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Opinión
OPINIÓN

Armarios de otoño

Actualizada 27/09/2016 a las 07:38
"¡Venid a probaros estos pantalones!", grité desde la habitación del fondo del pasillo a mis dos hijos mayores que estaban (¡qué raro!) viendo la tele en el salón. Era un domingo por la mañana de finales de verano, pero el otoño se había colado con prisas, entre una persistente lluvia y una temperatura de unos 15 grados. Yo estaba sentada en el suelo de la habitación de mis hijos, con sus dos armarios abiertos de par en par, varias montañas de camisetas, pantalones, camisas, jerseys, calzoncillos y zapatos rodeándome y un ataque de ansiedad a punto de salir por mi boca con no muy buenas palabras. "¡Qué vengáis he dicho! ¿Estáis sordos?", les espeté empezando ya a temer por su capacidad auditiva. "Luego, mamá. Estoy muy cansado", zanjó mi hijo mayor con el mando de la tele en la mano y repantingado en el sofá. "A probarnos pantalones, noooo... ¡Qué rollo! ¡No me gusta", le siguió la corriente (por una vez) el mediano. ¡Anda! ¡Como si yo no estuviera cansada y me estuviera divirtiendo toda la mañana del domingo sacando ropa de armarios, bolsas y cajas de los altillos!

El día anterior nos habíamos pasmado de frío, los niños aún con sus pantalones cortos; y yo, con mis vestidos de verano (a mi marido le da igual porque viste del mismo modo invierno y verano, vaqueros y camisas o camisetas de manga corta o larga, a elección). Así que había que pasar el ‘trance’ cuanto antes. Y, entre protestas del mayor y del mediano, les fui pasando varios pantalones del invierno pasado para ver si les valían. "No me cierra", lamentaba el de 7 años, que siempre está creciendo y la ropa no le sirve ni una temporada. "A mí este me queda muy mal. Además, no me gusta. Es de 'pringao'", protestaba el de 10 años, poniendo cara de asco ante unos pantalones de loneta que le compré para una comunión la primavera pasada. "¿Y qué quieres? ¿Ir todo el día en chándal? Habrá que tener algo de ropa arreglada, digo yo...". Creo que no le convencí porque se quitó los pantalones (con los calzoncillos incluidos, como hacen siempre, de forma que las perneras salen por los agujeros de la ropa interior como los chorros de una fuente) y los tiró hechos un ovillo encima de la cama. "¡Buf! ¡Vaya día! Y esto no ha hecho más que empezar", pensé para mis adentros mientras el pequeño, de 2 años, saltaba muy divertido encima de las prendas de ropa y se dedicaba a lanzárselas, cual proyectil, a su hermano mediano. "Marie Kondo, ven en mi ayuda", suspiré. Y no. No me había vuelto (más) loca. Invoqué, como una penitente, a la gurú japonesa del orden que se ha convertido en un fenómeno súper ventas gracias a su libro 'La magia del orden. Herramientas para ordenar tu casa... ¡Y tu vida!' Magia. Eso era lo que yo necesitaba.

Marie Kondo es un buen ejemplo de alguien que ha hecho de su obsesión su negocio. ¡Y vaya negocio más lucrativo! Mientras todas sus amigas jugaban a la cuerda, de niña, ella pasaba horas embelesada leyendo revistas de decoración y... ¡ordenando los armarios de sus padres y sus hermanos! "Cuando experimentes lo que es tener una casa realmente ordenada, sentirás cómo se ilumina todo tu mundo", dice en su libro (Ediciones Aguilar 14,15 euros) del que ha vendido más de tres millones de ejemplares en treinta países y que va por su decimocuarta edición. Y, por si no hubiera quedado claro, añade: "tu verdadera vida comenzará después de poner tu casa en orden". Así que, ¡cómo no intentarlo al menos! Aunque en mi caso, mi nueva vida me iba a costar bastante trabajo y dolor de espalda, por no hablar de los estornudos entre toneladas de polvo al bajar las cajas de plástico de los altillos. ¡Como se nota que la buena de Marie Kondo no tiene hijos, lo que ayuda bastante a mantener la casa en orden! Porque, aunque yo recoja los zapatos, haga bolsas con las prendas de ropa pequeñas y las etiquete con las edades correspondientes, cuelgue camisas en perchas y alinee perfectamente los pijamas en sus cajones... ese oasis durará poco. En uno o dos días, a lo sumo, el caos se habrá adueñado de nuevo de los armarios de mis retoños que tiran todas las camisetas al suelo para coger la de abajo, abandonan los zapatos a su suerte (generalmente uno en la cocina y el otro, en el baño, con lo que es difícil dar con el par completo para salir a la calle) y las chaquetas de los pijamas nunca encuentran a sus pantalones compañeros (amén de decir que, por su puesto, ya no están doblados, sino metidos a presión en los cajones).

