Navarros Globales

De Murchante a Londres, una historia de trece años de superación

Nada más acabar Educación Social, la murchantina Isabel Hernández Aguado recaló en Londres, con poco dinero y escaso inglés. Empezó de friegaplatos en un café, cambió de trabajos, se formó, fue recepcionista, asistente personal y ahora es manager de un estudio de fitness, un gimnasio boutique

Isabel Hernández Aguado pasea por Picadilly Street, en el centro de Londres
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Isabel Hernández Aguado pasea por Picadilly Street, en el centro de Londres
Isabel Hernández Aguado pasea por Picadilly Street, en el centro de Londres

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Pilar Fernández Larrea

Publicado el 23/10/2023 a las 05:00

En su primera entrevista de trabajo en Londres solo entendió la palabra good bye, suficiente para interpretar que le invitaban a marcharse. No desistió. A la tercera recibió un ok para un empleo fregando vajilla en un típico café. “Pero no me quedó claro qué día empezaba, así que pasaba por allí a diario, por si acaso”. Lo cuenta entre risas Isabel Hernández Aguado. Hace trece años de aquello, ahora cuenta 36 y un denso currículum en el que ha pasado por diferentes trabajos y oficios, tiempo en el que se ha formado y ha dejado de pensar solo en empleos que le proporcionaran mejores condiciones económicas y la oportunidad de enriquecer su vocabulario inglés, para buscar otros que le procuren calidad de vida. Lleva un año “encantada” como manager, jefa de un estudio fitness, un gimnasio boutique.

La historia de Isabel camina paralela a la superación, a la de caerse y volver a levantarse, una y otra vez. “Cuando me piden consejo para venir a Londres les digo dos cosas. Para vivir aquí hay que saber reírse de uno mismo y por otro lado es importante observar y preguntar”.

Isabel estudió Primaria en el colegio de su pueblo, en Murchante. Luego completó su formación con un grado superior en la ETI de Tudela y se diplomó en Educación Social en la Universidad de Barcelona. “Pero no era mi vocación. Es muy bonito, yo era una adolescente y me sirvió para poner los pies en la tierra, me enfrenté a casos duros y concluí que no me podía quejar de la vida que tenía. Pero me veía muy joven para lidiar con temas tan difíciles y lo cierto es que cada fin de semana deseaba volver a Tudela para trabajar como camarera de bodas. Nunca ejercí de educadora. Hice las prácticas en  Nuevo Futuro, en Madrid, donde debía ejercer de papá y mamá para niños acogidos en un piso. Aquello me humanizó”, explica Isabel e insiste en que se veía demasiado joven para esa responsabilidad. Le gustó Barcelona, también Madrid, pero le apetecía “algo todavía más grande, tal vez por la dificultad y el reto” y porque le gustaba mucho el inglés. “Dominar el idioma me ha dado confianza, ya no tengo miedo de ir a ningún lugar del mundo”, repara en la importancia de la lengua. Llegó a Londres con 23 años, “con un dinero limitado” y con lo que una agencia le había ofrecido: alojamiento por un tiempo y diez entrevistas de trabajo.

En aquel primer empleo de friegaplatos le pagaban cuatro libras y media la hora, en metálico. “Estuve seis meses, he cambiado mucho de trabajo, luego a un bar de zumos, una panadería... a los dos años hice un curso en una academia para poder trabajar como recepcionista y me contrataron en un hotel. No me importan los cambios, me adapto, pero era la única española en clase y siempre he tenido la sensación de que debía dar el doble que los demás. Al mismo tiempo, demostrarlo te hace fuerte”, reflexiona al otro lado del teléfono. Estuvo dos años en una aseguradora, en un edificio enorme con 4.000 empleados, tantos como habitantes tiene Murchante. “Cuando trabajaba en el café decía, no quiero ser la que sirve el café, sino la que viene a pedirlo y cuando cogía el teléfono en la aseguradora para contactar con la asistente personal lo mismo, aspiraba a ser la asistente”, cuenta que al poco llegó la oportunidad y se empleó tres años en la Fórmula E, la compañía de Alejandro Agag, como asistente personal. “La competitividad en este sector era grande y no se podían mostrar emociones. Hace dos años, tras la pandemia, pensé que ya bastaba de dar prioridad al dinero y al inglés y que debía buscar algo que me hiciera más feliz. Llevo un año como jefa en un estudio fitness donde los clientes abonan 200 euros al mes, al frente de un equipo de nueve personas. Trabajo dos días de 6:30 a 14:30 horas y otros dos de 1 a 9 y los domingos de 8 a 4; siempre me turno con otra compañera”, describe Isabel. Vive a cuatro minutos a pie del trabajo, en Hammersmith, al oeste de Londres. “Con los años aprendes y eran demasiados metros y buses ya...”, apunta eso sí, que la zona es cara y ahora comparte vivienda con una amiga.

Le gustaría en unos años abrir un estudio de pilates en España. No tiene claro dónde, pero sí el concepto. El mismo que le hace feliz ahora, con buen ambiente y donde cada viernes se comparte un vino con los clientes y el domingo, un café.

En estos trece años ha hecho amigos, pero muchos se marcharon con el Brexit. "Pero lo cierto es que con su entrada mi situación no ha cambiado nada, todo sigue igual", asegura.

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