Opinión

El mundo que nos viene

Jorge Labarta
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Jorge Labarta

Actualizado el 29/04/2022 a las 15:27

En una reunión de amigos, hace unos días, una amiga me pedía opinión sobre la situación económica actual.

Tras su pregunta, muchos de los asistentes comenzaron a hablar acerca de cómo estaba el Mundo y a dar su opinión sobre cómo veían las cosas.

Yo comencé a hablarle sobre el progresivo encarecimiento de los cereales, base de la alimentación animal y de la nuestra propia, de los precios históricos del gasoil, también sobre la fuerte apreciación que estaba teniendo el dólar, y sobre cómo todo ello combinado estaba causando un empobrecimiento silencioso y brutal de la población. Especialmente, si incluíamos también el coste del gas y la electricidad.

Seguí contándole que, por mi trabajo en la gestión de riesgos financieros, no veíamos al menos a fecha de hoy ningún indicador que nos hiciese pensar que eso iba a cambiar pronto.

Recuerdo su cara de preocupación cuando también le dije que para mí no tenía ya ningún sentido una política monetaria con tipos al 0%, que no ha conseguido nada sino dar tiempo a los políticos para que los Estados sigan perdiendo dinero (déficit), evitando encarar la eficiencia como cualquier organización, y aumentando una deuda que todos vamos a tener que ir pagando con mayor intensidad.

En ese momento me di cuenta de dos cosas: una de ellas es que a la población cada vez le está preocupando más la situación económica del Mundo que nos viene. Mucho más que en otras ocasiones. Y la segunda es que mi respuesta era sumamente negativa, centrada en todas las variables que están alineándose para que nos vengan muy mal dadas.

Después de meditar esto le expuse que el impacto del precio de los combustibles ha terminado de mover la conciencia hacia un mundo de energías renovables, y que los profesionales que se orienten hacia ese sector probablemente tendrán trabajo.

Que los elevados precios del trigo ya han propiciado que la UE autorice el uso de tierras en barbecho en España y otros países, lo que aumentará el cultivo local, generando entornos más sostenibles que no dependan de países a miles de kilómetros.

Y que la fuerte apreciación del dólar resta competitividad a países exportadores como EEUU o China, que suelen cobrar en dólares, frente a proveedores locales (españoles o europeos) que cobran en euros. La pandemia movió conciencias acerca de la industria local, y la enorme dependencia de países lejanos. Pues ahora además tenemos a favor el efecto divisa, pudiendo potenciarnos como regiones exportadoras.

El Mundo que nos viene no tiene demasiada buena pinta, si se mira con objetividad, pero siempre es maduro agarrar la realidad y enfrentarla.

Va a tocarnos ser mucho más austeros que nunca, porque tendremos que priorizar nuestros gastos hacia bienes y servicios básicos, pero realmente básicos. Nuestra vida cotidiana deberá ser más eficiente, y también deberán serlo las empresas nacionales para que sus márgenes sigan siendo positivos ante tal escalada de costes. Deberemos ganar un mayor salario para compensar la elevada inflación, pero para poder pagarlos nuestras empresas deberán ser más competitivas.

Hay variables que no podemos controlar como en encarecimiento del gasoil, del gas, del trigo, el acero, o de otras materias primas, pero los estados pueden tomar muchas medidas para que la sociedad no sea tan dependiente de ellas. Y esto siempre ha podido hacerse, luego ha sido cuestión de voluntad.

Ampliar las superficies cultivables locales, potenciar las energías renovables con normativas estables, y promover la mayor eficiencia de las industrias locales pueden ser mejores recetas que las políticas monetarias o fiscales, que se están viendo totalmente obsoletas e ineficientes para equilibrar la economía.

En mi opinión, estamos en tiempo de que profesionales que sepan gestionar recursos, y no personas que centren sus esfuerzos en la oratoria, tomen los mandos de la nave. Profesionales asertivos que nos digan a la cara que un estado no puede perder dinero todos los años y endeudarse cada vez más.

Pienso que vienen años en los que los pensamientos ideológicos y abstractos, y los “rizar el rizo” deberían dejar paso al pragmatismo propio de la supervivencia básica de los pueblos, para garantizarse suministros cercanos, mantener el calor de sus casas y facilitar la movilidad.

Y para ello la educación financiera y el pensamiento crítico son esenciales.

Jorge Labarta, socio fundador de Quant, consultora de divisas y materias primas

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