Dos vidas en una madre

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User Admin

Actualizado el 06/12/2016 a las 06:00

La semana pasada dos amigas mías fueron noticia en este periódico. Las dos rozan la media vida de la que hablaban los clásicos (superan por poco los cuarenta), son médicos en la sanidad pública, brillantes en su profesión, impulsoras de técnicas innovadoras... y madres de familia numerosa. Idoya es la doctora Zazpe, jefa del Servicio de Neurocirugía del Complejo Hospitalario de Navarra (CHN); y Mayte, la doctora Basurte, jefa de la Sección de Cardiología hospitalaria y responsable de la Unidad de Cardiopatías familiares en el mismo hospital. Las dos son discretas y les daba 'mucho apuro' tener que explicar su trabajo en una rueda de prensa. "¡Pero tranquila! -le dije a Idoya-. Los periodistas asistimos a estas convocatorias a diario. Cualquiera reúne a los medios para contar algo. ¡Hasta las asociaciones de senderistas, viudas, pensionistas...! Así que vosotros, ¡con mucha más razón!", la tranquilicé la víspera de la multitudinaria rueda de prensa. Junto con otros profesionales (anestesistas, neurofisiólogos...), Idoya y sus compañeros contaron ('en un lenguaje sencillo, como para que te entienda perfectamente tu madre', le advertí) cómo habían operado de un tumor cerebral a un paciente despierto para evitar que el lenguaje se viera afectado por la intervención y formaron, con sus batas blancas y en dos filas, todos para la foto. Mayte fue portada el sábado, junto con otros cinco médicos (dos hombre y tres mujeres) del CHN y de la Clínica Universidad de Navarra. Todos habían atendido previa o actualmente al albañil de 47 años que lleva ahora un corazón artificial mientras espera un trasplante de un órgano sano. La primera vez en el país que se sustituye todo el corazón por un dispositivo. "Enhorabuena, Mayte. ¡Gran trabajo!", silbaba cada poco rato el whatsapp de la clase de nuestros hijos medianos. "¡Bravo, Idoya! ¡Qué buena noticia!", insistía tres días antes otro grupo de whatsapp de amigas que vamos juntas de vacaciones a la playa con nuestras familias. Porque para mis hijos, Idoya y Mayte son las mamás de sus amigos. Y les resulta difícil imaginárselas haciendo otras actividades diferentes que esperar en el patio con los bocadillos en el bolso, aplaudir en los partidos de balonmano con el bebé en brazos o dar crema a los niños antes de entrar en el mar. Cada vez somos más las Maytes e Idoyas que, con mucho esfuerzo, trabajamos en una profesión que amamos y para la que hemos dedicado años de estudio. Nos esforzamos en demostrar que somos válidas en lo nuestro, que nos sabemos organizar aunque tengamos al niño con fiebre en casa, los armarios esperando para ser ordenados con la ropa de la temporada o varios whatsapp sin responder de la madre de un amigo de uno de los niños que quiere saber si les llevas o les recoges del cumpleaños o cuánto pagas la hora de la profesora de inglés.


Que sí, que ya sé que los padres (mi marido y muchos amigos nuestros) también llevan a los niños al colegio, al pediatra y a los partidos. Cocinan, les dan de comer y hacen la compra semanal (como para un regimiento) en el supermercado. ¡Por supuesto! ¡Faltaría más que no lo hicieran! Aunque bueno, es un logro bastante reciente porque en la generación anterior las cosas no funcionaban así. Mis padres eran los dos profesores de instituto pero la que dedicaba los recreos a comprarnos ropa a mi hermana y a mí o a llevar a poner unas suelas nuevas en nuestros zapatos era mi madre. Mi padre no ha puesto en su vida una lavadora (es más, no sabe ni cómo funciona), aunque cocina que da gloria y a mi hijo pequeño le cambió este verano ¡el primer pañal de su vida! En fin, que sí, que hemos avanzado y que el reparto de tareas entre hombres y mujeres es bastante equitativo. Pero no voy por ahí.

