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Entrevista
Vinos

Julián Chivite: “Pesa ser el último de once generaciones, pero aún tengo gran ilusión por el vino”

Su lazo sanguíneo con el vino se remonta a 1647. Una mala decisión empresarial llevó a la deriva al grupo familiar, pero Julián Chivite López trabaja para construir una bodega en Legardeta

Julián Chivite López, en el viñedo de Legardeta, donde quiere construir una bodega de la mano de la familai Suqué una vez que remita la pandemia.
Julián Chivite López, en el viñedo de Legardeta, donde quiere construir una bodega de la mano de la familai Suqué una vez que remita la pandemia.
DN
Actualizada 28/01/2021 a las 16:49

Julián Chivite López llega a la entrevista en Pamplona desde Cintruénigo. Allí, en la casa donde se crío entre vino y cepas, reside de lunes a viernes. A sus 70 años, está al frente de gran parte de lo que un día fueron las propiedades familiares y que estuvieron al borde de una suspensión de pagos, aunque desde 2017 están dirigidas por la familia Suqué (grupo catalán Perelada). Este bodeguero de cuna se ha dejado los últimos diez años de su vida intentando evitar la desaparición para siempre de lo construido por diez generaciones anteriores, en especial por su padre, con quien comparte el nombre.

2015 fue un año clave. Vendió el Señorío de Arínzano, diseñado por Moneo, al magnate ruso del vodka Yuri Shefler. El resto de las propiedades -las que hoy gestiona Julián- pasaron a manos a un fondo formado por varios grandes bancos llamado Fénix y que, posteriormente, fueron adquiridas por la familia Suqué. Son las posesiones que forman el Grupo Bodegas Gran Feudo y que incluye la bodega originaria de la localidad ribera (vinos Gran Feudo), la bodega Viña Salceda (en El Ciego, DOC Rioja) y J. Chivite Family Estates (una finca de 300 hectáreas en Legardeta de donde salen vinos legendarios como los 125 Colección y otros nuevos como Las Fincas).

El fin de semana Julián Chivite lo disfruta en San Sebastián, donde reside su mujer, Elena Pereda, una donostiarra con la que se casó a finales de 2018, en un acto sencillo a los cinco meses de morir su madre. Ella tenía dos hijos de una relación anterior, José María y Juan, a los que Julián conoció hace 19 años, cuando eran niños, y a los que se refiere como “mis hijos”. “Me precipité porque me casé a los 58 años”, bromea.

Su padre también fue tardano para casarse.

Se casó a los 40 y mi abuelo a los 42 y tuvo trece hijos. El último fue mi padre. Yo he rebasado todo. Ya no tenía intención, pero conocí a la que es mi mujer. Estoy feliz y tengo dos hijos maravillosos.

Físicamente creo que usted se parece a su padre.

(Sonríe) Eso dicen. Y si me pusiera gafas, pero estoy operado, todavía más.

¿Y en el carácter?

Creo que también. Lo de ser Chivite marca bastante. Me veo gestos, frases, la manera de enfocar la vida, los negocios, aunque hayamos tenido las turbulencias que hemos tenido. Aprendí mucho con ese hombre.

Prácticamente todo.

¿Cómo lo recuerda?

Como empresario está claro que fue un hombre visionario, pionero en muchas cosas y el hombre más tenaz que he conocido, además de ser muy inteligente.

¿Y la faceta de padre?

Esa parte la llevó bien, quizá demasiado autoritariamente. Mi madre se ocupó más de la parte afectiva, de los colegios... Era la que suavizaba las cosas...

¿Tan estricto era?

Es que él mismo demostraba que no perdía el tiempo. El domingo por la tarde nos sacaba del partido de fútbol que estábamos jugando y nos llevaba a ver las viñas en Marcilla. Le agradezco que nos enseñara a trabajar, a que nada cae del cielo. Otra cosa que tenía muy clara es que había que saber idiomas. Ahora es fácil pensar así, pero hace 50 años... Todos los hijos acabamos hablando dos y tres idiomas.

Parece que no fue fácil la transición del negocio.

