano. Que les adora, les trae juegos de mesa, representa con ellos teatrillos de marionetas, improvisa coreografías de bailes latinos en el salón, comparte impresiones sobre el último clásico Barça-Madrid y les deja ver la tele hasta "un poco más tarde, por favor" si al día siguiente no hay colegio. Vamos, ¡un auténtico chollazo de tarde-noche! Y nada que ver con la señorita Rottenmeier, que soy yo. Que ni bailo ni hago teatro y justo sé quiénes son Messi y Ronaldo. "Tienes razón, cariño. La semana que viene salimos", le digo al niño mientras mi marido asiente con la cabeza. No resultó fácil, pero al final encontramos un día en el que no trabajábamos ninguno de los dos y que no teníamos ningún evento social (no nuestro, sino de los hijos, se entiende). A saber; cumpleaños de algún amigo, comida del equipo de balonmano, excursión familiar, ensayo del coro… Por no hablar de los proyectos ‘colaborativos’ (como llaman ahora a los trabajos en grupo de toda la vida), de los que también nos examinamos los padres y en los que hay que ‘ayudar’ a los niños con los ‘power point’, trípticos con fotos… Y tenemos que afanarnos en preparar horchata valenciana casera o en buscar de la noche a la mañana un traje de fallero. Pero que me voy por las ramas… Encontramos el día, digo, y salimos a ver ‘cualquier película’ (porque no hemos visto ninguna, así que nos daba igual) y a tomar, como mucho a la salida, un pincho de tortilla de patata y una caña. Porque, aunque nos puede la ilusión de escaparnos por un par de horas de la rutina, estamos agotados y con pocas ganas de mambo.

Pareja, ¿qué pareja?

 

Todos los psicólogos y terapeutas familiares coinciden en que "hay que dedicar un tiempo a la pareja". Y eso está muy bien, por supuesto. Pero, recalcan, también hay que destinar algunos ratos a cada hijo en exclusiva (para que no tengan celos de los hermanos), a las amigas de toda la vida (para no perder la relación aunque nos hayamos casado e ido a vivir cada una a una ciudad), a los amigos en común (otras parejas igual de agobiadas...), a nosotros mismos (hay que hacer deporte, leer, ir alguna vez a la peluquería…). Por no hablar de los padres, hermanos, sobrinos… ¡Qué estrés! Total que, a veces, cualquiera de esas salidas es más una obligación que un aliciente. Y no lo digo por nuestras escapadas en pareja porque, como son tan escasas, saben a gloria y a palomitas de colores. Y la película… es lo de menos.

El otro día vi en Facebook un chiste en el que se leían, sobre dos puertas de entrada a una casa, varias frases de una pareja que salía a la calle. En el primer caso no tenía hijos. Y en el segundo, sí. Decía algo así como que para salir dos personas solas basta con coger el bolso, las llaves y el móvil, por supuesto tras haberse peinado, maquillado y arreglado con calma. Pero para desembarcar con una recua de niños pequeños hay que acordarse del botellín de agua para emergencias, los almuerzos o meriendas, los abrigos, gorros, bufandas, paraguas, mochilas o potitos de frutas, pañales y toallitas si son bebés. Y, por supuesto, conformándose con haberse peinado "un poco" y haberse limpiado, "por encima" y con la esquina de una toalla mojada, la papilla de los pantalones. Lo justo para no parecer una loca. Para nosotros, lo confieso, el ‘momento salida de casa’ ha sido tan estresante que, en dos ocasiones, nos dejamos las llaves puestas en la cerradura por dentro. Aunque tengo que decir en mi descargo que uno de los dos días salíamos con todos los aparejos (carro de la compra con mantel y comida incluida) para ir a la piscina y el otro, nos íbamos de excursión al campo. Estrés total.

En definitiva, y es de cajón, no tiene nada que ver una pareja con hijos que otra sin ellos. Por mucho que nos empeñemos en salir de casa arreglados para "dedicarnos un tiempo". Y que nos vayamos a cenar, siempre al primer turno del restaurante y cuando aún casi ni han abierto la cocina, "para que no se haga muy tarde". Porque estamos cansados y tenemos hora de vuelta por la canguro. ¡Como cuando éramos estudiantes y vivíamos con nuestros padres! "¿Vosotros, hasta qué hora podéis quedaros?", me preguntó una amiga el otro día que salimos a cenar en parejas. "Nuestra canguro se va a las doce. ¿La vuestra?". Una conversación de lo más normal entre nosotras pero que a la tercera pareja en discordia le sonaba a ciencia ficción. "Venga, vamos a brindar que hace mucho que no nos vemos", animó uno de ellos. "Buf, yo paso. Nada de vino. Que mañana, aunque sea domingo, tocan diana igual a las siete y si no estoy hecha polvo". Más caras de sorpresa. Así que nos pusimos a hablar de nuestros años del instituto y a recordar viejos tiempos. Y no tocamos el tema de hijos ni tetas ni extraescolares ni pañales. Porque, entiendo, que para el que no los tiene puede resultar un tostón.

Pero no ocurre lo mismo al salir los dos solos. Después de la película de turno y las palomitas de colores, mientras nos tomamos el pincho o cenamos, mi marido y yo casi siempre terminamos hablando de nuestros hijos. De qué vamos a hacer con las palabrotas que dice el mayor, de hasta cuándo le vamos a dejar al pequeño dormir en nuestra cama o de si este año ya vamos a apuntar al mediano a un campamento de verano. Entre bostezos, pedimos la cuenta, volvemos a casa y, al abrir la cerradura (esta vez sin llave dentro), Mary Poppins nos reprende por haber regresado tan pronto. "Haberse quedado un rato más. ¡Diviértanse! Los niños se han portado genial y ya están dormidos", nos anima. Pero no. Preferimos ponernos las zapatillas y tirarnos un rato en el sofá para ver la tele mientras se nos cierran los ojos. En pareja. ¿Qué pareja?

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