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Opinión
FAMILIA

Querido Xabitxu

12/04/2016 a las 06:00
Querido Xabitxu,

Hace una semana, por fin recibiste tu regalo más deseado. No era un coche de la Patrulla Canina, un camión con los que te encantaba jugar en el parque ni un nuevo peluche de Peppa Pig. Sino unos pulmones chiquititos pero nuevos. Llevabas casi tres años buscándolos. Desde el día en que naciste, con una grave malformación cardíaca que después te afectó a los pulmones y no te dejaba respirar bien. Por eso, tenías que ir a los columpios con una mochila cargada de botellas de oxígeno. Porque te cansabas al subir al tobogán y al correr con los demás niños. El martes pasado, 5 de abril, los médicos del hospital Vall d' Hebron de Barcelona, donde te querían curar desde que llegaste el 21 de diciembre, llamaron a tu mamá para darle una buena noticia: tus pulmones nuevos por fin habían llegado. La operación del doble trasplante era arriesgada y se prolongó durante dieciséis horas. Al principio, parecía ir bien pero después "todo fue mal". Tu cuerpo los rechazó y sufriste varias hemorragias, que son como unas heridas muy grandes que no se curan solo con agua oxigenada y una tirita. Después de más de 48 horas conectado a una máquina, al final, el jueves a media tarde te marchaste sin haber dejado de luchar ni un momento. Aferrándote a la vida, como siempre. Te nos fuiste, tú que eras tan valiente y que estabas a punto de cumplir los 3 años, que hubieras celebrado con una merendola con tus amigos el 7 de mayo, justo un mes después de tu partida. Te nos fuiste, dejando un gran dolor en tu mamá, Itziar, en tus tres hermanos mayores, en tu abuela Conchi, en el resto de tu familia y en todas las personas que seguimos tu evolución. Porque, Xabitxu, desde que vivías en Huarte y mientras estabas en Barcelona, te has hecho famoso. Los amigos de tu mamá organizaron galas benéficas (con magos, hinchables y pintacaras, que te hubieran encantado), torneos deportivos y bailes de gigantes y cabezudos. Todo por ti, pequeñajo, chiquitín, bonito.


No tuve la suerte de conocerte pero sí a tu mamá, a Itziar Dramón Munilla, una pamplonesa a la que la vida le ha hecho sufrir mucho. Pero ella no quería vivir un drama, como le marcaba su apellido, sino que ha luchado por ti y por tus hermanos. Y eso a pesar de sus problemas de salud (la fribromialgia, la artrosis, la hernia de hiato o las depresiones que no la dejaban trabajar, como había hecho hasta hace poco, en la hostelería, limpieza o cuidando enfermos). Desde hacía un tiempo no había más enfermo que tú y por ti ha vivido. Se ha desvivido. Se trasladó contigo a la ciudad condal y desde diciembre os alojabais en la casa Ronald McDonald (de la fundación del mismo nombre y financiada por los restaurantes de comida rápida para ofrecer alojamiento gratuito a niños enfermos como tú, que tienen que ir al médico lejos de su casa). Y como tu mamá no podía trabajar, muchas personas quisieron ayudaros. No para pagar a los médicos, las enfermeras, las estancias en el hospital... (que eso ya lo cubría la Seguridad Social, algo que tú no sabe qué es pero ya te digo yo que se trata de una cosa muy buena, por lo que todas las personas, sean ricas o pobres, se pueden curar cuando están malitas sin tener que pagar nada de nada) sino el metro, el autobús, la comida... El primero en impulsar esas ayudas fue Víctor Rodríguez, amigo desde pequeño de tu mamá, que lleva al kiliki Barbas en la comparsa de Gigantes y Cabezudos de Pamplona y que "animó" a la de Buztintxuri a finales de septiembre de 2014. Los gigantes Mikel, Ana, Antonio y Felisia, que nacieron el mismo mes que tú. Mi compañera Belén Armendáriz cubrió ese acto y publicó un entrañable reportaje en la contraportada de Diario de Navarra que tituló "Apoyo gigante para Xabitxu". Otra de mis compañeras, Laura Miranda Calleja, lo leyó y le llegó al corazón. Sin conocerla de nada, se puso en contacto con tu mamá para ayudarla en "todo lo que hiciera falta". En enero de este año organizó la gala benéfica en la sala Totem de Villava para recaudar fondos para ti. Consiguió implicar al Mago Hodei, al grupo Larratz Dantzari Taldea de Burlada, a la compañía de teatro La Banda, al grupo de gimnasia de Huarte, a los pintacaras de Maikampanilla y a los hinchables de Disniruña. Todos colaboraron gratuitamente por ti y para ti. Todos ellos y las cientos de familias que acudieron a la gala y pasaron una tarde divertida, un frío sábado de invierno. Yo también fui con mis tres hijos y los mayores (9 y 7 años) me preguntaban muchas veces por ti. "Mami, ¿Xabitxu ya ha encontrado sus pulmones?", querían saber de vez en cuando. El martes pasado les di la buena noticia del trasplante y se pusieron muy contentos; pero el jueves tuve que contarles que te habías marchado. Y los dos lloraron porque miraban a su hermanito pequeño que tiene tu misma edad... y no lo podían comprender.