Era un hombre de ideas muy firmes. Para cambiar cualquier cosa en la bodega era muy difícil. Hasta que empezó a soltar amarras tuvimos nuestros más y nuestros menos. Los mayores porque nosotros veíamos la importancia del marketing y la publicidad. En casa había de todo, desde destilerías a vinos grandes y otros de gama media. Todo era Chivite y había que decidir a qué se ponía Chivite. Todo no podía ser. Una frase de mi padre era: “¡Ya estáis con las etiquetas!”.

¿Se puede contar alguno de esos roces?

Sí. Llevaba a gala que fue el primero en usar un camión cisterna para el vino cuando otros lo llevaban aún por ferrocarril. Aquel primer camión salió en el famoso NO DO como símbolo del progreso en España. Mi hermano Carlos y yo le dijimos que había que quitar el apellido del camión. Supongo que le dolería. Comprensible. Es que en mi casa, para suerte o desgracia, trabajabas al mediodía, te ibas a comer y seguías hablando de lo mismo. Te ibas a la tarde y, en la cena, igual. Eso no es bueno. Estar todos encima con la misma persona. Los temas se hacían eternos. Luego, cada uno voló por su lado y ya nos juntábamos con más ganas en Cintruénigo.

Su destino estaba marcado.

Estudié Administración y, en teoría, iba a ayudar en la gestión, pero mi padre me llevó a Suiza, me presentó a los clientes principales y hasta hoy. Empecé a viajar por Europa abriendo mercados. Me pasaba seis y siete meses al año en el extranjero vendiendo vino.

¿Nunca pensó dedicarse a otra cosa?

No. Lo tenía muy claro. Mi padre nos fue conduciendo hacía el vino y todos caímos. Pero hoy es el día que el mundo del vino aún me tira. Me chifla aprender, meterme en una vinoteca de Londres. Me pasaría horas viendo etiquetas. Cada vez soy más selectivo. Creo que a los 70 me lo puedo permitir. En la empresa me ocupo de todo pero, si me dejas, me voy a los vinos de alta gama.

Para grandes vinos se concibió el Señorío de Arínzano. Era la joya de la corona y resultó una trampa mortal.

Hubo que vender Arínzano para subsistir. Aquí entramos en un terreno... Bueno, a la muerte de mi padre, los únicos cargos que hubo en la bodega fueron el de la presidenta que era mi madre y el mío como vicepresidente. En 2007 nos echaron a los dos y mi hermano Fernando fue el presidente y CEO. Cuando volví en 2011 lo hice como presidente ejecutivo, cargo que mantengo hoy. En ese periodo, entre 2007 y 2011, el Grupo pasó de un ebitda, un indicador financiero, positivo a cerrar 2010 con un ebitda negativo, de 5 millones. Las ventas pasaron de 29 millones a 18,5 en tres años y medio. ¡Un drama! A mí me nombró la banca presidente ejecutivo en 2012, cargo que mantengo en la actualidad también con la familia Suqué.

Ahora, a toro pasado, ¿cuál fue el error con Arínzano?

Había que haber hecho toda la gama de vinos Chivite allí. Me di cuenta de que habíamos fracasado cuando llevábamos clientes y salíamos de la reunión con un pedido de mil cajas de rosado Gran Feudo. Pensaba: ¡la hemos jorobao! Algunos ya lo dijimos y nos costó la separación. Para vender Gran Feudo no necesitábamos Arínzano. Nos cavamos nuestra propia tumba. Hicimos Arínzano y no le dimos de comer. Se hizo la inversión sin tener claro qué se iba a elaborar.

El fracaso forma parte de la vida. Ha conseguido evitar la liquidación, mantener la firma Chivite, que goza de reconocimiento.

Bueno, me doy por satisfecho, pero es un sentimiento agridulce. La baronesa de Rotschild decía que crear una marca era fácil, que lo complicado es mantenerla los 200 primeros años.

Es inevitable pensar en su padre. ¿Cuántas veces ha pensado: si levantara la cabeza...?

¡Buah! Quinientas mil veces. Nos hubiera sacudido a todos, pero espero que a mí el último.

Vayamos al presente ¿Cómo se lleva pasar de ser jefe a tener un jefe, Javier Suqué?

Estoy contento. Es fácil trabajar con él. Creo que confían en mí. Lo conocía de antes y contacté con él para la venta. Es un hombre que se deja aconsejar y tiene una cabeza privilegiada. Tengo bastante autonomía, aunque para los temas grandes le consulto siempre, como para lo de la nueva bodega en Legardeta.

