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Mami se va de viaje

Actualizada 27/01/2017 a las 10:54

Mi amiga Andrea vive durante una semana al mes en dos continentes. En el de las ferias comerciales con clientes trajeados, vestida ella también de ejecutiva y hablando en inglés y en alemán. Y en el de su casa y su familia, en pijama y desde la habitación de su hotel, a miles de kilómetros de distancia y con varios océanos de por medio. Por la mañana está en Asia o en Estados Unidos y por la tarde, en España. Gracias a Internet y a su cabeza que no para de organizar. Directora de exportación de una empresa de energías renovables y madre de dos niñas de 9 y 5 años, se las ingenia para ser una buena profesional sin dejar de lado su papel de madre. A mediodía, se afana por vender en una feria industrial en Singapur sus mejores molinos a empresarios chinos; y por la tarde, en cuanto llega a su habitación de cinco estrellas, se conecta a Facetime para preguntarle a su hija mayor la lección de Sociales o leerle el cuento de Frozen a la pequeña si entonces ya es la hora de dormir en España. “A veces, hasta me he perdido sus cumpleaños y les he tenido que cantar el ‘Cumpleaños feliz’ y soplar las velas con ellas por ‘Skype’ aunque fuera de madrugada en Asia. Me siento súper culpable. Pero no digo nada y encima tengo que estar agradecida de que me dejen desarrollar mi faceta profesional”, me confesaba el otro día mientras dábamos cuenta a una comida japonesa (es que tanto tiempo por esos lares se nota) después de un montón de meses sin vernos. “Y es que hagas lo que hagas, siempre mal”, insistía al tiempo que enrollaba los fideos del wok con una soltura asombrosa alrededor de unos palillos de madera. Ya, pensé para mis adentros, el maldito sentimiento de culpa. “Porque no eres un hombre”, zanjé cortando mi shushi con cuchillo y tenedor (mis dotes culinarias/gastronómicas internacionales son más limitadas). “En el trabajo tienes que demostrar que vales aunque tengas hijos y que estás disponsible para lo que haga falta. Si no, pensarán eso de ‘claro, no ha venido a la reunión porque tenía que llevar a los niños al pediatra’ (algo que por cierto, no está nada mal visto si lo hace un hombre e incluso sus jefes le tildan de ‘padrazo’)”, cuenta mientras sigue enrollando los fideos sin apenas mirarlos. “Y en mi entorno (amigas, madres de niñas del colegio...) -continúa el relato-, tengo que justificar que, aunque no estoy físicamente, hablo con ellas a diario y les dejó la ropa y la comida de toda la semana preparada para que no noten mi ausencia. Pero hay quién no lo entiende y piensa: ‘yo no dejaría a mis hijos solos tanto tiempo”. Pero el asunto es que no están solos. Se quedan con su padre. Y la ayuda de la cuidadora y los abuelos. Porque si el que viajara por trabajo fuera el hombre (como ha ocurrido toda la vida) no pasaría nada y todo seguiría yendo sobre ruedas. Ni ropitas preparadas ni sopitas de pollo en la nevera. La madre ya se la apañará como pueda. ¿Por qué? Porque ellos no se sienten culpables. Pero nosotras, sí.

“Dejo los conjuntos de cada niño preparados en perchas con una etiqueta en la que pone ‘para lunes’, ‘para martes’... También les hago tortillas de patata, caldo de sopa... para las cenas de los primeros días. Y luego, escrito en un papel, lo que hay que cocinar el resto de la semana”, había cogido carrerilla mientras nos llegaba el cerdo agridulce con pasas. “Y, claro, en el frigorífico, tienen otro papel con los horarios de las extraescolares de las dos. También apunto si esa semana les han invitado a algún cumpleaños (nombre del niño y de la madre, lugar y hora de la celebración, regalo o a quién hay qué pagar y cuánto) o tienen alguna excursión (aunque eso será fácil de deducir por la indumentaria de la percha del día en cuestión)”, continuaba su relato mientras yo me iba estresando con solo oírla. Lo mío es 'peccata minuta' a su lado, pensaba mientras asentía con la boca llena al tiempo que jugueteaba con los palillos que no había logrado utilizar. Entonces me acordé del marido de mi amiga Estíbaliz, también director de exportación en una empresa farmacéutica en Suiza, que se pasa la mitad del mes en congresos médicos en Nueva York, Turquía o Azerbayán intentando vender sus medicamentos para la diabetes o el cáncer. No recuerdo que mi amiga me haya contado nunca nada de ropa en perchas con los días de la semana escritos ni el frigorífico a reventar de comida antes de que él se marcharse al aeropuerto. Aunque él esté fuera, ella sigue, como si nada, con sus clases de profesora de español en la universidad de Basilea mientras atiende a sus tres hijos (sus tareas, sus cumpleaños y sus clases de tenis y guitarra). Ella sola y sin familia cerca. Y se lo cuento a Andrea.

Pero ella no se da por vencida y sigue argumentando ante una bandeja muy verde llena de pastelitos de pistacho. “De todas formas, creo que se puede ser buena madre y enriqueces a tus hijos y a tu marido si tú eres feliz y te sientes desarrollada en tu trabajo. Aunque a veces te pregunten por qué las otras mamás no viajan y tú, sí. Con una cara de pena tremenda cuando les anuncias otro viaje y coges la bola del mundo de la habitación de la mayor para explicarles a dónde voy, cuántas horas hay de diferencia y qué es lo típico de ese país (de paso, les enseño un poco de cultura y geografía)”. Claro. Comprendo. Pienso y verbalizo. ¡Si a mí me pasa igual cuando tengo que trabajar los fines de semana y eso que vuelvo a casa en unas horas! Y aunque lo mío no llega a tanto, les dejo toda la mañana o la tarde perfectamente organizada. Con quién va cada uno y a dónde. Quién los lleva y los recoge de los partidos o qué van a comer o cenar ese día. Y, como yo, me consta que muchas médicos, enfermeras, policías... que trabajan a turnos, fines de semana y festivos hacen lo mismo. “Como hay distintos tipos de familia, creo que puede haber diferentes modelos de madre. Y siempre que la familia lo lleve bien y haya equilibrio, será que lo estamos haciendo correctamente. Opinen lo que opinen los demás”, dio por zanjada la conversación al tiempo que pedía la cuenta. “Yo invito. Gracias por escucharme”, me dijo. “Ah, si yo encantada. Estoy acostumbrada. Será deformación profesional”, me reí. “Pero, paga, paga... ¡Que para eso eres ejecutiva!”, la animé.

Mientras salíamos a la calle, aún se acordó de algo que no me había contado. Lo bien recibida que es en su casa cuando regresa. Y que casi le ponen la alfrombra roja y le hacen 'la ola'. “¿Tanto te echan de menos?”, le pregunté. “Bueno, eso también. Por supuesto. Pero mi marido está deseando que llegue yo para que le tome el relevo y le deje descansar. Porque ha estado muy estresado toda la semana con las dos niñas”, se ríe. ¡Claro! ¡Como si ella hubiera estado haciendo turismo por las pagodas o los templos budistas entre feria y feria! Durante esa semana en la que vive al mismo tiempo en dos continentes. En el de los clientes trajeados y los cuentos de Frozen por Skype.

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