Compartir tiempo de juego con los hijos

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User Admin

Actualizado el 10/02/2017 a las 12:11

Los videojuegos no pueden convertirse en un aparato que sustituya a la televisión como cuidador de los hijos, sino que los padres deben tener una actitud proactiva con ellos.

Los videojuegos se han constituido en el primer gran medio interactivo, y esa es la principal característica que los diferencia de un medio que, a pesar de sus virtudes, siempre ha sido eminentemente pasivo, como la televisión. Sin embargo, muchos padres tratan la consola de la misma manera, como una niñera cuya única utilidad es mantener entretenidos a sus hijos y conseguir algo de paz en la casa. Esa actitud, en apariencia inocua, acaba siendo realmente nociva, porque establece un muro de incomunicación entre unos y otros. Los padres reconocen el poder que tienen al permitir o denegar el acceso a los videojuegos y lo usan para imponer disciplina y orden. Suelen convertirse en ese elemento extraño que deben tolerar porque sus beneficios (el poder que les brindan sobre sus hijos) puede llegar a hacerles la vida más fácil en momentos puntuales, pero se instala un clima de desconfianza hacia ellos, muchas veces perpetuo. Se podría reunir un compendio interesante de términos derogatorios que los padres han utilizado para referirse a los videojuegos a lo largo de los años.

La gran novedad que propongo desde mi humilde punto de vista es abandonar esa concepción anticuada y empezar a ver los videojuegos como una actividad que permita ahondar en las relaciones entre padres e hijos. Evidentemente, si nosotros mismos hemos crecido con ellos o no cambia por completo las cosas, pero en ambos casos es necesario armarse de paciencia. Primero porque dependiendo de la edad y carácter del niño, la temática del juego puede interesarnos más o menos, y segundo porque su habilidad con los mandos puede crear un ciclo que nos parezca frustrante. Los juegos ofrecen multitud de posibilidades de conversación, sobre todo cuando salimos de la franja más estrictamente infantil y empezamos a explorar géneros que exigen más habilidad por parte del jugador, pero antes de nada nos permiten conocer en profundidad al propio jugador. Es importante recalcar que compartir tiempo jugando a videojuegos no se traduce de forma automática en disponer de dos mandos y jugar juntos. Con tal de sentarse un rato, demostrar interés y tratar de entender lo que sucede en la pantalla ya estamos en el camino correcto. También es importante tener en cuenta que no podemos dejar que un videojuego afecte toda nuestra opinión del medio. Hay juegos malos, y hay juegos con contenido inapropiado, pero solo una visión reduccionista nos llevaría a meterlos todos en el mismo saco.

Hay que acercarse al medio con una mentalidad abierta, conocerlos más en profundidad, investigar, descubrir qué nos puede interesar de ellos y cómo podemos conectar con nuestros hijos con su ayuda. Se podría argumentar con facilidad que los videojuegos enseñan muchas habilidades que nos preparan para la vida: perseverancia, adaptabilidad, pensamiento creativo, capacidad de aprendizaje, tolerancia a la frustración, gestión de recursos… Ofrecen muchos beneficios, pero a diferencia de la televisión, piden algo a cambio. No basta con sentarse delante. Hay que atreverse con ellos, y lamentablemente, para muchos parece que eso es pedir demasiado.

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