Se reservó las 300 hectáreas para una finca con bodega. ¿Cómo está ese proyecto?

Pues justo antes del coronavirus ya estábamos hablando de ello. La finca tiene unas 140 hectáreas plantadas de viña y de ahí salen los vinos de J. Chivite Family Estates, pero la pandemia ha paralizado todo. Es una finca que me ilusiona mucho, donde veo mucho futuro, una maravilla de viñas.

¿Tiene ya anteproyecto o proyecto de la bodega?

No. Tenemos las ideas claras, pero aún no se ha plasmado. Con todo lo que está pasando...

¿Cómo la imagina?

Pequeña, funcional, en mitad de la finca y con la máxima atención que se pueda al visitante. Queremos invertir mucho tiempo ahí. Tenemos una pérgola y ya recibimos a gente en la finca, para tomarse un jamón y hacer una cata. El enoturismo es fundamental.

Lleva medio siglo en el vino y se le ve que disfruta con esa finca.

Pues sí. Estoy muy centrado en sacar adelante Legardeta.

Usted es el último de la decimoprimera generación de Chivites ligada al vino. Su tres hermanos fallecieron jóvenes por el maldito cáncer.

La enfermedad es cruel. Para mi madre fue muy duro ver morir a dos de sus hijos, Mercedes en 2005 y Carlos en 2006...

¿Hay relevo?

Pues será complicado. No vislumbro a ningún Chivite en las viñas. Mis hijos no van por ese lado y mis sobrinos, aunque no puedo contestar por ellos, no lo creo.

¿Pesa mucho ser el último, poner el punto final a una saga del vino?

Pues pesa, pero es lo que hay. Es lo que me ha tocado… Aún tengo gran ilusión por el vino . Me siento afortunado de haber dado con la familia Suqué. Me gustaría un día recomprarle una pequeña parte de propiedad, tener un trozo, aunque eso no signifique que vaya a trabajar ningún hijo. No sé, por recuperar cosas que eran nuestras y, por circunstancias, no están.

Acabamos de descorchar el 2021. ¿Qué le pide?

Estoy encantado con los vinos tintos de Legardeta, pero me gustaría hacer un gran tinto . Tenemos de enólogo a César Muñoz, que estuvo trabajando con Denis Dubourdieu los cuatro años anteriores a su fallecimiento. Es mi sueño.

“En la federación trabajamos por reactivar el consumo moderado de vino”

En noviembre fue nombrado vicepresidente de la Federación Española del Vino (FEV ).

Sí y es un honor representar al sector. La FEV data de 1978 y yo estuve entre los bodegueros inquietos de toda España que impulsamos su refundación, enfocándola hacia los vinos embotellados. Antes se centraba en obtener ayudas para la venta a granel de vinos de mesa.

¿Cómo ha salido elegido?

Pertenezco a la comisión ejecutiva de la Federación desde 1978. Hace ya unos quince años tenía que haber sido vicepresidente y, después, presidente, pero por temas personales no acepté y seguí de vocal. Pero ahora me insistieron en que tenía que se vicepresidente porque, me dijeron, luego tienes que ser el futuro presidente. Me lo dijeron todos los compañeros por unanimidad y me toca tres años de vicepresidente primero y, si me queda salud, del 2023 al 2026 será presidente. Pienso que si mi experiencia vale para algo ahí estará.

Más trabajo. ¿Es un puesto remunerado?

No es retribuido. Cada uno se paga lo suyo.

¿Con qué proyectos o ideas accede a la vicepresidencia? El presidente es Emilio Restoy, de Bodegas Ramón Bilbao.

Llevamos tiempo trabajando juntos. Entre todos vamos aportando ideas, se marca una estrategia y, en general, estamos bastante de acuerdo. No voy a ser muy rupturista. Lo que nos une es la defensa del vino, del sector y de las 700 bodegas afiliadas la FEV, unas de manera directa y otras a través de asociaciones. Representan el 75% del vino embotellado español.

¿Qué retos tiene la Federación?

