Los votantes de Trump

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User Admin

Actualizado el 18/11/2016 a las 10:23

Hay algo tranquilizador en pensar que los votantes de Trump son malvados, o tontos, o viven engañados. Es la sensación reconfortante de que eso no nos podría pasar a nosotros, que somos muchos más listos que los americanos, que eligieron como presidente a un actor. Aunque nos callemos que ese actor había sido ocho años gobernador de California, un estado que entonces tenía 20 millones de habitantes.

¿De verdad estamos vacunados? El novelista Isaac Rosa, que es una de las voces más inteligentes de la izquierda española, se rebelaba el viernes contra la “superioridad moral” con que observamos desde España a los votantes del multimillonario, y recordaba que entre los millones de apoyos que ha tenido “podríamos estar nosotros. Por ejemplo, entre quienes dicen estar en peor situación económica familiar que hace años. Entre esos descontentos, la mayoría votó por Trump”. Puede que un voto no sea siempre racional, o completamente racional, pero en la mayor parte de las ocasiones está motivado. Hace cinco años, en Primero como tragedia, después como farsa, el filósofo esloveno Slavoj Zizek (que, como todos, tiene mucho mejor ojo para el diagnóstico que para las soluciones) recordaba que “el populismo, en última instancia, siempre está sostenido por la frustrada exasperación de la gente común, por el grito ‘yo no sé lo que pasa, ¡pero ya he tenido bastante! ¡No puedo más, esto debe parar!”.

Dicho de otra forma, están poniendo en práctica lo que nos repiten los manuales de autoayuda personal y empresarial: “Si haciendo lo mismo obtienes los mismos resultados, haz algo distinto”. Y lo cierto es que muchos votantes de las democracias parlamentarias occidentales sienten que los partidos que situamos en torno a la socialdemocracia y a un conservadurismo más o menos cristianodemócrata se parecen demasiado.

Llamarle a Trump fascista, fascistoide o protofascista, por muy conveniente que sea, no hace más que demostrar que fascista es una palabra desgastada que se ha convertido en un insulto político sin contenido. Detrás de Trump no hay nada que se parezca a un partido, o a un movimiento. Trump no es Hitler, pero sus votantes (y los de otros populismos, de izquierdas y de derechas, en Europa) sí empiezan a parecerse a los de la Europa de los años 30 del siglo pasado, asustados y abrumados por un mundo en cambio. Tal vez la mayor diferencia es que hoy no están atraídos por una utopía imposible (como el nazismo alemán, el fascismo italiano o el comunismo soviético, esas “dictaduras dinámicas” de las que habla Kershaw). En realidad, quieren que vuelva el mundo en el que unas cuantas certezas, personales y laborales, estaban más o menos claras y en el que ellos, o sus padres, ya han vivido. No es una utopía. Han estado allí.

Después de un siglo en el que todos estábamos admirados por la novedad y deseosos de que llegase el futuro, nos estamos convirtiendo en esos ciudadanos anteriores a la Revolución Francesa que abominaban de todo lo extraño, de todo lo nuevo. Uno de los eslóganes de mayo del 68 decía: “¡Corre, camarada!, te persigue el viejo mundo”. Quién iba a decir que, cincuenta años después, el consejo iba a ser quedarse quieto.

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