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Opinión
OPINIÓN

Mendillorri, reserva natural

Fernando Hernández

Fernando Hernández

12/10/2016 a las 06:00
Los canales de documentales entienden la naturaleza como una película de terror: Las serpientes más mortíferas, Patrulla caimán, Naturaleza letal, Peces monstruosos, Los animales más peligrosos del mundo, Los depredadores más letales de Australia, Animales con malas pulgas, Los chimpancés atacan. Todos estos programas están sacados de las parrillas de estos días. (También es verdad que Los rumiantes más pacíficos de Asia no sería un título muy atractivo). Después de unas horas delante de la tele, parece milagroso que hayamos sobrevivido como especie con los vecinos de planeta que nos han tocado.

Esta semana hemos descubierto que podríamos atraer hasta Pamplona las cámaras del National Geographic, y proponer un programa del estilo de Fauna letal en el lago de Mendillorri. La limpieza de ese lago (y aquí lago es una hipérbole del mismo tipo que llamar zona verde a un parche de césped entre dos edificios) ha descubierto peces enormes, como siluros, anguilas o carpas, cientos de percas americanas y unas cuarenta tortugas con un rencor antediluviano en la mirada.

Llevamos al agua, que lo cubre todo, los animales que ya no queremos tener en casa porque han crecido o nos hemos aburrido de ellos. Por esa regla de tres, algún día nos encontraremos en los parques a treintañeros zangolotinos y asilvestrados cuyos padres, hartos de que no quieran irse de casa, habrán decidido abandonarlos en la naturaleza. Es lo mismo que se hace con un cerdo vietnamita ya entrado en peso. A lo mejor Hansel y Gretel no eran dos niños cuando sus padres los abandonaron en el bosque, sino una pareja encallada en los adolestreinta, en la feliz expresión que recoge Laura Santolaya en su libro.

Además de ser una reserva salvaje, el estanque tenía vocación de trastero de programa de subastas. Allí habían terminado una cadena de música, un esquí, un fragmento de una estatua, cámaras de fotos, sillas de cámping, juguetes. Menos mal que lo hemos limpiado, porque si no, con unos miles de años de diferencia, los arqueólogos del futuro pensarían que hacíamos extraños sacrificios a dioses caprichosos. Por ese camino, no habrá que encargar la limpieza a una empresa de desciegues, sino a una de salvamento de tesoros sumergidos. Si los cacharros encontrados van a terminar en una exposición del Museo de Educación Ambiental, no habría nada más lógico.

También se han encontrado aparejos de pesca. Deben de ser de gente que se apunta a la moda de la paleodieta y que pretende comer sólo de lo que consigue con sus manos, como cuando éramos cazadores y recolectores y nuestra vida era dura, violenta y, sobre todo, breve. Pescando ‘black bass’ en un barrio de Pamplona. Sería una idea para el canal de Caza y Pesca.

Hemos convertido un estanque urbano en un vertedero de objetos y de animales, y supongo que haremos lo mismo con todo lo que nos pongan por delante. Nos portamos tan mal que no podemos tener cosas bonitas.
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