Camas calientes

Actualizado el 11/11/2016 a las 10:49
“Mamá, papá, no veoooooo. Toy tolitoooooo”. Mi hijo pequeño, que acaba de cumplir 3 años, entra cual alma en pena en nuestra habitación, como un enanito dando pasitos cortos porque tiene los pies atrapados en su saco de dormir. Son las dos, las tres o las cuatro de la madrugada. La mayoría de los días ni lo sé porque me cuesta horrores abrir los ojos y mucho más, mirar la hora en el móvil que se está cargando en la mesilla de noche. El caso es que mi hijo, noche sí, noche también, entra en nuestra habitación buscando nuestra compañía. Y la encuentra. Al principio, lo metíamos entre los dos y seguíamos durmiendo (más bien intentándolo) pero, desde hace unos meses, yo me escurro hasta el suelo y los dejo solos. Al padre y al hijo, durmiendo juntos. Uno, intentando no caerse de la cama; y el otro, dando patadas a diestro y siniestro. Avanzo por el pasillo como un zombi, entro en la habitación de mi hijo pequeño a tientas y me metó en su cama nido haciendo acrobacias. Menos mal que me alumbra la luz ‘quitamiedos’ porque tengo que escalar y contorsionarme por el hueco que deja a los pies de la cama la barrera metálica forrada con una malla de tela para evitar caídas. Cuando consigo tumbarme, me arropo con el edredón de 'Winnie the Pooh' en esa cama de 90 centímetros, todavía caliente y llena de ositos de peluche. Mi único objetivo; que nadie me despierte hasta las siete y media de la mañana. En la última década han sido infinitas las noches que nos hemos acostado en una cama y hemos amanecido en otra. Dando manotazos contra la pared porque no sabíamos dónde estábamos. O asomando el pie por debajo del edredón para comprobar si pisábamos el suelo frío o estábamos en la litera de arriba. Un tema este, el de dormir, que hace mucha gracia cuando lo cuentas pero poquísima si lo sufres y tienes que ir a trabajar con unas ojeras hasta la barbilla. Y en el que, cuando lo comentas con amigos, compañeros de trabajo, hermanos o vecinos, siempre surge el debate. ¿Eres de los que dejas llorar al niño hasta que se desgañita o de los partidarios del ‘colecho’? (ese vocablo tan moderno con un significado tan antiguo; dormir con el bebé, el niño pequeño o no tan pequeño).
“No sé para qué lo metes con vosotros. Se va a acostumbrar y luego nunca querrá dormir solo”, me lleva diciendo años mi amiga Susana (pero yo, ni caso). “¡Yo no me los meto en la cama ni loca! – me confiesa mi compañera Isabel- Antes prefiero levantarme mil veces de la cama cuando se despiertan e ir a calmarlos a su habitación que tenerlos toda la noche dando patadas”. “Pues a la nuestra pequeña hasta hace poco la dormíamos en la silleta y ahora, en la cama de matrimonio, con nosotros”, me cuenta avergozada mi amiga Estíbaliz. Y Ana, madre partidaria de la educación emocional, me confesó que, aunque estaban en contra, aplicaron el ‘Estivill’ (método del pediatra y especialista en sueño Eduard Estivill, autor del 'best seller' Duérmete niño, en el que aconseja dejar llorar a los bebés para que aprendan a dormir solos). "La niña lloró los primeros días y fue horrible aguantarlo, pero luego nunca más volvió a despertarse”. Comprendo todas las posturas, pero no me caso con ninguna. Hemos aplicado unas y otras en diferentes momentos y a estas alturas de la película lo único que queremos es descansar. No importa dónde ni cómo. Además... no creo que un hijo con 15 años quiera seguir durmiendo con sus padres cuando, a esa edad, ¡justo los saluda! ¡Y a ser posible si no hay testigos delante!
“Yo no 'quedo' dormir a cama mía. 'Quedo' a cama de mamá y papá”, repite mi pequeño todas las noches, por si no hubiera quedado claro, cuando ve que se acerca la hora de acostarse. 'Quedo con mamá'. Y se sale con la suya. Tengo que confesar que me gusta estar un ratito con él, tumbados juntos y aspirando su olor, todavía de bebé, hasta que concilia el sueño. Eso sí, a las doce de la noche y cuando ha terminado nuestro rato de series y sofá, mi marido lo lleva en brazos a su cama. En la que, realmente 'dura' muy poco, ya que a las dos horas vuelve sobre sus pasos. “Chica, ¿qué más te da? El mío hace igual. Todos los días me paso a su cuarto a las cuatro de la mañana. ¡Y eso es aún peor! Porque dormimos los dos en la cama de 90”, me confesaba la otra tarde en el patio del colegio mi amiga Miriam (que en su otra vida es pediatra). “¿En serio? ¿Haces eso? Pues yo a mi pediatra y a la enfermera les mentí el otro día. Me preguntaron a ver qué tal dormía el niño y les dije que fenomenal. Porque si les contaba la verdad me iban a echar la bronca”, le confesé. “¿Sabes a mí qué me dijo la enfermera?- se sumó Estíbaliz a la conversación- Que luego ya no existen silletas para dormir a los niños cuando se hacen mayores... Así que ahora también miento”, se rió.
Cuando nació mi hijo mayor, que ahora tiene 10 años, me devoré toda la literatura que encontré sobre métodos para dormir a los bebés. Me daba igual de qué tendencia fueran porque estábamos desesperados (nos pasábamos la noche paseando por la casa, cambiando de habitación y de camas). Me leí el Duérmete niño, el Bésame mucho (también un 'best seller' del pediatra zaragozano Carlos González, que apuesta precisamente por todo lo contrario a Estivill, por el colecho y la crianza con apego) o el Dormir sin lágrimas. Dejarle llorar no es la solución, de la psicóloga infantil catalana Rosa Jové, a la que entrevisté el año pasado para este periódico, con la misma ilusión que si tuviera delante a mi cantante o actor favorito. Todos los libros que veía en los escaparates o las estanterías de las librerías y que incluyeran la palabra dormir me los llevaba. Y hacía lo mismo con las leches, papillas, infusiones o geles de baño para bebés. Si rezaba en el envase ‘dulces sueños’ o 'relax', las metía en el carro del supermerado. Claro que en aquella época (casi el Paleolítico) aún no se habían popularizado las redes sociales y yo no tenía más que dos amigas con bebés (que encima dormían del tirón y les empecé a coger manía). Por no hablar de mi sobrino, que dormía ‘solito’ y más de doce horas seguidas. Ahí queda eso. Así que, cuando llegó al mundo mi segundo hijo, no nos podíamos creer que conciliara el sueño solo, que pudiéramos dejarlo despierto en el moisés o que se despertara por la mañana y no llorase reclamando nuestra presencia. Y con él no aplicamos ningún método. Venía así de fábrica y continúa igual.
Y con el pequeño no he hecho ningún caso a mis expertos de cabecera, tan profesionales y tan contradictorios entre ellos ("hay que enseñar al niño a dormir y desde los 6 meses tiene que hacerlo en su propia habitación" o "dejar llorar a un bebé para dormir puede crearle ansiedad en el futuro"). Nuestro hijo pequeño ha venido aprendido y ha dormido en brazos, en una mecedora a mitad de noche, en su cama, en la nuestra y hasta en la silleta de paseo. No sé si está bien o mal. Pero todas las noches le hacemos un hueco cuando viene gritando indignado, como un enanito dando pasitos cortos con su saco de dormir, que no ve o que está ‘tolito’.