La famosa resiliencia del sector con una estrategia que se basa en tres pilares: digitalización, sostenibilidad y hacer frente al cambio climático. Vamos a tratar de obtener todos los recursos que podamos de los fondos europeos que van a venir para dirigirlos al sector, sin olvidar trabajar para mejorar la imagen del vino.

¡Qué cosas! El vino que forma parte de la esencia de la dieta mediterránea y que tenga que ser defendido.

Pues sí, el vino dentro de un estilo de vida saludable, y con un consumo moderado, puede tener beneficios para la salud. Está claro que forma parte de nuestra cultura y de la economía española, del mundo rural. Y la Federación defiende estos valores.

Pero el mundo del vino se da de bruces muchas veces con una legislación hostil.

Así es. El 99% de las bodegas son pymes, empresas familiares. Por eso, nuestro trabajo esproporcionar una entorno jurídico, económico, social y medioambiental y de imagen que favorezca el crecimiento sostenido y la competitividad y rentabilidad de las bodegas y de la viticultura. Trabajamos en distintos foros y con distintas entidades. Por ejemplo, con la Fundación para la Investigación del Vino y la Nutrición, con el Comité Europeo del Vino y con la Interprofesional del Vino para reactivar el consumo de vino, siempre moderado, que había descendido dramáticamente.

Creo recordar que andaba por los 19 litros por español al año.

En los años 50 estaba en 75 litros per cápita y el año pasado se cerró con 22 litros, pero es cierto que estos años atrás ha estado en 17 pero ha ido remontando. Se está haciendo un trabajo importante.

Los jóvenes se lanzan a los vinos carbonatados, a la cerveza.

Creo que la juventud española se nos ha ido a otras bebidas y no nos hemos enterado. Sí se ha conseguido que se bebe menos vino pero de mayor calidad.

Pasemos a Navarra. Usted forma parte del consejo Regulador. ¿Cómo ve la Denominación de Origen Navarra?

No ha conseguido plenamente uno de sus fines: crear valor añadido a la zona. Tuvimos la oportunidad de ser una o la gran zona productora de los mejores rosados del mundo y la dejamos pasar. Hoy no sé bien dónde estamos ni dónde quiere ir la DO. Quizás haya que entender que en Navarra se pueden elaborar grandes rosados y también grandes tintos, y de hecho se elaboran, pero seguramente no del mismo racimo. Tendríamos que saber con certeza qué imagen tienen los tintos de Navarra fuera de nuestra zona y construir el futuro a partir de realidades. A nadie se le olvide que para lograr tener una gran imagen, hay que estar dispuestos a hacer sacrificios todos los días. Hay quien dice que deberíamos asemejarnos a la Toscana, otros a la Borgoña. No lo sé, pero tenemos que buscar la estrategia para conseguir que un tinto de Navarra evoque calidad, excelencia y quizás estamos lejos de trazar entre todos ese camino.

Una última pregunta. Apellido Chivite y de Cintruénigo. La pregunta es obligada: ¿Algo que ver con la presidenta?

No, no... Me lo preguntan mucho, sí. Pero ya se sabe que en Cintruénigo hay mucha gente que se apellida Chivite. Que sepa no hay ningún lazo familiar.

¿Y qué tal lo está haciendo su paisana?

Uyyy, de política prefiero no hablar. Bastante tengo con lo mío. Sí que coincidí hace poco con ella, en los premios Teobaldos, en Olite y me dijo que le gustaban los 125 Colección, cosa que le agradezco.

DNI
Julián Chivite López nació el 19 de noviembre de 1950 en Pamplona. Hijo mayor de los cuatro que tuvo el matrimonio formado por Julián Chivite Marco y Mercedes López Balenzategui. Los otros tres han fallecido: Mercedes (2005) Carlos (2006) y Fernando (2020). Estudió el bachillerato en Jesuitas de Tudela y cursó en Deusto San Sebastián la carrera de Administración de Empresas. Dedicado a la labor comercial del grupo familiar, en 2011 tomó las riendas tras un periodo alejado (2007-2011). En 2008 se casó con la donostiarra Elena Pereda , que tenía dos hijos, José María y Juan. Fue cofundador de la Fundacion para La Cultura de Vino junto con bodegas como Riscal y Vega Sicilia. Osasunista, amante de la caza y los toros.

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