"La vida para una mujer que trabaja 'también' (importante resaltarlo porque una labor no excluye a la otra) fuera de casa es muy compleja. Sobre todo si tienes hijos. No hay más". Así de claro lo sentenció el otro día la doctora que me hizo el reconocimiento médico para renovar el carné de conducir cuando le dije que tomaba hierro por la anemia. "¡Cómo para no estar cansada! Es una época de la vida agotadora! Durante unos años, trabajas para pagar a una chica que cuide de tus hijos mientras estás fuera de casa. Pero es la única manera de mantener tu puesto de trabajo". Y me quedé más tranquila porque ella tiene dos hijos, ya mayores, y sabe de lo que habla porque lo ha vivido. Aunque nos hagamos los modernos e insistamos en negarlo, a las mujeres se nos exige más que a los hombres. En el trabajo, en la familia y en la vida. Somos nosotras las que nos levantamos de la cama de madrugada porque se nos ha olvidado sacar las pechugas de pollo del congelador para comerlas al día siguiente. O las que compramos el regalo de cumpleaños de la sobrina, preparamos el disfraz del festival de Navidad o apilamos la ropa vieja en bolsas de basura para llevarla a la parroquia o a los traperos.

El otro día leí un artículo (Situaciones embarazosas) en la revista Mujer Hoy, en el que la autora (La imperfecta) se refería a los tuits publicados por la tuitera Daurmith. En 140 caracteres, la autora reescribió algunas frases de biografías de celebridades como si hubieran sido mujeres. "Pierre Curie, casado y padre de dos hijas, encontró tiempo para el amor y la familia durante su breve carrera científica". O "devoto esposo y padre, Darwin compaginaba sus deberes en el hogar con el estudio de las colecciones que trajera de sus viajes". ¿Por qué nadie preguntó al físico francés Pierre Curie -me cuestiono yo ahora- cómo se las apañaba para descubrir la piroelectricidad mientras criaba a sus dos hijas? Y sin embargo, cuando se habla de su esposa, la física y química polaca Marie Curie (Maria Salomea Skłodowska) siempre se hace referencia al "mérito" que tuvo por ser una científica pionera en su época siendo madre y esposa.


Algo parecido me ocurrió a mí hace apenas dos meses. A mediados de octubre, entrevisté al nuevo jefe del área de salud de la mujer de la CUN, el ginecólogo Luis Chiva de Agustín, padre de ocho hijos (el pequeño adoptado y con Síndrome de Down), y no le pregunté por cómo conciliaba. Después me arrepentí. ¿Por qué le habría hecho esa pregunta a una mujer (o no)? ¿Y por qué no me pareció relevante planteársela a un hombre, aunque tuviera muchos hijos? ¿Por qué, incluso los periodistas, damos por hecho que un hombre con un alto cargo no va a tener problemas en el trabajo porque de los hijos se encarga su mujer (que es la que se reduce la jornada) y siempre nos preguntamos cómo hará la directora de una empresa, la presidenta de un parlamento o la gerente de una multinacional? Mi compañera y gran amiga Marialuz Vicondoa se niega a plantear a ninguno de sus entrevistados (sea hombre o mujer) la preguntita de marras de "¿usted cómo concilia?". Y hace bien. En fin, que vamos avanzando pero aún queda mucho camino por recorrer. Incluso ahora mismo, mientras escribo esta columna (escondida en la habitación de mis hijos mayores y sentada en la litera de abajo para que nadie me moleste), oigo cómo el mediano aporrea la puerta (y a punto está de tirarla abajo), instándome a que acabe cuanto antes de 'jugar con el ordenador' para hacer manualidades navideñas con él. Yo nunca me recuerdo a mí molestando a mi padre cuando corregía sus exámenes porque "tenía mucho trabajo". Pero a mi madre la interrumpía en cualquier momento para contarle el problema que había tenido con una compañera de clase o para pedirle la merienda.

Así que, Mayte e Idoya, enhorabuena por vuestros logros profesionales, por ser unas médicos brillantes y entregadas para mejorar la salud de todos nosotros. Y, sobre todo, por hacerlo mientras escucháis cantar a vuestros hijos en sus festivales de Navidad, preparáis las merendolas para sus cumpleaños, marcáis las ropas con sus nombres para los campamentos y os despertáis de madrugada para dar un 'chute' de Dalsy o Apiretal a vuestros pequeños que lloran con los mofletes enrojecidos por la fiebre. Aunque luego tengáis que levantaros a las siete para ir a trabajar, con crema antiojeras para dismimular la mala noche. Como Idoya, como Mayte y como tantas otras... somos muchas las que tenemos súper poderes porque vivimos 'dos vidas en una madre'.

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