En esas andaba, comiendome los hígados y escuchando las protestas de mis hijos porque estaban agotados de probarse esos pantalones ‘tan feos’ (con las camisas ni lo intento, compruebo la talla por encima de un jersey que les vale y listo), cuando me acordé de los consejos de otra amante del orden, la bloguera y periodista pamplonesa Andrea Amoretti, a quien entrevisté el año pasado. Y ella sabe de lo que habla porque es madre de cinco hijos de entre 3 y 13 años. Autora del libro ‘El estilo que te hace feliz’, inicia sus enseñanzas animando a desechar lo que no nos gusta y a "aligerar el armario". “Esa camisa que no nos ponemos y que todos los inviernos termina la temporada colgada en el armario, ¿por qué no la retiramos”, apuntaba en una charla que impartió hace unos meses en Pamplona con motivo de la presentación de su libro. Con el mantra de “menos es más”, Amoretti aconseja tener “poca ropa pero que nos haga feliz”. El mismo consejo que no se cansa de repetir Marie Kondo. “Deberíamos rodearnos únicamente de aquello que nos trae felicidad. Para algunas personas serán un montón de cosas. Para otras, solo un puñado”, dice la japonesa. Así, que seguí su consejo y empecé a guardar sudaderas viejas, calcetines desparejados, calzoncillos heredados con tres vidas, zapatillas con las punteras desgastadas, que no me hacen nada, pero que nada, feliz y los fui agrupando en bolsas. “Para dar a la parroquia” o “Para tirar al contenedor”. La ropa pequeña en mejor estado ya la había guardado en cajas de plástico del chino en bolsas del supermercado para los sobrinos o hijos de amigas.

Así que, por la tarde, cerré por fin los armarios y admiré mi obra maestra que no era otra que unos armarios perfectos. Mi marido había subido las cajas que no utilizaremos en tiempo al trastero y había dejado las de la ropa del verano en los altillos de los armarios. Y las siete bolsas de plástico que había acumulado esperaban en ordenada fila india, cada una con la etiqueta del nombre del agraciado al que iban destinadas, en el vestíbulo de casa a que vinieran a rescatarlas. Mis hijos otra vez tenían ropa apropiada y los armarios se habían vestido de otoño. Pero entonces el espejo del baño, en el que me estaba lavando las manos, me devolvió mi imagen. Un rostro ojeroso, un pelo enmarañado en un moño improvisado y una camiseta raída y un pantalón de chándal viejo me miraron con pena. Error. No había seguido uno de los consejos de Marie Kondo y parecía una pordiosera. “No me parece bien conservar ropa que no se usa para andar por casa. El tiempo que pasamos en nuestro hogar es una parte preciosa de la vida. Y su valor no debe cambiar porque nadie nos vea”, escuché resonar en mi mente esa frase de su libro como una sentencia lapidaria.

Sí, sí... Es fácil decirlo. ¡Me gustaría ver cómo acaba ella tras una batalla campal! Después de una guerra en la que estás oculta al fondo del pasillo y en la que tus enemigos se niegan a probarse la munición (digo, los pantalones) que les ofreces y el más pequeño de tus soldados salta sin ningún miedo entre las trincheras de pijamas y camisetas. Marie Kondo, te invito a que vengas a mi casa cualquier día y compartas tus trucos para ordenar en tus grupos de fans en Facebook. ¡Seguro que esos vídeos se convertirían en virales! Ah, eso sí, pero no vengas con cualquier trapillo de andar por casa. Sino bien arreglada y rebosando 'glamour'.

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