Itziar, el otro día no sabía qué decirte. Enmudecí. Has vivido algo inhumano, perder a tu hijo antes de irte tú. El pediatra pamplonés Agustín Madoz Jáuregui, ya jubilado pero que ha atendido a miles de niños de toda Navarra, en el antiguo Hospital Virgen del Camino y en su consulta privada del Primer Ensanche de Pamplona (que también atendió su padre, con el que compartía nombre y profesión), me decía en una entrevista para este periódico que nunca ha entendido la muerte de un niño y eso que le ha tocado asistir a varias. "Yo he tenido una teoría; en la vida todo tiene su tiempo, el del nacimiento, la Primera Comunión... Y que se muera un niño es una sinvergonzada terrorífica. Es antinatural y nunca lo he podido asumir. Que me muera yo, que soy un viejo... ¿pero un niño que no ha hecho nada en la vida? Es muy duro", confesaba este médico que está a punto de cumplir 73 años. Algo similar escribía en un artículo de opinión también en este periódico el psicólogo clínico Iosu Cabodevilla. Y lo hacía citando al teólogo Jesús Burgaleta: "Cuando se altera el orden natural ("muere el padre, muere el hijo, muere el nieto"), el dolor se vuelve espeso y se muestra de color amarillo, de sabor ácido, de sonido sordo, de olor a pera". Ante la muerte de un hijo, añadía, enmudecemos. "Hasta el propio idioma calla. ¿Cómo llamar a quien pierde un hijo o una hija? Si perdemos a nuestra pareja seremos viudo o viuda, si perdemos a nuestros progenitores, seremos huérfano o huérfana. ¿Y si al que perdemos es a nuestro hijo o nuestra hija? Ni tan siquiera el propio lenguaje quiere nombrarlo. No hay palabra que defina esta situación. Y el entorno más cercano apenas logra aliviar este dolor". Pero Cabodevilla ofrecía también unas palabras de consuelo ante el mayor desafío de la vida, "vivir sin esa persona a la que vimos nacer y hemos criado". El duelo se elabora sanamente, insistía, según se va aprendiendo a recordar e integrar "lo mejor de la relación con nuestro queridísimo y añorado hijito".

Y esto, tú, Itziar, seguro que lo sabrás hacer dentro de un tiempo. Porque, como me confesabas, sabías que "Xabitxu había venido al mundo para algo", que su vida no ha sido en vano. ¿Verdad que no, chiquitín? Tú no has sufrido porque eras un niño y te fuiste alegre. "Adiós, mami, me voy a portar bien", le dijiste antes de entrar al quirófano. Has disfrutado muchísimo, como el verano pasado en la playa con tus amigos de la Ronald McDonald, viendo dibujos animados o con los futbolistas del Barça. ¡Qué guapo salías en la foto con Andrés Iniesta! Casi tan guapo como te has ido, con esa chaqueta azul marino tan bonita y elegante, y abrazado, como siempre estabas, a George, el hermanito pequeño de Peppa Pig. Aunque al final los pulmones no te sirvieron, sí que fueron un regalo. Como el que has sido tú para tu mamá y para todas las personas que te han querido. Descansa en paz, querido y pequeño Xabitxu.
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